La Marcha Teresiana (I)
La Marcha consistía en caminar la distancia que separa Medina del Campo de Alba de Tormes, realizando de esta manera el mismo viaje que emprendió Santa Teresa de Jesús durante sus últimos días de vida. Ella empleó dos días en completar el trayecto, al ir en carreta, mientras que nosotros necesitamos cuatro, ya que no disponíamos de semejante vehículo.
El primer día se presentaba duro: apenas había dormido y, además, tuve que madrugar muchísimo para recoger a una amiga e irnos en mi coche a Alba, desde donde salía nuestro autobús para Medina. Con bastantes tropiezos, incluido el perderme por completo en los arrabales salmantinos y tener que dar ochenta vueltas a las glorietas, conseguimos llegar a tiempo al autobús. En el camino fuimos hablando de lo humano y lo divino y rezamos los Laudes. Era el día de S. Alberto de Jerusalén, a quien debemos la Regla Carmelitana, así que celebramos su memoria. Mi amiga es también del Carmelo Seglar, del cual yo ya me considero miembro, aunque aún no haya asistido oficialmente a mi primera sesión formativa.
Una vez en Medina, nos dirigimos al convento de las MM. Carmelitas. Daba escalofríos pensar que ésta era una de las fundaciones de nuestra Santa, y además aquella en la que se había entrevistado por primera vez con S. Juan de la Cruz. Me parecía que ambos nos miraban con cariño desde lo alto y nos exhortaban a seguir en el camino de amor a Dios. En la iglesia del convento hubo una "Celebración de la Palabra", demasiado repleta para mi gusto de cánticos al estilo "pop". Quizá sea por deformación profesional, pero lo cierto es que a mí ese tipo de música, más que ayudarme a la oración, me desconcentra. Sobre todo, no encajaba en absoluto ni con el ambiente de recogimiento que inspira la clausura, ni con la soledad y el silencio ansiados por Sta. Teresa en la oración. Pero, bueno, no voy a ser excesivamente crítica con esto, especialmente porque sé que la mía es una opinión muy personal y que puede haber gente a la que estos cantos le ayuden a progresar en su experiencia de Dios. Los caminos del Señor son muy diversos, al igual que los carismas de la Iglesia, y hay para todos los gustos.
Las monjas del convento nos miraban desde detrás de la reja. La verdad es que me resultó curioso verlas tan lejanas, teniendo en cuenta cómo habían sido de cariñosas y abiertas conmigo las que habitaban los conventos de Ledesma y Toro. Sé que las situaciones eran radicalmente diferentes, pero aun así sentía algo extraño al verlas.
Emprendimos la marcha bajo un cielo encapotado, que presagiaba una lluvia que nunca llegó a caer. El viento azotaba nuestras camisetas y nos hacía temblar de frío. Nos adentramos por los vastos campos castellanos, amarillos de cereal maduro y de cenicienta sequía. No es fácil describir la emoción que me invadía al caminar sintiéndome envuelta por la bóveda del cielo y por la solemne planicie de la meseta. Sólo sé que iba recitando un fragmento del Salmo 8 para mis adentros: "Quoniam videbo caelos tuos, opera digitorum tuorum, lunam et stellas, quae tu fundasti. Quid est homo, quod memor es eius, aut filiiis hominis, quoniam visitas eum?" (me gusta así, en latín, cuya majestuosidad refleja mejor que el castellano la trascendencia de la Creación). "Cuando veo el cielo, obra de tus dedos, la luna y las estrellas, que tu has creado, me pregunto: ¿quién es el hombre para que te acuerdes de él; el ser humano, para darle poder?" Embebida en la naturaleza sobria de Castilla, me sentía muy pequeña y sin importancia, minúscula al lado del Señor, y ese pensamiento me hacía feliz.
Paramos en numerosos pueblos durante toda la peregrinación: Campillo, Carpio, Fresno el Viejo, Cantalapiedra, Palacios Rubios, Zorita de la Frontera, Aldeaseca de la Frontera, Nava de Sotrobal, Coca de Alba, Peñarandilla, Garcihernández... Además, habitantes de poblaciones que no atravesábamos en nuestro camino se acercaban a vernos y pasar un rato con nosotros en un pinar o en un campo cualquiera. Hubo varias "Celebraciones de la Palabra" y una misa diaria durante las cuatro jornadas de la Marcha. Ahora no recuerdo exactamente los detalles de cada evento (se me mezclan en la memoria), pero sé que en varias ocasiones las homilías me conmovieron tanto que llegué a llorar a lágrima viva (he de decir que no fui ni mucho menos la única que se vio en tal tesitura). Lo que sí que se me quedó marcado fue un momento de la misa en Cantalapiedra: aquel en que el sacerdote partió el Cuerpo de Cristo al proclamarlo como "el Cordero de Dios". Fue tan emocionante contemplar cómo el que nos había venido a salvar se entregaba de nuevo ante nuestros ojos en el sacrificio eucarístico... Mi amiga, que se quejaba de no tener la suficiente fuerza de voluntad para asistir a la misa todos los días, quedó tan impresionada, que hizo firme propósito de acudir a la Eucaristía diariamente a partir de entonces.
Supongo que será por estar en el Año de la Eucaristía por lo que se hace tanto hincapié sobre este sacramento en las celebraciones. Espero que a partir de octubre la gente no se olvide de la importancia de la renovación del sacrificio de Jesucristo en cada misa. ¡Cuánto nos falta aún por apreciar en ese sagrado misterio! Uno de los hechos que más nerviosa me puso durante la Marcha fue el comprobar cómo la mayoría de los peregrinos entraba en la casa de Dios hablando por los codos, haciendo ruido y sin prestar aparentemente atención al Santísimo Sacramento, que nos esperaba con su mirada amorosa en el Sagrario de cada una de las iglesias. ¡Y se supone que todos éramos gente devota, algunos de Eucaristía diaria! Perdónanos, Señor, por nuestra falta de consideración, y haznos ser cada vez más conscientes de tu Presencia bajo las especies del pan y del vino.
Ahora he de interrumpir aquí mi narración porque tengo que bajar a estudiar el programa del recital de clave del próximo día 15 de octubre, fiesta de Sta. Teresa de Jesús, en la iglesia de los P. Carmelitas. Que el Señor me envíe su Espíritu, que voy muy justa de tiempo para prepararlo.
El primer día se presentaba duro: apenas había dormido y, además, tuve que madrugar muchísimo para recoger a una amiga e irnos en mi coche a Alba, desde donde salía nuestro autobús para Medina. Con bastantes tropiezos, incluido el perderme por completo en los arrabales salmantinos y tener que dar ochenta vueltas a las glorietas, conseguimos llegar a tiempo al autobús. En el camino fuimos hablando de lo humano y lo divino y rezamos los Laudes. Era el día de S. Alberto de Jerusalén, a quien debemos la Regla Carmelitana, así que celebramos su memoria. Mi amiga es también del Carmelo Seglar, del cual yo ya me considero miembro, aunque aún no haya asistido oficialmente a mi primera sesión formativa.
Una vez en Medina, nos dirigimos al convento de las MM. Carmelitas. Daba escalofríos pensar que ésta era una de las fundaciones de nuestra Santa, y además aquella en la que se había entrevistado por primera vez con S. Juan de la Cruz. Me parecía que ambos nos miraban con cariño desde lo alto y nos exhortaban a seguir en el camino de amor a Dios. En la iglesia del convento hubo una "Celebración de la Palabra", demasiado repleta para mi gusto de cánticos al estilo "pop". Quizá sea por deformación profesional, pero lo cierto es que a mí ese tipo de música, más que ayudarme a la oración, me desconcentra. Sobre todo, no encajaba en absoluto ni con el ambiente de recogimiento que inspira la clausura, ni con la soledad y el silencio ansiados por Sta. Teresa en la oración. Pero, bueno, no voy a ser excesivamente crítica con esto, especialmente porque sé que la mía es una opinión muy personal y que puede haber gente a la que estos cantos le ayuden a progresar en su experiencia de Dios. Los caminos del Señor son muy diversos, al igual que los carismas de la Iglesia, y hay para todos los gustos.
Las monjas del convento nos miraban desde detrás de la reja. La verdad es que me resultó curioso verlas tan lejanas, teniendo en cuenta cómo habían sido de cariñosas y abiertas conmigo las que habitaban los conventos de Ledesma y Toro. Sé que las situaciones eran radicalmente diferentes, pero aun así sentía algo extraño al verlas.
Emprendimos la marcha bajo un cielo encapotado, que presagiaba una lluvia que nunca llegó a caer. El viento azotaba nuestras camisetas y nos hacía temblar de frío. Nos adentramos por los vastos campos castellanos, amarillos de cereal maduro y de cenicienta sequía. No es fácil describir la emoción que me invadía al caminar sintiéndome envuelta por la bóveda del cielo y por la solemne planicie de la meseta. Sólo sé que iba recitando un fragmento del Salmo 8 para mis adentros: "Quoniam videbo caelos tuos, opera digitorum tuorum, lunam et stellas, quae tu fundasti. Quid est homo, quod memor es eius, aut filiiis hominis, quoniam visitas eum?" (me gusta así, en latín, cuya majestuosidad refleja mejor que el castellano la trascendencia de la Creación). "Cuando veo el cielo, obra de tus dedos, la luna y las estrellas, que tu has creado, me pregunto: ¿quién es el hombre para que te acuerdes de él; el ser humano, para darle poder?" Embebida en la naturaleza sobria de Castilla, me sentía muy pequeña y sin importancia, minúscula al lado del Señor, y ese pensamiento me hacía feliz.
Paramos en numerosos pueblos durante toda la peregrinación: Campillo, Carpio, Fresno el Viejo, Cantalapiedra, Palacios Rubios, Zorita de la Frontera, Aldeaseca de la Frontera, Nava de Sotrobal, Coca de Alba, Peñarandilla, Garcihernández... Además, habitantes de poblaciones que no atravesábamos en nuestro camino se acercaban a vernos y pasar un rato con nosotros en un pinar o en un campo cualquiera. Hubo varias "Celebraciones de la Palabra" y una misa diaria durante las cuatro jornadas de la Marcha. Ahora no recuerdo exactamente los detalles de cada evento (se me mezclan en la memoria), pero sé que en varias ocasiones las homilías me conmovieron tanto que llegué a llorar a lágrima viva (he de decir que no fui ni mucho menos la única que se vio en tal tesitura). Lo que sí que se me quedó marcado fue un momento de la misa en Cantalapiedra: aquel en que el sacerdote partió el Cuerpo de Cristo al proclamarlo como "el Cordero de Dios". Fue tan emocionante contemplar cómo el que nos había venido a salvar se entregaba de nuevo ante nuestros ojos en el sacrificio eucarístico... Mi amiga, que se quejaba de no tener la suficiente fuerza de voluntad para asistir a la misa todos los días, quedó tan impresionada, que hizo firme propósito de acudir a la Eucaristía diariamente a partir de entonces.
Supongo que será por estar en el Año de la Eucaristía por lo que se hace tanto hincapié sobre este sacramento en las celebraciones. Espero que a partir de octubre la gente no se olvide de la importancia de la renovación del sacrificio de Jesucristo en cada misa. ¡Cuánto nos falta aún por apreciar en ese sagrado misterio! Uno de los hechos que más nerviosa me puso durante la Marcha fue el comprobar cómo la mayoría de los peregrinos entraba en la casa de Dios hablando por los codos, haciendo ruido y sin prestar aparentemente atención al Santísimo Sacramento, que nos esperaba con su mirada amorosa en el Sagrario de cada una de las iglesias. ¡Y se supone que todos éramos gente devota, algunos de Eucaristía diaria! Perdónanos, Señor, por nuestra falta de consideración, y haznos ser cada vez más conscientes de tu Presencia bajo las especies del pan y del vino.
Ahora he de interrumpir aquí mi narración porque tengo que bajar a estudiar el programa del recital de clave del próximo día 15 de octubre, fiesta de Sta. Teresa de Jesús, en la iglesia de los P. Carmelitas. Que el Señor me envíe su Espíritu, que voy muy justa de tiempo para prepararlo.




