El fin de semana
Ya estoy de vuelta en mi casa, tras haber pasado el fin de semana con mis padres. Tengo tantas cosas que escribir, que no sé ni por dónde empezar. Quizá lo mejor será narrar los últimos acontecimientos en orden cronológico inverso.
Ayer por la noche tuve la suerte de ver en la televisión a una mujer que me sorprendió enormemente: se trata de Irene Villa. Me imagino que os acordaréis de ella. Hace casi catorce años que una bomba lapa, colocada por ETA en el coche de su madre, la mutiló horriblemente. Ella era aún una niña. Pues bien, esta chica no sólo ha demostrado que se puede superar todo aquello, sino que ha llegado a adquirir unos niveles de desarrollo personal en todos los sentidos (moral y profesional), que ya quisiéramos los demás. Es una persona íntegra cuyo objetivo en la vida es el servicio a los demás. Ha realizado tres carreras universitarias (supongo que en tiempo récord cada una de ellas, porque es aún muy joven), una de las cuales es psicología. Ejerciendo esta especialidad, Irene quiere ayudar a todos los que tengan necesidad de ello, sobre todo a las víctimas del terrorismo, aunque no descarta poder intentar incluso rescatar de ese infierno a los mismos que ponen las bombas, si ello fuera necesario. Ha perdonado a los que le hicieron semejante atrocidad, y lo hizo el mismo día en que tomó conciencia de su situación. No sé si será creyente o no, pero lo cierto es que ése es uno de los comportamientos cristianos más apabullantes que he visto nunca. Por otro lado, su vida es otro ejemplo más de dignidad humana, valor tan denostado en esta sociedad. Me recuerda al ejemplo de Juan Pablo II, aunque presente varias diferencias básicas con respecto a nuestro difunto pontífice. En el fondo, tanto la una como el otro nos han demostrado que, muchas veces, cuanto más perdemos en lo exterior (salud, apariencia física), puede ser que ganemos más en lo interior. Irene dijo ayer algo muy importante: que probablemente ella no podría ayudar a los demás como lo está haciendo ahora de no haber sido por aquel fatídico atentado. Suena duro, pero yo la comprendo y le doy la razón. A ver cuándo nos sacudimos el polvo de la mediocridad en nuestras vidas acomodadas y nos damos a los demás, dignificando sus vidas a través de la nuestra. Gracias, Irene, por tu ejemplo. Ayer el sacerdote que ofició la misa del tercer día de la Novena del Carmen habló de los ángeles, pero no de unos seres de cabellos rubios y alas, sino de esos ángeles que aparecen de cuando en cuando en nuestras vidas para arrojar un poco de esa luz divina en nuestras vidas. Pues bien: creo que Irene fue uno de esos ángeles ayer. Mi reflexión sería ahora: ¿somos nosotros también ángeles para los que se cruzan cada día con nosotros en el camino de la vida?
Ya que he mencionado la Novena, seguiré con ese asunto. El viernes y el domingo he estado presente en ella (el sábado tenía que viajar, así que fui a la misa de 8:30 a.m.). La iglesia estaba abarrotada. Había muchas personas que llevaban el escapulario del Carmen. Me imagino que serían todos ellos hermanos de la Orden Seglar, en la cual voy a ingresar (en período de formación) en octubre, como ya había dicho. Prácticamente todos ellos son muy mayores. Hace falta savia nueva, así que desde aquí animo a todos aquellos que sienten una llamada hacia el Carmelo como seglares a que consideren su entrada en esta orden. El rezo de ayer se aplicó precisamente por ella. Se hizo mención, además, de que tres personas iban a ingresar el próximo curso. Es algo que me hizo mucha ilusión, porque una de ellas soy yo. Para mí, el pertenecer al Carmelo es algo que responde a una necesidad interior muy fuerte de entrega a Dios. Como considero que renunciar a ciertos dones (relativos a mi profesión) que Él me ha dado, cosa que tendría que hacer si entrara en la vida conventual, sería ir en contra de su Voluntad, he decidido permanecer en el mundo. Además, desde aquí puedo ayudar a la gente a conocer el Evangelio porque tengo una posición privilegiada para hacerlo (tengo mucho contacto con el público y, además, soy profesora). La espiritualidad carmelitana es aquella con la que más me identifico de todas las que conozco. En mi vida religiosa soy más contemplativa que activa, ésa es la verdad, así que el carisma de la orden encaja bastante con mi personalidad. Por otra parte, no descarto formar algún día una familia, si ésa es la voluntad de Dios, y el pertenecer a esta orden no excluye la posibilidad del matrimonio.
Mi actitud religiosa me ha costado no pocos roces con mi padre, que no acaba de comprender muy bien qué es lo que me ocurre. Piensa que me han lavado el cerebro o algo así, pero lo que es cierto es que todo ha salido exclusivamente de mí, aunque sería más exacto decir que "de Él". Ha sido su llamada, tan potente que era imposible ignorarla, la que ha cambiado mi vida por entero. El cambio se ha producido no sólo en la práctica externa de la religión, sino en algo muchísimo más importante: mi interior se va transformando poco a poco y sin que yo haga nada especial por ello. Debe de ser aquello de lo que hablan los místicos: el dejarse hacer por Él. La entrega total del alma a Dios permite que Éste vaya modelándola con esmero para que se santifique. Esto implica que uno ya no es el que rige su vida imponiendo su voluntad, sino que se abandona por completo en las manos de Aquel que es la fuente de toda vida para servirle, tanto directamente, como a través de los demás hermanos. No hay mayor felicidad que el sentirse instrumento de Dios, aunque una se maraville de que Él pueda necesitar de una herramienta tan pobre y defectuosa. En el fondo, eso es como los pianos: hasta el mejor de ellos suena fatal si no se toca bien (y, si no hay siquiera quien lo toque, ya ni suena), mientras que un buen pianista puede hacer parecer excelente uno que esté en bastante mal estado.
Ya que hemos mencionado los pianos, será mejor que deje el blog por ahora y baje a estudiar un poco mis Nocturnos de Chopin y mi Estudio Transcendental de Liszt (que, por cierto, fue un gran católico, franciscano para más señas). Los salmos hablan con frecuencia de alabar a Dios con cítaras y arpas de diez cuerdas, pero supongo que hoy en día estos instrumentos se pueden sustituir perfectamente por un piano, así que me voy a poner manos a la obra y a convertir el rato de "bajar teclas" en un acto de oración.
Ayer por la noche tuve la suerte de ver en la televisión a una mujer que me sorprendió enormemente: se trata de Irene Villa. Me imagino que os acordaréis de ella. Hace casi catorce años que una bomba lapa, colocada por ETA en el coche de su madre, la mutiló horriblemente. Ella era aún una niña. Pues bien, esta chica no sólo ha demostrado que se puede superar todo aquello, sino que ha llegado a adquirir unos niveles de desarrollo personal en todos los sentidos (moral y profesional), que ya quisiéramos los demás. Es una persona íntegra cuyo objetivo en la vida es el servicio a los demás. Ha realizado tres carreras universitarias (supongo que en tiempo récord cada una de ellas, porque es aún muy joven), una de las cuales es psicología. Ejerciendo esta especialidad, Irene quiere ayudar a todos los que tengan necesidad de ello, sobre todo a las víctimas del terrorismo, aunque no descarta poder intentar incluso rescatar de ese infierno a los mismos que ponen las bombas, si ello fuera necesario. Ha perdonado a los que le hicieron semejante atrocidad, y lo hizo el mismo día en que tomó conciencia de su situación. No sé si será creyente o no, pero lo cierto es que ése es uno de los comportamientos cristianos más apabullantes que he visto nunca. Por otro lado, su vida es otro ejemplo más de dignidad humana, valor tan denostado en esta sociedad. Me recuerda al ejemplo de Juan Pablo II, aunque presente varias diferencias básicas con respecto a nuestro difunto pontífice. En el fondo, tanto la una como el otro nos han demostrado que, muchas veces, cuanto más perdemos en lo exterior (salud, apariencia física), puede ser que ganemos más en lo interior. Irene dijo ayer algo muy importante: que probablemente ella no podría ayudar a los demás como lo está haciendo ahora de no haber sido por aquel fatídico atentado. Suena duro, pero yo la comprendo y le doy la razón. A ver cuándo nos sacudimos el polvo de la mediocridad en nuestras vidas acomodadas y nos damos a los demás, dignificando sus vidas a través de la nuestra. Gracias, Irene, por tu ejemplo. Ayer el sacerdote que ofició la misa del tercer día de la Novena del Carmen habló de los ángeles, pero no de unos seres de cabellos rubios y alas, sino de esos ángeles que aparecen de cuando en cuando en nuestras vidas para arrojar un poco de esa luz divina en nuestras vidas. Pues bien: creo que Irene fue uno de esos ángeles ayer. Mi reflexión sería ahora: ¿somos nosotros también ángeles para los que se cruzan cada día con nosotros en el camino de la vida?
Ya que he mencionado la Novena, seguiré con ese asunto. El viernes y el domingo he estado presente en ella (el sábado tenía que viajar, así que fui a la misa de 8:30 a.m.). La iglesia estaba abarrotada. Había muchas personas que llevaban el escapulario del Carmen. Me imagino que serían todos ellos hermanos de la Orden Seglar, en la cual voy a ingresar (en período de formación) en octubre, como ya había dicho. Prácticamente todos ellos son muy mayores. Hace falta savia nueva, así que desde aquí animo a todos aquellos que sienten una llamada hacia el Carmelo como seglares a que consideren su entrada en esta orden. El rezo de ayer se aplicó precisamente por ella. Se hizo mención, además, de que tres personas iban a ingresar el próximo curso. Es algo que me hizo mucha ilusión, porque una de ellas soy yo. Para mí, el pertenecer al Carmelo es algo que responde a una necesidad interior muy fuerte de entrega a Dios. Como considero que renunciar a ciertos dones (relativos a mi profesión) que Él me ha dado, cosa que tendría que hacer si entrara en la vida conventual, sería ir en contra de su Voluntad, he decidido permanecer en el mundo. Además, desde aquí puedo ayudar a la gente a conocer el Evangelio porque tengo una posición privilegiada para hacerlo (tengo mucho contacto con el público y, además, soy profesora). La espiritualidad carmelitana es aquella con la que más me identifico de todas las que conozco. En mi vida religiosa soy más contemplativa que activa, ésa es la verdad, así que el carisma de la orden encaja bastante con mi personalidad. Por otra parte, no descarto formar algún día una familia, si ésa es la voluntad de Dios, y el pertenecer a esta orden no excluye la posibilidad del matrimonio.
Mi actitud religiosa me ha costado no pocos roces con mi padre, que no acaba de comprender muy bien qué es lo que me ocurre. Piensa que me han lavado el cerebro o algo así, pero lo que es cierto es que todo ha salido exclusivamente de mí, aunque sería más exacto decir que "de Él". Ha sido su llamada, tan potente que era imposible ignorarla, la que ha cambiado mi vida por entero. El cambio se ha producido no sólo en la práctica externa de la religión, sino en algo muchísimo más importante: mi interior se va transformando poco a poco y sin que yo haga nada especial por ello. Debe de ser aquello de lo que hablan los místicos: el dejarse hacer por Él. La entrega total del alma a Dios permite que Éste vaya modelándola con esmero para que se santifique. Esto implica que uno ya no es el que rige su vida imponiendo su voluntad, sino que se abandona por completo en las manos de Aquel que es la fuente de toda vida para servirle, tanto directamente, como a través de los demás hermanos. No hay mayor felicidad que el sentirse instrumento de Dios, aunque una se maraville de que Él pueda necesitar de una herramienta tan pobre y defectuosa. En el fondo, eso es como los pianos: hasta el mejor de ellos suena fatal si no se toca bien (y, si no hay siquiera quien lo toque, ya ni suena), mientras que un buen pianista puede hacer parecer excelente uno que esté en bastante mal estado.
Ya que hemos mencionado los pianos, será mejor que deje el blog por ahora y baje a estudiar un poco mis Nocturnos de Chopin y mi Estudio Transcendental de Liszt (que, por cierto, fue un gran católico, franciscano para más señas). Los salmos hablan con frecuencia de alabar a Dios con cítaras y arpas de diez cuerdas, pero supongo que hoy en día estos instrumentos se pueden sustituir perfectamente por un piano, así que me voy a poner manos a la obra y a convertir el rato de "bajar teclas" en un acto de oración.
Etiquetas: Carmelo Seglar, gente notable




