Una cuestión de amor

La experiencia de una joven enamorada de Cristo.

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Nombre: María de Betania
Lugar: Salamanca, Castilla y León, Spain

16.9.05

Un día intenso

Ayer estuve en Alba de Tormes. Fui a recoger la camiseta de la Marcha Teresiana, en la que voy a tomar parte (salimos mañana de Medina del Campo y llegamos el martes a Alba, siguiendo el itinerario que hizo Sta. Teresa en su último viaje). En realidad, he de confesar que lo de la camiseta era una excusa para ir al pueblo en el que está enterrada la Santa. Tenía ganas de sentarme en la iglesia en la que está su sepulcro y orar.

Entré, pues, en la iglesia en cuestión. Fuera se oían la algarabía de los niños jugando y montando en sus bicicletas. Al principio, eso me desconcentró un poco, pero ahora me doy cuenta, al hacer memoria, de que poco después dejé de oír el alboroto infantil. No es que los niños se hubieran ido de allí, sino que me encontraba tan absorbida en el Señor, que todo lo demás no existía. He dicho antes que quería sentarme a orar, pero la realidad es que me arrodillé, aunque deseaba en el fondo agacharme aún más y hacerme muy pequeña ante el Sagrario. Postrarme ante el Señor es mi delicia, dejar que su grandeza sobresalga haciéndome yo cada vez más insignificante. Comencé poco a poco a desgranar las oraciones del Rosario, ofreciendo cada misterio por una intención concreta: el "Bautismo de Jesús en el Jordán", por que no nos alejemos de la fe y de la gracia adquiridas por el bautismo; las "Bodas de Caná", por todos aquellos matrimonios que se han deshecho, para que no se aparten de la Iglesia; el "Anuncio del Reino de los Cielos", por que el espíritu de las Bienaventuranzas vuelva a inundar el corazón de tantos cristianos que se han olvidado de las enseñanzas del Evangelio; la "Transfiguración de Cristo", por que los que han perdido la fe la recobren al contemplar al Hijo del Hombre en todo su esplendor; por último, el misterio de la "Institución de la Eucaristía", tan querido para mí, lo ofrecí para que todos reconozcan la presencia real de Cristo bajo las dos especies. Supongo que las intenciones no tienen mucho de original, pero lo cierto es que, al rezar los cinco misterios, me invadió una sensación indescriptible del amor de Dios. Oleadas de calor me hacían estremecerme y me atraían insistentemente hacia el Sagrario. No era capaz de salir de allí, de lo fuertemente que sentía su llamada. Eso me recordó a la semana que pasé en mayo en Budapest, adonde fui a trabajar con un intercambio de profesores. La experiencia que tuve en esos días fue tan arrebatadora, que me pasaba el día en la iglesia o en oración en casa. Fue como un auténtico retiro (pasé casi toda la semana completamente sola). Si salía a pasear y veía una iglesia abierta, no podía por menos de entrar a hacer una visita al Santísimo. Esa sed de estar con el Señor me llevó incluso al santuario de Máriaremete, una pequeña iglesia perdida entre los bosques en Pesthidegkút, donde casi se acaba la ciudad. Precisamente ayer leí algo por casualidad (si es que existen las casualidades, cosa que no creo) en Internet acerca de una carmelita seglar que iba allí con frecuencia, pero eso es materia para otro día, así que no me extenderé sobre ello ahora.

Al irme de la iglesia de Alba, le dije al Señor que un rato después lo abrazaría en mi corazón cuando lo recibiera en la Eucaristía en la misa de 9, ya en la ciudad. Fui todo el camino en el coche como sonámbula, sintiéndome flotar de puro abandono en el regazo de Jesús.

Dios mío, cómo te quiero. Parece mentira que me trates tan bien, con lo vergonzosamente que me he portado yo tantas veces contigo. Hasta la Cruz es dulce a tu lado. Déjame que te haga compañía durante horas en el Sagrario, Señor, hablando contigo y, sobre todo, amándote, aunque sea sin palabras, simplemente acogiéndote en el pobre pesebre de mi alma.

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