Una cuestión de amor

La experiencia de una joven enamorada de Cristo.

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Nombre: María de Betania
Lugar: Salamanca, Castilla y León, Spain

13.7.05

La gente sencilla

Dice el evangelio de hoy: "Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a la gente sencilla". Esta frase me ha hecho acordarme de mi abuela Juanita, como explicaré a continuación:

El Señor acogió en su seno a Juana Torrego un 15 de marzo de 1992. Tenía ochenta años, vividos siempre en presencia de Dios. Esposa abnegada, madre de familia ejemplar, amiga de todos y un auténtico regalo como abuela de sus seis nietos. Nació en un pueblecito segoviano el día de S. Juan de 1911 en el seno de una familia repleta del Amor de Dios. Su madre era, a decir de todos los que la conocieron, una mujer tan admirable como luego lo fuera la hija. El padre, dechado de virtudes, había soportado la injusticia de varios años de prisión por un crimen que no había cometido y del cual fue acusado por la propia víctima, a la que había acudido a socorrer en su agonía. Por suerte, la conciencia remordió al verdadero culpable, que algún tiempo después se entregó a la policía, lo que permitió que pusieran en libertad al "Ronquillo", mi bisabuelo.

A los veintiséis años, Juanita se casó con mi abuelo, que entonces era un buen mozo que la enamoró al cantarle mientras la rondaba. Tuvo siete hijos, algunos de ellos concebidos en los permisos de los que disfrutaba su marido durante la Guerra Civil. Dos de estos pequeñines murieron a una edad muy temprana, algo que mi abuela asumió, no sin dolor, como la voluntad de Dios y que, de todos modos, nunca le quitó la alegría. Los otros cinco retoños crecieron en el amor de aquellos padres, más expresivo en el caso de ella y más austero, pero por ello no menos sentido, en el de él. Jamás se escuchó un comentario malintencionado en aquella casa. Si no se podía hablar bien de alguien, se callaba. La moral de la familia era recta, a la vez que rebosante de comprensión.

Supo entregar a Dios a su hijo varón mayor cuando parecía que éste lo había llamado a servirle como sacerdote. Y no fue menos comprensiva y generosa en aceptar que ese hijo le fuera devuelto tras comprobarse que el camino que el Señor le había marcado no era el del celibato, sino el de padre de familia. No hubo reproches ni quejas en ninguna de las dos ocasiones, sólo el apoyo del amor incondicional de madre.

Cuando alguna joven del pueblo no podía seguir amamantando a su bebé por falta de leche, ella lo acogía y le hacía de nodriza dándole no sólo alimento, sino también su cariño. En los años de áspera hambruna de la posguerra, no quiso nunca que su marido o sus hijos careciesen del sustento diario, así que ella se quitaba su propia ración de comida y se la daba a los demás, no sin tratar de disimular este comportamiento: "sí, hijo, no te preocupes, si yo ya he comido", respondía cuando alguno de sus pequeños se mostraba intrigado al ver que la madre no participaba como ellos de la mesa cotidiana.

Trabajó sirviendo a los demás desde pequeña y siguió en este servicio mientras fuera necesario. Aceptó todas las vicisitudes de la vida con una sonrisa en los labios. De hecho, yo no recuerdo jamás haber visto a la abuela sin sonreír. Su rostro estaba permanentemente iluminado por la alegría sincera que sólo un corazón sencillo puede contener. Su mirada era limpia e invitaba a la confianza y a implorar el arrullo materno. Era pequeñita de tamaño y grande en bondad. Su paciencia no tenía límites. Nunca hubo una regañina para nosotros, pero sí correcciones de nuestro comportamiento hechas con un amor tan exquisito que nos enmendábamos de inmediato.

No sentía especial apego por los bienes materiales. Acostumbrada desde siempre a carecer hasta de lo básico, cada pequeño "lujo" (si es que se puede llamar así a cosas como un televisor, una lavadora o una radio) era recibido por ella con alegría como un regalo. Cuando los demás rompíamos algo sin querer, en vez de enfadarse o simplemente quejarse, sonreía y exclamaba: "¡un embuste menos!". A pesar de su precaria situación económica, siempre fue extremadamente generosa con todos. Repartía con alegría desbordante.

Durante muchos años se dedicó a la costura. Bordaba de manera prodigiosa, sin mirar siquiera la labor que sostenía entre sus manecitas. Cosía en su casa para una tienda del norte de España y formó a varias jóvenes en esta tarea. A las nietas nos hizo varios vestidos, que todas guardamos como el mayor de los tesoros. No es sólo la belleza impecable de los bordados lo que llama la atención, sino el amor que destila cada una de las puntadas. También hacía lo que se denomina "cartas picadas": misivas escritas en un papel del que ella extraía con esmero pedacitos, siguiendo un patrón geométrico. El resultado final era el de un calado de compleja filigrana. Conservo una de aquellas cartas, escrita por uno de mis cumpleaños, y la mantengo guardada en mi joyero. El resto de cosas que tengo en él no vale mucho, pero la carta picada es una de mis mayores riquezas.

Su vivencia de la fe también estaba empapada de esa sencillez que la caracterizó. En su pensamiento religioso no había lugar para las grandes disquisiciones teológicas ni para las luchas internas. Creía en Dios de una manera natural. Practicaba sin hacer aspavientos, ofreciéndole a Él su vida entera constantemente y de una forma instintiva. Casi se podría decir que no podía haber sido de otra manera porque Dios nunca abandona a un alma así de limpia y humilde. Tengo un especial recuerdo de las ocasiones en que compartimos una misa, un rosario, la celebración del Domingo de Ramos o el Cirio Pascual. Lo considero un auténtico regalo de Dios, porque me ha concedido compartir su alabanza con uno de sus santos.

Mi abuela recibió también su pequeño milagro. Nos lo contó en numerosas ocasiones, siempre con gesto asombrado, a la vez que agradecido. Cuando se encontraba más o menos en el cuarto decenio de su vida, solía sufrir de fuertes dolores abdominales. Ella procuraba no quejarse, como no lo hizo ni siquiera cuando el cáncer la fue arrebatando poquito a poquito de nuestro mundo, pero en una ocasión, estando ella sola en la casa y siendo ya de noche, se sintió sin fuerzas y le pidió a Dios que la librara de aquel tormento. Unos minutos después de hecha esta plegaria, oyó como llamaban a la puerta. Eran dos hombres, aparentemente vendedores ambulantes, que le preguntaban si deseaba adquirir algunas de sus mercancías. Mi abuela los miró con el dolor reflejado en su rostro y les dijo que no necesitaba nada de lo que ellos traían, que lo que le hacía falta era algo que le aliviara su sufrimiento. Entonces, uno de los hombres le alargó un saquito con hierbas medicinales, por el cual no pidió dinero alguno, y le dio instrucciones sobre cómo usarlo. Acto seguido, los hombres retomaron su camino y mi abuela se dirigió al fogón para prepararse la misteriosa tisana. El alivio fue no sólo inmediato, sino también permanente: nunca volvió a padecer esos dolores que la habían atenazado durante años. Ella siempre defendió su opinión de que aquellos dos hombres eran ángeles enviados por Dios en respuesta a sus plegarias y que en ella se había realizado un pequeño milagro. De los dos vendedores ambulantes nunca más se supo, nadie los volvió a ver en el pueblo. Yo creo firmemente a mi abuela porque es muy probable que Dios, al ver la limpieza de su alma, considerara que ya había tenido suficientes pruebas de su amor a Él y que no debía permitir que sufriera por más tiempo.

Su enfermedad final se le manifestó dos meses antes de morir. Era un cáncer que la llevó a pasar varias semanas en el hospital, cuidada por sus hijos, que así le devolvían el cariño que ella siempre derrochó con ellos. Aguantó sin quejarse su subida particular al Calvario, aceptando el tránsito que se aproximaba con tranquilidad. Se mantuvo lúcida y amante hasta el último momento, dando ánimos a sus hijos con esa delicadeza que la caracterizó durante toda su vida. Unos días antes de entregar su alma al Creador, le dijo a uno de ellos: "hijo, creo que, a partir de ahora, deberíais estar dos de vosotros aquí, porque si está uno solo, se puede asustar". También dio instrucciones sobre qué hacer con respecto a toda la documentación relativa a sus humildes posesiones, diciendo en qué lugar de la casa se encontraba todo. Sabía perfectamente que se moría. Quiso Dios que no partiera para su morada celestial sin ir bien dispuesta con los últimos sacramentos. Falleció en la madrugada del quince de marzo, día de la fiesta nacional húngara (unos meses más tarde, partí para ese país, sintiendo en todo momento la presencia protectora de mi abuela junto a mí). Ese mismo día la enterramos en la austera a la vez que amante tierra de la meseta segoviana, bajo el acariciador sol de una incipiente primavera, junto a la multitud que se agolpaba para dar el último adiós a aquella extraordinaria mujercita que había sabido repartir a manos llenas todo el Amor que nuestro Padre le dio en vida. Murió en olor de santidad, y desde entonces muchos de nosotros imploramos por su intercesión en nuestras oraciones. Y, desde luego, nos escucha, porque desde entonces sentimos cómo una mano amable nos protege y no deja que nos lastimemos en nuestras caídas, y el susurro callado de su alma nos corrige en nuestras desviaciones del camino de Dios con el mismo cariño y paciencia con que lo hizo durante toda su estancia entre nosotros.

El abuelo vivió otros nueve años más, hasta la edad de noventa y uno. Su vida moderada en todo y su tranquilidad espiritual, dejándose en manos de la Providencia sin exigir nada, le llevaron a tener una vida larga y saludable, tanto física como mentalmente. Podríamos decir que se murió porque en algún momento tenía que hacerlo. No tuvo ninguna enfermedad especial, simplemente se fue apagando de puro viejo. Todavía recuerdo cómo me cantó por teléfono unos días antes de morir, cuando le llamé al hospital para preguntarle cómo se encontraba. Él también sabía que su hora había llegado y lo afrontó con la paz del que se sabe con la conciencia limpia.

Dios los tenga en su gloria y nos permita algún día reunirnos con ellos en su alabanza.

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