El obispo
Ya he regresado de mi casa de veraneo. Ha sido un verano muy complicado, lleno de tensiones externas e internas, pero también colmado de experiencias intensas del amor de Dios. He podido comprobar una vez más cómo nos va guiando con mano segura, aunque nosotros nos empeñemos en ir por nuestro lado, creyéndonos muy listos y autosuficientes. Habría que recordar el salmo 126: "Si el Señor no construye la casa, en vano se cansan los albañiles". Si vamos en contra de lo que Él tiene dispuesto para nosotros, que es lo mejor para nuestra santificación (aunque a veces no lo veamos hasta mucho tiempo después), nuestros esfuerzos serán inútiles. Somos como un niño pequeño que se empeña en meterse en un lugar peligroso y al cual el padre tiene que apartar de allí, aunque eso le suponga algún que otro berrinche al chiquillo.
Uno de los acontecimientos del verano ha sido la presencia del obispo emérito de Tenerife, Monseñor Damián Iguacén Borau, en la iglesia a la que voy en vacaciones. Había venido para dar dos tandas de ejercicios a las monjas de la "Obra Misionera de Jesús y de María", que tienen una de sus casas en la urbanización en la que paso el verano, y se hizo cargo de las misas durante un par de semanas alternas. Cuando fui a la primera Eucaristía celebrada por él, ignoraba de quién se trataba. Vi a un hombre entrado en años y de cara bondadosa. Pensé que podía tratarse de un párroco de algún pueblo de los alrededores. Aquel día era, además, la festividad de S. Juan María Vianney, patrón de los curas diocesanos, y aquel sacerdote invitado hizo una de las homilías más hermosas que he oído, hablando con auténtica pasión del santo cura de Ars y de su amor a Cristo. Mientras hablaba, no podía por menos de pensar que S. Juan María Vianney tuvo que haberse parecido mucho a ese servidor de Dios que estaba oficiando la misa, y lo mismo se me ocurrió cada vez que tuve la oportunidad de escucharlo los días siguientes. No era sólo el razonamiento penetrante de sus sermones lo que me llamaba la atención, sino el increíble amor con el que pronunciaba todas y cada una de las palabras de la misa, además de que todos sus gestos reflejaban su permanente actitud de total entrega al Señor. Pero lo más impactante era su sencillez, que me dejaba atónita y me daba motivos para la reflexión.
Durante la primera semana que el obispo estuvo en aquella iglesia, tuve en muchos momentos ganas de hacerle saber cómo me acercaba a Cristo con sus palabras, pero me dio vergüenza y no lo hice. Al día siguiente, le conté a mi amigo sacerdote lo que me había impresionado el visitante y lo mucho que lamentaba no haberle comunicado lo que habían supuesto para mí aquellas misas, a lo que él me contestó que a los curas también les ayuda y les da ánimos saber que alguien se ve atraído por Dios a través de su predicación. Llegué incluso a pensar en escribirle una carta y dársela a las monjas para que se la enviaran, pero el Señor estuvo grande conmigo y, ante mi sorpresa, trajo al obispo de nuevo dos semanas más tarde a la misma iglesia. ¡Qué alegría sentí cuando lo vi salir de la sacristía! Por fin iba a poder decirle lo que pensaba. De nuevo me sentí especialmente cerca de Dios durante las misas. Hubo un domingo en que me decidí a abordarlo. Ese día, para mi asombro, comentó algo en la homilía acerca de las ocasiones en las que confirmaba a los jóvenes. Me quedé de piedra: ¡aquel hombrecillo bondadoso, de proverbial sencillez e inagotable fervor por Cristo era un obispo! El Señor enaltece a los humildes, tal y como proclama el Magnificat, y Monseñor Damián estaba, sin duda, arropado por la gracia divina. ¡Qué buen instrumento del Señor! ¡Cómo irradiaba el amor de Cristo a todos los fieles! Después de la misa, estuve esperando el momento oportuno para hablarle. Tuve la inmensa suerte de poder disfrutar de un ratito de charla con él acerca de Dios. Cuando salí de allí, lo hice con el convencimiento de que había estado conversando con un santo. En el camino a casa sentía ganas de brincar y reír porque había visto la presencia de Cristo en su servidor. Esa alegría inundó todos los rincones de mi jornada.
Al día siguiente, que era el último que el obispo pasaba en nuestra iglesia, me despedí de él. Recuerdo que me dio palabras de ánimo y me dijo que tuviera valor y que no mirara atrás por nada del mundo. Aquel día, la homilía había sido especialmente conmovedora. Trató sobre la mirada que Jesús pone en cada uno de nosotros. ¡He sentido tantas veces en los últimos meses esa mirada...! Me sentí tan identificada con las reflexiones del obispo, que tuve que contener las lágrimas en la iglesia. Pero, cuando salí de allí, no pude más y rompí a llorar de emoción y de alegría. Di gracias a Dios por habernos llevado a un instrumento suyo tan valioso durante aquellos días. Verdaderamente me sentí bajo su mirada atenta en ese mismo instante, lo cual aumentó, si cabe, la intensidad de mis sentimientos. Y es que el Señor nos ama, y lo hace de un modo particular con cada uno de nosotros. Sabe cómo tratarnos, cómo educarnos y cómo darnos fuerzas para el camino. Su paciencia es infinita y su misericordia es eterna. Muchas veces tengo la impresión de que soy una ingrata por no darme del todo a Él, por permitir que mis tribulaciones cotidianas invadan ese espacio de intimidad con Él que es la oración, por dejar que el cansancio físico me reste fuerzas para seguir centrada en la meditación de su Palabra y en la alabanza continua. Me ama mucho, pero... ¡qué tacaña soy correspondiéndole! Ojalá pueda algún día conseguir despojarme de mí misma para poder ir hacia Él y reclinar confiada mi cabeza sobre su pecho. Cuánto me falta aún...
Dios mío, ayúdame a amarte cada vez más. Dame fuerzas, que soy débil e inconstante, y sin ti nada puedo. No permitas que me aleje nunca de ti ni lo más mínimo.
Uno de los acontecimientos del verano ha sido la presencia del obispo emérito de Tenerife, Monseñor Damián Iguacén Borau, en la iglesia a la que voy en vacaciones. Había venido para dar dos tandas de ejercicios a las monjas de la "Obra Misionera de Jesús y de María", que tienen una de sus casas en la urbanización en la que paso el verano, y se hizo cargo de las misas durante un par de semanas alternas. Cuando fui a la primera Eucaristía celebrada por él, ignoraba de quién se trataba. Vi a un hombre entrado en años y de cara bondadosa. Pensé que podía tratarse de un párroco de algún pueblo de los alrededores. Aquel día era, además, la festividad de S. Juan María Vianney, patrón de los curas diocesanos, y aquel sacerdote invitado hizo una de las homilías más hermosas que he oído, hablando con auténtica pasión del santo cura de Ars y de su amor a Cristo. Mientras hablaba, no podía por menos de pensar que S. Juan María Vianney tuvo que haberse parecido mucho a ese servidor de Dios que estaba oficiando la misa, y lo mismo se me ocurrió cada vez que tuve la oportunidad de escucharlo los días siguientes. No era sólo el razonamiento penetrante de sus sermones lo que me llamaba la atención, sino el increíble amor con el que pronunciaba todas y cada una de las palabras de la misa, además de que todos sus gestos reflejaban su permanente actitud de total entrega al Señor. Pero lo más impactante era su sencillez, que me dejaba atónita y me daba motivos para la reflexión.
Durante la primera semana que el obispo estuvo en aquella iglesia, tuve en muchos momentos ganas de hacerle saber cómo me acercaba a Cristo con sus palabras, pero me dio vergüenza y no lo hice. Al día siguiente, le conté a mi amigo sacerdote lo que me había impresionado el visitante y lo mucho que lamentaba no haberle comunicado lo que habían supuesto para mí aquellas misas, a lo que él me contestó que a los curas también les ayuda y les da ánimos saber que alguien se ve atraído por Dios a través de su predicación. Llegué incluso a pensar en escribirle una carta y dársela a las monjas para que se la enviaran, pero el Señor estuvo grande conmigo y, ante mi sorpresa, trajo al obispo de nuevo dos semanas más tarde a la misma iglesia. ¡Qué alegría sentí cuando lo vi salir de la sacristía! Por fin iba a poder decirle lo que pensaba. De nuevo me sentí especialmente cerca de Dios durante las misas. Hubo un domingo en que me decidí a abordarlo. Ese día, para mi asombro, comentó algo en la homilía acerca de las ocasiones en las que confirmaba a los jóvenes. Me quedé de piedra: ¡aquel hombrecillo bondadoso, de proverbial sencillez e inagotable fervor por Cristo era un obispo! El Señor enaltece a los humildes, tal y como proclama el Magnificat, y Monseñor Damián estaba, sin duda, arropado por la gracia divina. ¡Qué buen instrumento del Señor! ¡Cómo irradiaba el amor de Cristo a todos los fieles! Después de la misa, estuve esperando el momento oportuno para hablarle. Tuve la inmensa suerte de poder disfrutar de un ratito de charla con él acerca de Dios. Cuando salí de allí, lo hice con el convencimiento de que había estado conversando con un santo. En el camino a casa sentía ganas de brincar y reír porque había visto la presencia de Cristo en su servidor. Esa alegría inundó todos los rincones de mi jornada.
Al día siguiente, que era el último que el obispo pasaba en nuestra iglesia, me despedí de él. Recuerdo que me dio palabras de ánimo y me dijo que tuviera valor y que no mirara atrás por nada del mundo. Aquel día, la homilía había sido especialmente conmovedora. Trató sobre la mirada que Jesús pone en cada uno de nosotros. ¡He sentido tantas veces en los últimos meses esa mirada...! Me sentí tan identificada con las reflexiones del obispo, que tuve que contener las lágrimas en la iglesia. Pero, cuando salí de allí, no pude más y rompí a llorar de emoción y de alegría. Di gracias a Dios por habernos llevado a un instrumento suyo tan valioso durante aquellos días. Verdaderamente me sentí bajo su mirada atenta en ese mismo instante, lo cual aumentó, si cabe, la intensidad de mis sentimientos. Y es que el Señor nos ama, y lo hace de un modo particular con cada uno de nosotros. Sabe cómo tratarnos, cómo educarnos y cómo darnos fuerzas para el camino. Su paciencia es infinita y su misericordia es eterna. Muchas veces tengo la impresión de que soy una ingrata por no darme del todo a Él, por permitir que mis tribulaciones cotidianas invadan ese espacio de intimidad con Él que es la oración, por dejar que el cansancio físico me reste fuerzas para seguir centrada en la meditación de su Palabra y en la alabanza continua. Me ama mucho, pero... ¡qué tacaña soy correspondiéndole! Ojalá pueda algún día conseguir despojarme de mí misma para poder ir hacia Él y reclinar confiada mi cabeza sobre su pecho. Cuánto me falta aún...
Dios mío, ayúdame a amarte cada vez más. Dame fuerzas, que soy débil e inconstante, y sin ti nada puedo. No permitas que me aleje nunca de ti ni lo más mínimo.
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