Me encanta mi heredad
Esta semana hemos comenzado las clases en el Conservatorio. Después de unas vacaciones tan largas, casi se me había olvidado lo feliz que me hace mi trabajo. Este año tengo unos alumnos bastante brillantes, que tocan un repertorio de gran calidad, así que disfruto al máximo cada minuto que paso enseñándoles. Además, así siento que hago un servicio a la sociedad, formando nuevos músicos, profesores y, por encima de todo, personas. Como las clases son, en su mayoría, individuales, es muy frecuente que me abran su corazón y me comuniquen sus alegrías, tristezas, dificultades y demás asuntos personales. Pido a Dios que siempre me ilumine para poder aconsejarles de la manera mejor posible y para darles ese consuelo y ese estímulo que buscan.
Se les acaba cogiendo mucho cariño al cabo de cuatro años, que es el tiempo que duran los estudios de Grado Superior. Hace un mes se me fueron dos ex-alumnos a estudiar un postgrado a Hungría, al mismo centro al cual yo había estado asistiendo hace unos años, y los echo de menos. Menos mal que me escriben de cuando en cuando y me cuentan sus peripecias por la "perla del Danubio". Por cierto: una de los que se ha ido para allá es la alumna que me llevó en abril a conocer la iglesia de los Carmelitas.
El martes por la noche, cuando volvía a casa conduciendo, pensaba en lo afortunada que soy por poder tener un trabajo tan apasionante. Entonces me vino a la cabeza el fragmento del Salmo 15: "me ha tocado un lote hermoso, me encanta mi heredad". En verdad, el Señor ha sido enormemente generoso conmigo al dirigir mis pasos hacia esta profesión y este puesto de trabajo, en el que se aúnan la contemplación y la acción. La primera se manifiesta especialmente cuando descubro con los alumnos la belleza de una obra. En esos momentos puedo percibir claramente un reflejo de la Belleza divina, un trocito de Dios hecho sonidos, un atisbo de la perfección del Creador, que los compositores han podido recoger, muchas veces de manera inconsciente, en el humilde pesebre de un papel pautado. La acción se hace patente al ponerme en actitud de servicio a los demás simplemente porque son criaturas de Dios, porque Jesús dijo que lo que hiciéramos a uno de estos se lo estaríamos haciendo a Él. No se trata sólo de enseñarles a tocar el piano a un nivel alto (casi diría que eso es lo que menos importa), sino el formarlos en integridad, amor por los demás, entrega, honestidad y disciplina. Para ello no son necesarias las regañinas, sino una palabra de aliento, un gesto de cariño y, sobre todo, el ejemplo de una persona que se sabe débil y con muchas carencias, pero que confía en Dios para seguir caminando. Antes era muy pudorosa al manifestar mis creencias, pero de abril a aquí no me contengo lo más mínimo. No se puede silenciar lo que llena el corazón, lo que insufla un aliento vital a cada instante de la existencia, lo que impulsa a buscar sólo el bien. Estoy enamorada, no lo puedo ocultar, y mi alma rebosa de gozo por el Señor.
Te amo, Jesús mío.
Se les acaba cogiendo mucho cariño al cabo de cuatro años, que es el tiempo que duran los estudios de Grado Superior. Hace un mes se me fueron dos ex-alumnos a estudiar un postgrado a Hungría, al mismo centro al cual yo había estado asistiendo hace unos años, y los echo de menos. Menos mal que me escriben de cuando en cuando y me cuentan sus peripecias por la "perla del Danubio". Por cierto: una de los que se ha ido para allá es la alumna que me llevó en abril a conocer la iglesia de los Carmelitas.
El martes por la noche, cuando volvía a casa conduciendo, pensaba en lo afortunada que soy por poder tener un trabajo tan apasionante. Entonces me vino a la cabeza el fragmento del Salmo 15: "me ha tocado un lote hermoso, me encanta mi heredad". En verdad, el Señor ha sido enormemente generoso conmigo al dirigir mis pasos hacia esta profesión y este puesto de trabajo, en el que se aúnan la contemplación y la acción. La primera se manifiesta especialmente cuando descubro con los alumnos la belleza de una obra. En esos momentos puedo percibir claramente un reflejo de la Belleza divina, un trocito de Dios hecho sonidos, un atisbo de la perfección del Creador, que los compositores han podido recoger, muchas veces de manera inconsciente, en el humilde pesebre de un papel pautado. La acción se hace patente al ponerme en actitud de servicio a los demás simplemente porque son criaturas de Dios, porque Jesús dijo que lo que hiciéramos a uno de estos se lo estaríamos haciendo a Él. No se trata sólo de enseñarles a tocar el piano a un nivel alto (casi diría que eso es lo que menos importa), sino el formarlos en integridad, amor por los demás, entrega, honestidad y disciplina. Para ello no son necesarias las regañinas, sino una palabra de aliento, un gesto de cariño y, sobre todo, el ejemplo de una persona que se sabe débil y con muchas carencias, pero que confía en Dios para seguir caminando. Antes era muy pudorosa al manifestar mis creencias, pero de abril a aquí no me contengo lo más mínimo. No se puede silenciar lo que llena el corazón, lo que insufla un aliento vital a cada instante de la existencia, lo que impulsa a buscar sólo el bien. Estoy enamorada, no lo puedo ocultar, y mi alma rebosa de gozo por el Señor.
Te amo, Jesús mío.




