Presencia en la mañana
Gracias, Señor, por haber vuelto tu rostro hacia mí. Haces que me sienta plena, con una paz que nada de este mundo me puede otorgar. Tú me inundas con tu Amor, me envuelves con él, y yo me abandono a Ti, dejándome confiada en tus brazos, amándote con la misma fuerza amorosa que Tú me das. Qué bello misterio, Jesús mío, estar entrelazada mi alma contigo, unidos por ese Amor que tiene en Ti su fuente única y que se derrama generoso en nuestros corazones, que nada han hecho para merecerlo. Me has engalanado con tu gracia, me regalas tu misericordia a manos llenas, me miras con ternura. Y es que no por ser grande dejas de mostrarte tierno y apacible, como un cordero, repartiendo cariño con mansedumbre y buscando una torpe caricia nuestra. Tú, que te dejaste conmover por la muerte de Lázaro en Betania y derramaste lágrimas por él, nos sostienes con gesto delicado en el día a día de nuestro camino, alimentándonos con tu Cuerpo y tu Sangre para que no pasemos necesidad. Te preocupas por nosotros y nos cuidas con esmero, aunque muchas veces te correspondamos en nuestra fragilidad con un gesto seco y desabrido. Dios mío, que no te haga entristecerte jamás, que nunca te sientas abandonado por mí. Sé que Tú no te vas de mi lado, que estás ahí sin pausa aunque no te vea, pero yo soy débil e inconstante si no me das fuerzas para permanecer en tu presencia. No quiero apartarme nunca de Ti porque sin tu Amor no soy más que un ser inútil, incompleto.
Tú eres mi felicidad y mi corazón retoza en ti como un cervatillo entre las flores y arbustos. Cuando tengo sed, te apresuras a saciarme; cuando siento frío, me arropas con tus caricias; cuando desfallezco, me ayudas a llevar mi cruz. No deseo nada fuera de Ti. Mi única súplica es que me ayudes a hacer siempre tu voluntad, que sólo soy feliz con ella.
Me reclino sobre tu pecho, como el discípulo amado, y oigo el latir apremiante de tu corazón. Velo esperándote, cuidando que no se apague jamás la lamparilla de mi alma, que arde incesante con el fuego que Tú encendiste en mí. Haz que vaya yo también extendiendo esa llama de amor tuya en todas las almas para que seamos uno contigo, traspasados por tu Espíritu y bañados por la suavidad de tu misericordia divina, para alabarte y algún día gozar de la eterna fusión de todo nuestro ser en tu gloria.
Tú eres mi felicidad y mi corazón retoza en ti como un cervatillo entre las flores y arbustos. Cuando tengo sed, te apresuras a saciarme; cuando siento frío, me arropas con tus caricias; cuando desfallezco, me ayudas a llevar mi cruz. No deseo nada fuera de Ti. Mi única súplica es que me ayudes a hacer siempre tu voluntad, que sólo soy feliz con ella.
Me reclino sobre tu pecho, como el discípulo amado, y oigo el latir apremiante de tu corazón. Velo esperándote, cuidando que no se apague jamás la lamparilla de mi alma, que arde incesante con el fuego que Tú encendiste en mí. Haz que vaya yo también extendiendo esa llama de amor tuya en todas las almas para que seamos uno contigo, traspasados por tu Espíritu y bañados por la suavidad de tu misericordia divina, para alabarte y algún día gozar de la eterna fusión de todo nuestro ser en tu gloria.




