Hoy doy comienzo a esta bitácora. Me presentaré: tengo 31 años y vivo en una ciudad castellano-leonesa. Mi nombre no importa, pero me podéis llamar María de Betania, a semejanza de aquella muchacha con espíritu contemplativo, hermana de Lázaro y de Marta, a quien le gustaba pasarse las horas muertas escuchando las palabras de su amigo, Jesús.
Mi vida entera está dedicada a Cristo. No siempre ha sido así. De niña y adolescente tuve varias fases de religiosidad muy ingenua que se quedaba en la superficie de las cosas: ir a misa (y sólo los domingos, aunque procuraba no faltar porque eso era pecado), comulgar (porque se suponía que así una era más santa), confesar (por miedo a morir en pecado mortal e ir al infierno) y rezar interminables retahílas de oraciones que me entraban por los ojos al leerlas y me salían por los labios, pero no pasaban por el corazón. Lógicamente, una manera semejante de vivir el cristianismo no podía resistir largo tiempo los envites de la tentación, que se me presentaba bajo muy diversas formas: orgullo, egocentrismo, impaciencia, falta de disciplina, comportamiento sexual inadecuado, etc. Con el pasar de los años dejé incluso de practicar. Ya no acudía a la iglesia, apenas mascullaba una oración de vez en cuando y vivía sin otro objetivo que el éxito profesional y la búsqueda sin tregua de una pareja con la que formar una familia o, más prosaicamente aún, de alguien con quien superar esos momentos de soledad plomiza que se adueñaban de mí de cuando en cuando.
Pero algo cambió de la manera más sorprendente la noche del dos de abril de 2005. El lector recordará que ése fue el momento en que Juan Pablo II, el Papa, agonizaba y abandonaba este mundo para acudir a la casa del Señor. Yo había estado siguiendo las noticias por mera curiosidad durante un día y medio. Poco a poco me fui "enganchando" a la constante instilación de frases del Santo Padre y a los elocuentes comentarios acerca de su ejemplo de dignidad y coherencia en medio de su calvario particular que poblaban las emisiones de las cadenas de radio y televisión. En un momento dado, cuando estaba contemplando el televisor que daba la noticia del fallecimiento del Papa polaco desde el umbral de la puerta de la cocina, algo se agitó dentro de mí. Las dos frases más citadas esos días, "no tengáis miedo" y "abrid de par en par las puertas a Cristo", cobraron un sentido y una urgencia inusitados para mí. De repente me había dado cuenta de que Jesús me llamaba a gritos para que volviera a su redil. Y es que, a fin de cuentas, la razón por la que me mostraba tan distante con Él era simplemente una cuestión de miedo y de cometer el error de dejar tan sólo un resquicio abierto en las puertas de mi alma para que entrara Dios: miedo al "qué dirán", al ser "políticamente incorrecta", a que me acusaran de "beata" y de, encima, no predicar con el ejemplo; mi falta de generosidad en la entrega impedía que el resquicio de la puerta se abriera con ímpetu para que Cristo se trasladara al centro de mi ser porque tenía apego a numerosos gestos de "hombre viejo" (o mujer vieja, mejor dicho) que se habían ido fosilizando en las paredes de mi espíritu hasta parecerme que eran un componente tan imprescindible como natural de él.
Esa llamada de Cristo, realizada a través de su siervo Juan Pablo II, fue tan potente que me sentí "tirada del caballo". Se trataba de una conversión "a lo Pablo" en toda regla. Cuando se oye a Cristo llamar con esa fuerza y con ese amor tan inefable, todo lo demás desaparece en el panorama de la persona: sólo Él importa y no se le puede decir que no.
Al día siguiente fui a confesar. Tuve que hacerme una lista en un papel con todo lo que tenía que contarle al sacerdote: ocho años de ausencia de los sacramentos dan para mucho, por desgracia. Cuando hube acabado de recitar la retahíla de mis miserias, contuve la respiración aguardando un rapapolvo enérgico y merecido, así como una penitencia tremebunda. Pero, cuál sería mi sorpresa cuando el confesor me dijo: "mira, Dios es Amor", sin juzgarme ni humillarme. Todo lo contrario: fue como la recreación de la parábola del hijo pródigo. La misa de aquel día me pareció tan diferente de todas las que había oído hasta entonces... Recuerdo que, por primera vez en mi vida, cada palabra, cada gesto, cada oración tenían un sentido para mí y removían lo más profundo de mi ser. Me brotaron las lágrimas de los ojos (cosa que me costó disimular para que no se dieran cuenta los demás feligreses) en varias ocasiones, especialmente en el Padrenuestro. El sentirme acogida por el Señor de una manera tan amorosa en el seno de su Iglesia me inundaba de felicidad.
Por hoy he de parar. Es muy tarde y debería dormir algo. Pero no me iré sin antes dedicar unas palabras de recuerdo a las víctimas del atentado de hoy, siete de julio de 2005, en Londres. Señor: acoge en tu seno a las almas de tus hijos muertos en el martirio de la barbarie terrorista y da consuelo a los heridos, así como a todos los familiares y amigos de los que han experimentado en sus carnes tu Pasión en este día aciago. Que no desfallezcan en su dolor y que, a través de él, sepan hallarte para que les des consuelo y fuerzas para afrontar la situación. Envíanos tu Gracia, Señor nuestro, para que cada uno de nosotros estemos dispuestos a aceptar cualquier tipo de desgracia, por tremenda que pueda ser, y que ella sirva de vehículo para unirnos más a Ti en tu Cruz, para más tarde fundirnos Contigo en la vida eterna.
A tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu. Te quiero con todas mis fuerzas.
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