De luchas y trabajadores de la mies
Hace días que no escribo en este blog. Hay un par de razones para ello: por un lado, he estado de vacaciones y no hay internet en mi lugar de veraneo; por otro, estoy sumida en un mar de problemas y luchas, tanto externas como internas, así que hasta ahora no había encontrado un mínimo de paz interior que me permitiera trazar ni un esbozo de mi próxima anotación en la bitácora.
Me he venido de la casita de la sierra a mi residencia habitual para tener tiempo y tranquilidad para la oración y para separarme unos días de las tensiones continuas que me rodean. Me quedaré aún hasta el viernes, lo que irá muy bien para retomar mi vida espiritual.
Las luchas tienen su origen básicamente en la oposición de mi familia, en especial de mi padre, a mi nueva vida religiosa. Las críticas, en ocasiones realmente feroces, son habituales. Creo que trata de minar mi fe y de hacerme regresar a ese mundo "racional y productivo" que nos rodea y que a mí, por la gracia de Dios, me ha dejado de interesar. No es que me importe sufrir este tipo de persecución por Cristo, pero hay un par de cosas que me duelen: que esa actitud venga precisamente de la persona a la que más quiero en este mundo y en quien he depositado una parte fundamental de mi vida, y que estas fricciones diarias interfieran en mi oración. Todo se convierte en objeto de crítica para él: desde la misa diaria a los ratos de oración ante el Sagrario. Trato de explicarle que no voy a misa o a rezar ante el Santísimo por una cuestión de "beatería", sino que la Eucaristía me llama ardientemente hasta tal punto que lamento no poder recibir al Señor más que una vez en cada jornada, o que la presencia real de Cristo en el las especies del pan y el vino del Sagrario me enamora de tal manera que me hace pasar largos ratos en oración junto a él, bien manteniendo una especie de charla amigable y confiada con mi Salvador, bien contemplándolo en silencio mientras siento cómo su Amor se derrama en mí e inunda toda mi alma. ¿Cómo hacer comprender esto a alguien que no lo ha experimentado por sí mismo? En cualquier caso, no pido que lo entienda, que eso tiene que venir dado por Dios, sino que me respete y acepte en mi entrega al Señor. A fin de cuentas, el Amor del Ser Supremo no sólo no me aparta de mis seres queridos, sino que me acerca a ellos y les otorga una nueva dimensión a las relaciones humanas. Supongo que es otra noche oscura que me da el Señor...
Hoy me encontraba tan aprisionada por estos pensamientos, que fui a la misa de nueve en la iglesia de los carmelitas (que se ha convertido en una especie de casa para mí) con la intención de acudir a ese maravilloso sacramento que es el de la Reconciliación (una palabra bastante más agradable y ajustada a la realidad que la denominación de "Penitencia"). Mientras estaba esperando a que alguno de los Padres Carmelitas saliera de la sacristía y se dirigiera a los confesionarios, me atenazó el temor de que ese día, al quedar en la casa muy pocos frailes por diversos motivos, no acudiera nadie a confesarnos. Fue entonces cuando me di cuenta de lo importante que era el papel de los sacerdotes y de lo poco que los valoramos habitualmente. Además, me pareció terrible la irresponsabilidad de aquellos padres que impiden que sus hijos sigan la llamada del Señor para ponerse a su servicio siendo ordenados. Cada vocación que se pierde representa miles de misas que jamás serán dichas, de banquetes eucarísticos que se desvanecen en el olvido de la irrealidad sin llegar a los fieles, de confesiones que nunca tendrán lugar y que podrían dar el consuelo implorado y ayudar a la salvación de tantas y tantas almas. Queridos padres de hijos con vocación: pensad en la responsabilidad que adquirís al dar un consejo a vuestros retoños en la elección del estado de vida. Ser llamado por el Señor es un grandísimo honor y el principio de una apasionante e irrepetible historia personal de entrega al Creador, tanto directamente como a través de sus fieles. ¿Qué puede haber más grande que servir a Aquel que es de quien emanan el amor, la bondad, la belleza, la justicia...? Y eso sin olvidar que nada existiría sin Él, puesto que lo ha creado todo. ¿Habéis pensado en la gente a la que vais a privar de ese "instrumento manejado por las manos de Dios" que es el sacerdote? ¿Vais a dejar sin consuelo a tantas almas en la hora de la tribulación, sin alimento espiritual, sin la absolución que les muestre el rostro del Señor cuando les llegue su hora? Por favor, reflexionad sobre lo que estáis haciendo y pensad que vuestros hijos no son vuestra propiedad, sino seres humanos independientes que sólo pueden vivir en plenitud abandonándose a la voluntad divina. Dejad que el Señor mande trabajadores a su mies.
Cristo escuchó mis súplicas y me envió un confesor. Le abrí mi corazón porque me di cuenta de que ese hombre era en aquellos momentos el representante de mi Dios, y que por tanto tendría que hablarle como si lo hiciera con el mismísimo Jesús. Inmediatamente después de recibir sus consejos y la absolución, al volver a mi sitio, me di cuenta de que, una vez más, el Señor estaba siendo grande conmigo (como dice el salmo) y que me estaba podando como a la vid para que diera más fruto. Me mostraba cómo era necesario que yo me afirmara en mi fe y en mi entidad personal frente a la posesión familiar por mi propio bien y el de los que me rodeaban, para que todos pudiéramos vivir como seres completos, dispuestos a repartir a manos llenas el amor que proviene del Altísimo entre nosotros, pero sin asfixiarnos mutuamente en un afán de cariño mal entendido. Esto es algo que siempre me había causado inquietud, pero a lo que jamás me había atrevido a enfrentarme por miedo y debilidad. Ahora, Dios se estaba valiendo de unos medios poderosísimos para hacerme ver la urgencia de tomar de una vez por todas las riendas de mi propia vida y me causaba esa desazón interior para llevarme al punto en el que ya tenía que reaccionar inevitablemente. No pude por menos que recitar el "Magnificat" (Proclama mi alma la grandeza del Señor,/ se alegra mi espíritu en Dios, mi Salvador/ porque ha mirado la humillación de su esclava/...) al contemplar qué fino y preciso es el "bisturí" del Médico del Alma cuando nos abre para sanarnos. "Él hiere y venda la herida". Qué felicidad, Señor, sentirse arropada por tu Amor mientras nos curas de nuestras enfermedades.
No es que mis problemas se hayan evaporado de repente, pero lo cierto es que ahora sé que Él está ahí ayudándome y que no me abandonará en ningún momento. No me importa no ver aún con claridad el camino que Él ha escogido para mí: me pongo entera en sus manos para que se haga en mí su voluntad, que no quiero nada fuera de ella. No hay mayor felicidad que el rendirse amorosamente al Dios Misericordioso y dejar que Él obre en lo más profundo de nuestro ser. "Tus mandatos son mi delicia". Señor, ayúdame a cumplir en todo momento tu voluntad y no permitas que me aparte de ti.
Me he venido de la casita de la sierra a mi residencia habitual para tener tiempo y tranquilidad para la oración y para separarme unos días de las tensiones continuas que me rodean. Me quedaré aún hasta el viernes, lo que irá muy bien para retomar mi vida espiritual.
Las luchas tienen su origen básicamente en la oposición de mi familia, en especial de mi padre, a mi nueva vida religiosa. Las críticas, en ocasiones realmente feroces, son habituales. Creo que trata de minar mi fe y de hacerme regresar a ese mundo "racional y productivo" que nos rodea y que a mí, por la gracia de Dios, me ha dejado de interesar. No es que me importe sufrir este tipo de persecución por Cristo, pero hay un par de cosas que me duelen: que esa actitud venga precisamente de la persona a la que más quiero en este mundo y en quien he depositado una parte fundamental de mi vida, y que estas fricciones diarias interfieran en mi oración. Todo se convierte en objeto de crítica para él: desde la misa diaria a los ratos de oración ante el Sagrario. Trato de explicarle que no voy a misa o a rezar ante el Santísimo por una cuestión de "beatería", sino que la Eucaristía me llama ardientemente hasta tal punto que lamento no poder recibir al Señor más que una vez en cada jornada, o que la presencia real de Cristo en el las especies del pan y el vino del Sagrario me enamora de tal manera que me hace pasar largos ratos en oración junto a él, bien manteniendo una especie de charla amigable y confiada con mi Salvador, bien contemplándolo en silencio mientras siento cómo su Amor se derrama en mí e inunda toda mi alma. ¿Cómo hacer comprender esto a alguien que no lo ha experimentado por sí mismo? En cualquier caso, no pido que lo entienda, que eso tiene que venir dado por Dios, sino que me respete y acepte en mi entrega al Señor. A fin de cuentas, el Amor del Ser Supremo no sólo no me aparta de mis seres queridos, sino que me acerca a ellos y les otorga una nueva dimensión a las relaciones humanas. Supongo que es otra noche oscura que me da el Señor...
Hoy me encontraba tan aprisionada por estos pensamientos, que fui a la misa de nueve en la iglesia de los carmelitas (que se ha convertido en una especie de casa para mí) con la intención de acudir a ese maravilloso sacramento que es el de la Reconciliación (una palabra bastante más agradable y ajustada a la realidad que la denominación de "Penitencia"). Mientras estaba esperando a que alguno de los Padres Carmelitas saliera de la sacristía y se dirigiera a los confesionarios, me atenazó el temor de que ese día, al quedar en la casa muy pocos frailes por diversos motivos, no acudiera nadie a confesarnos. Fue entonces cuando me di cuenta de lo importante que era el papel de los sacerdotes y de lo poco que los valoramos habitualmente. Además, me pareció terrible la irresponsabilidad de aquellos padres que impiden que sus hijos sigan la llamada del Señor para ponerse a su servicio siendo ordenados. Cada vocación que se pierde representa miles de misas que jamás serán dichas, de banquetes eucarísticos que se desvanecen en el olvido de la irrealidad sin llegar a los fieles, de confesiones que nunca tendrán lugar y que podrían dar el consuelo implorado y ayudar a la salvación de tantas y tantas almas. Queridos padres de hijos con vocación: pensad en la responsabilidad que adquirís al dar un consejo a vuestros retoños en la elección del estado de vida. Ser llamado por el Señor es un grandísimo honor y el principio de una apasionante e irrepetible historia personal de entrega al Creador, tanto directamente como a través de sus fieles. ¿Qué puede haber más grande que servir a Aquel que es de quien emanan el amor, la bondad, la belleza, la justicia...? Y eso sin olvidar que nada existiría sin Él, puesto que lo ha creado todo. ¿Habéis pensado en la gente a la que vais a privar de ese "instrumento manejado por las manos de Dios" que es el sacerdote? ¿Vais a dejar sin consuelo a tantas almas en la hora de la tribulación, sin alimento espiritual, sin la absolución que les muestre el rostro del Señor cuando les llegue su hora? Por favor, reflexionad sobre lo que estáis haciendo y pensad que vuestros hijos no son vuestra propiedad, sino seres humanos independientes que sólo pueden vivir en plenitud abandonándose a la voluntad divina. Dejad que el Señor mande trabajadores a su mies.
Cristo escuchó mis súplicas y me envió un confesor. Le abrí mi corazón porque me di cuenta de que ese hombre era en aquellos momentos el representante de mi Dios, y que por tanto tendría que hablarle como si lo hiciera con el mismísimo Jesús. Inmediatamente después de recibir sus consejos y la absolución, al volver a mi sitio, me di cuenta de que, una vez más, el Señor estaba siendo grande conmigo (como dice el salmo) y que me estaba podando como a la vid para que diera más fruto. Me mostraba cómo era necesario que yo me afirmara en mi fe y en mi entidad personal frente a la posesión familiar por mi propio bien y el de los que me rodeaban, para que todos pudiéramos vivir como seres completos, dispuestos a repartir a manos llenas el amor que proviene del Altísimo entre nosotros, pero sin asfixiarnos mutuamente en un afán de cariño mal entendido. Esto es algo que siempre me había causado inquietud, pero a lo que jamás me había atrevido a enfrentarme por miedo y debilidad. Ahora, Dios se estaba valiendo de unos medios poderosísimos para hacerme ver la urgencia de tomar de una vez por todas las riendas de mi propia vida y me causaba esa desazón interior para llevarme al punto en el que ya tenía que reaccionar inevitablemente. No pude por menos que recitar el "Magnificat" (Proclama mi alma la grandeza del Señor,/ se alegra mi espíritu en Dios, mi Salvador/ porque ha mirado la humillación de su esclava/...) al contemplar qué fino y preciso es el "bisturí" del Médico del Alma cuando nos abre para sanarnos. "Él hiere y venda la herida". Qué felicidad, Señor, sentirse arropada por tu Amor mientras nos curas de nuestras enfermedades.
No es que mis problemas se hayan evaporado de repente, pero lo cierto es que ahora sé que Él está ahí ayudándome y que no me abandonará en ningún momento. No me importa no ver aún con claridad el camino que Él ha escogido para mí: me pongo entera en sus manos para que se haga en mí su voluntad, que no quiero nada fuera de ella. No hay mayor felicidad que el rendirse amorosamente al Dios Misericordioso y dejar que Él obre en lo más profundo de nuestro ser. "Tus mandatos son mi delicia". Señor, ayúdame a cumplir en todo momento tu voluntad y no permitas que me aparte de ti.




