Una cuestión de amor

La experiencia de una joven enamorada de Cristo.

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Nombre: María de Betania
Lugar: Salamanca, Castilla y León, Spain

8.7.05

Otro enlace a la Divina Misericordia


Acabo de encontrar otra página con numerosos textos acerca de la Divina Misericordia de Dios. La dirección es: http://www.divinamisericordia.com. Merece la pena echarle un vistazo. Además, incluye una imagen del Cristo de la Divina Misericordia que tiene una resolución más que suficiente como para imprimirla en un papel fotográfico de 100x150 (la podéis descargar también directamente desde esta entrada del blog). Os animo a que os unáis a esta devoción.

Un beso muy fuerte para todos los hermanos en Cristo que leéis esta bitácora. No olvidéis que Él nos ama incondicionalmente y que nosotros también estamos llamados a corresponderle.

¡Jesús, te adoro!

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Comienza la novena de la Virgen del Carmen

Buenos días a todos. Hoy es un día especial: comienza la novena de la Virgen del Carmen. Muchos os preguntaréis por qué es esto importante para mí. Muy sencillo: desde octubre pasaré a formar parte de la familia carmelitana al comenzar mi período de formación en la Orden del Carmelo Descalzo Seglar.

Ayer me había quedado en mi narración en el momento en que acudí al sacramento de la Reconciliación y a la Eucaristía por primera vez desde hacía ocho años. He de añadir que ese día era el Domingo de la Divina Misericordia, fiesta instituida (corregidme si me equivoco) por Juan Pablo II. Quiso Dios que el Santo Padre muriera en la vigilia de dicha fiesta, que hace referencia a las apariciones que tuvo Santa Faustina Kowalska, oriunda del mismo país que el difunto Papa (para más información, podéis visitar http://www.ewtn.com/spanish/prayers/Misericordia/divina_misericordia.htm). No puedo sino interpretar esta coincidencia como una prueba más del Amor de Dios hacia todos los hombres y hacia mí en particular.

Como la misa de ese domingo me había dejado una huella tan profunda, al día siguiente volví por más a la iglesia de mi pueblo. El martes hice lo propio en una parroquia de la ciudad. De repente me parecía que todos los sacerdotes estaban contagiados del fervor popular que los últimos momentos de la vida del Pontífice habían suscitado. Las homilías eran intensas, las oraciones sentidas... A mí me llamaban espectacularmente la atención las lecturas de cada día porque parecían estar seleccionadas expresamente para el momento en que me hallaba. Invadida por esa especie de euforia divina, bajé aquella tarde del martes a comunicarle mi experiencia a una alumna-amiga que estaba estudiando en una de las aulas del sótano. Ella es una persona muy espiritual e, incluso, estuvo a un paso de probar una temporada la vida en el convento (al final decidió seguir en el mundo, al menos por ahora). Cuando estábamos hablando, miró su reloj y me propuso acudir a la iglesia de los Carmelitas Descalzos, que tenían misa a las nueve de la noche, para que conociera al padre Miguel, un fraile no mucho mayor que yo, poseedor de un carisma impresionante. En ese momento reflexioné sobre si debía ir o no, y algo me dijo en mi interior que Dios lo quería así, que era importante para mí agarrarme a esa mano tendida a mí por Él a través de mi alumna. Cogimos el coche y nos presentamos en la iglesia. La celebración ya estaba tocando a su fin. Cuando hubo terminado, E... (mi alumna) me llevó a la sacristía y me presentó a Miguel. Estuve hablando con él un rato y haciéndole partícipe de mi recientísima experiencia de conversión. Le pregunté si tenían algún grupo de oración de jóvenes o algo así, a lo que él contestó que había uno pequeño que se reunía los jueves después de la misa de nueve en la capilla del convento. Me estuve preguntando todo el día siguiente sobre la conveniencia de acudir a ese grupo o no. En realidad, lo que me echaba para atrás era la hora, ya que eso implicaba tener que decirle a mi familia que no iba a estar en casa cuando se producía la llamada telefónica diaria (vivimos en ciudades diferentes y esa llamada es una manera de dar señales de vida y de asegurarnos de que todo está en orden) y, claro, eso implicaba explicar el motivo de mi ausencia. Aquel jueves por la mañana, al rezar el Rosario y llegar al quinto misterio gozoso, el que se refiere al momento en que Jesús se escapa de casa para ir al templo "a ocuparse de las cosas de su Padre", a pesar de no contar con el permiso de su familia, que lo busca con angustia, me di cuenta de que yo también tenía que hacer lo mismo: ocuparme de las cosas de nuestro Padre del cielo, que está muy por encima de los lazos de sangre. Y así lo hice.

El grupo era bastante reducido y estaba compuesto por varios jóvenes de edades que oscilaban entre los veinticuatro y los treinta y tres años, un novicio carmelita portugués y un sacerdote palentino afincado en Canarias, que era algo mayor que el resto. Durante las reuniones posteriores tuve la oportunidad de conocer a otros participantes: una mujer que trabajaba en una tienda de ropa y un matrimonio que rondaría los cuarenta y muchos (o quizás incluso cincuenta) años. Todos me acogieron muy bien, lo que fue de agradecer porque soy algo tímida y me cuesta entrar en grupos ya formados. La oración que se hacía era algo sencillo: se leían algunos textos, entre ellos el Evangelio del domingo siguiente, y se reflexionaba sobre ellos en silencio. A veces se cantaba algo o se escuchaba alguna canción con contenido religioso. Recuerdo que el Evangelio que se leyó aquel día era el que relata la aparición de Jesús resucitado a los discípulos que van camino de Emaús. Me sentí muy identificada con el pasaje por las razones que explicaré a continuación:

He omitido hasta el momento en mi relato la aparición en mi vida de una persona muy curiosa hará cosa de un año y algo. Éste hombre era un músico coreano que nos vino a dar unas clases magistrales al centro donde trabajo a finales de mayo de 2004. Tuve la oportunidad de hablar con él y surgió el tema de la creencia en Dios. He de decir que siempre me he considerado creyente, aun cuando me hubiera alejado enormemente de la práctica religiosa. Él era un católico ferviente y me contagió de su entusiasmo. Estuvimos en contacto frecuente durante un par de meses, hasta que la vida nos llevó por derroteros diferentes. Desapareció de mi vida tan repentinamente como había entrado en ella, pero había encendido una tímida llamita de amor a Dios en mi corazón. Esa llamita no fue suficiente para efectuar una conversión radical, como ocurriría el dos de abril de este año, pero hay que reconocer que fue preparando el terreno para ello. En el pasaje de la aparición a los discípulos en el camino de Emaús, éstos lo reconocen como su Señor que ha resucitado en el momento de partir el pan durante la cena de aquel atardecer. Cuando desaparece de su vista, el uno le dice al otro: "¿no ardían acaso nuestros corazones cuando nos hablaba y nos explicaba las Escrituras?". Pues a mí me pasó lo mismo en la experiencia del coreano: mi corazón ardía, si bien aún no había reconocido a Cristo en todo su esplendor caminando a mi lado.

He de parar ahora. Debo incorporarme a mis tareas diarias. Te quiero, Señor mío.

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Mi primer día

Hoy doy comienzo a esta bitácora. Me presentaré: tengo 31 años y vivo en una ciudad castellano-leonesa. Mi nombre no importa, pero me podéis llamar María de Betania, a semejanza de aquella muchacha con espíritu contemplativo, hermana de Lázaro y de Marta, a quien le gustaba pasarse las horas muertas escuchando las palabras de su amigo, Jesús.

Mi vida entera está dedicada a Cristo. No siempre ha sido así. De niña y adolescente tuve varias fases de religiosidad muy ingenua que se quedaba en la superficie de las cosas: ir a misa (y sólo los domingos, aunque procuraba no faltar porque eso era pecado), comulgar (porque se suponía que así una era más santa), confesar (por miedo a morir en pecado mortal e ir al infierno) y rezar interminables retahílas de oraciones que me entraban por los ojos al leerlas y me salían por los labios, pero no pasaban por el corazón. Lógicamente, una manera semejante de vivir el cristianismo no podía resistir largo tiempo los envites de la tentación, que se me presentaba bajo muy diversas formas: orgullo, egocentrismo, impaciencia, falta de disciplina, comportamiento sexual inadecuado, etc. Con el pasar de los años dejé incluso de practicar. Ya no acudía a la iglesia, apenas mascullaba una oración de vez en cuando y vivía sin otro objetivo que el éxito profesional y la búsqueda sin tregua de una pareja con la que formar una familia o, más prosaicamente aún, de alguien con quien superar esos momentos de soledad plomiza que se adueñaban de mí de cuando en cuando.

Pero algo cambió de la manera más sorprendente la noche del dos de abril de 2005. El lector recordará que ése fue el momento en que Juan Pablo II, el Papa, agonizaba y abandonaba este mundo para acudir a la casa del Señor. Yo había estado siguiendo las noticias por mera curiosidad durante un día y medio. Poco a poco me fui "enganchando" a la constante instilación de frases del Santo Padre y a los elocuentes comentarios acerca de su ejemplo de dignidad y coherencia en medio de su calvario particular que poblaban las emisiones de las cadenas de radio y televisión. En un momento dado, cuando estaba contemplando el televisor que daba la noticia del fallecimiento del Papa polaco desde el umbral de la puerta de la cocina, algo se agitó dentro de mí. Las dos frases más citadas esos días, "no tengáis miedo" y "abrid de par en par las puertas a Cristo", cobraron un sentido y una urgencia inusitados para mí. De repente me había dado cuenta de que Jesús me llamaba a gritos para que volviera a su redil. Y es que, a fin de cuentas, la razón por la que me mostraba tan distante con Él era simplemente una cuestión de miedo y de cometer el error de dejar tan sólo un resquicio abierto en las puertas de mi alma para que entrara Dios: miedo al "qué dirán", al ser "políticamente incorrecta", a que me acusaran de "beata" y de, encima, no predicar con el ejemplo; mi falta de generosidad en la entrega impedía que el resquicio de la puerta se abriera con ímpetu para que Cristo se trasladara al centro de mi ser porque tenía apego a numerosos gestos de "hombre viejo" (o mujer vieja, mejor dicho) que se habían ido fosilizando en las paredes de mi espíritu hasta parecerme que eran un componente tan imprescindible como natural de él.

Esa llamada de Cristo, realizada a través de su siervo Juan Pablo II, fue tan potente que me sentí "tirada del caballo". Se trataba de una conversión "a lo Pablo" en toda regla. Cuando se oye a Cristo llamar con esa fuerza y con ese amor tan inefable, todo lo demás desaparece en el panorama de la persona: sólo Él importa y no se le puede decir que no.

Al día siguiente fui a confesar. Tuve que hacerme una lista en un papel con todo lo que tenía que contarle al sacerdote: ocho años de ausencia de los sacramentos dan para mucho, por desgracia. Cuando hube acabado de recitar la retahíla de mis miserias, contuve la respiración aguardando un rapapolvo enérgico y merecido, así como una penitencia tremebunda. Pero, cuál sería mi sorpresa cuando el confesor me dijo: "mira, Dios es Amor", sin juzgarme ni humillarme. Todo lo contrario: fue como la recreación de la parábola del hijo pródigo. La misa de aquel día me pareció tan diferente de todas las que había oído hasta entonces... Recuerdo que, por primera vez en mi vida, cada palabra, cada gesto, cada oración tenían un sentido para mí y removían lo más profundo de mi ser. Me brotaron las lágrimas de los ojos (cosa que me costó disimular para que no se dieran cuenta los demás feligreses) en varias ocasiones, especialmente en el Padrenuestro. El sentirme acogida por el Señor de una manera tan amorosa en el seno de su Iglesia me inundaba de felicidad.

Por hoy he de parar. Es muy tarde y debería dormir algo. Pero no me iré sin antes dedicar unas palabras de recuerdo a las víctimas del atentado de hoy, siete de julio de 2005, en Londres. Señor: acoge en tu seno a las almas de tus hijos muertos en el martirio de la barbarie terrorista y da consuelo a los heridos, así como a todos los familiares y amigos de los que han experimentado en sus carnes tu Pasión en este día aciago. Que no desfallezcan en su dolor y que, a través de él, sepan hallarte para que les des consuelo y fuerzas para afrontar la situación. Envíanos tu Gracia, Señor nuestro, para que cada uno de nosotros estemos dispuestos a aceptar cualquier tipo de desgracia, por tremenda que pueda ser, y que ella sirva de vehículo para unirnos más a Ti en tu Cruz, para más tarde fundirnos Contigo en la vida eterna.

A tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu. Te quiero con todas mis fuerzas.

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