Lugares para la contemplación
La contemplación es un don divino, de eso no hay duda. Lo que me desconcierta a veces es cómo el Señor nos lo otorga en los lugares y momentos más insospechados. A veces encuentro que me resulta difícil apaciguar mi espíritu hasta tener lo que se denomina "silencio interior" cuando me siento a orar. Eso me llena de pena porque pienso que la culpa es, hasta cierto punto, mía, por no saber desconectar cuando la situación lo requiere o por llevar un ritmo de vida tan ajetreado que me deja casi sin aliento espiritual. Pero, en otras ocasiones, la certeza de la Presencia de Dios me llega de un modo fulgurante y me deja rendida a sus pies, boquiabierta y como hipnotizada. Lo curioso es que uno de los momentos preferidos del Señor para llevarme a su regazo es mientras conduzco mi coche. En los últimos dos días lo he sentido con una claridad meridiana. No sé por qué escoge precisamente esa circunstancia, pero lo cierto es que parece que cualquier sitio es bueno para adorar al Señor, sea éste un vehículo o, incluso, una piscina (este verano he tenido algunos ratos verdaderamente intensos de oración mientras nadaba). ¿Alguien lo entiende? Tanto esfuerzo hacemos para colocarnos en su Presencia, sin obtener ningún resultado, y luego Él se nos regala a manos llenas cuando menos lo esperamos. "Si el Señor no construye la casa, en vano se cansan los albañiles" (Salmo 126).
Tanto ayer como hoy camino constantemente en Él, tanto en la alegría como en la tristeza. En la misa de anoche sentí otra vez esa paz arrebatadora que apareció por primera vez en mi vida hace dos semanas, y no se desvaneció aunque después me fuera a dar un paseo con un amigo. Podía sentir cómo mi Amado me acompañaba, y me recogía en Él aun en medio del fragor del tráfico y del bullicio de la noche salmantina. Al volver a casa, mientras surcaba las tinieblas de los oscuros campos de Castilla, mi corazón entregado se deshacía en alabanzas a Él. La atmósfera nocturna se impregnaba del temblor mágico del delicado juego amoroso entre Dios y el alma. Las sombras no resultaban ya inhóspitas y amenazantes, sino que parecían haberse convertido en un manto cálido bajo el que cobijarse. Hasta el runruneo del motor del coche, normalmente ajado y bronco de vejez, susurraba encandilado palabras calladas de amor, como si captara y reflejara lo más íntimo de mis pensamientos, que muchas veces no llegan a ser ni siquiera eso, sino más bien un eco extasiado que se desprende de lo más profundo de mi ser.
Al llegar a casa, supe por mis padres que uno de mis gatos de la casa de la sierra, a los que quiero con locura, había ido a reunirse con su Hacedor. No por esperada resultó la noticia menos dolorosa, pero, una vez más, el sufrimiento me hizo sentirme más unida a mi Amor. Veo cómo Él va poco a poco desatando las ligaduras que me atan a este mundo a base de pequeñas renuncias, de ingenuos sacrificios, para a continuación sujetarme a Él con esos mismos lazos invisibles. Me sumí aún más, si cabe, en ese estado de abandono en su Voluntad, y saboreé el dulce néctar que manaba de su Cruz.
Esta mañana volví a la iglesia para la misa de 8:30, tras lo cual me quedé haciéndole compañía junto al Sagrario. No había casi palabras por mi parte, sino que le miraba con cariño y me sentía correspondida. Ya en casa, aún me acompaña su Presencia. Desearía no tener que ponerme en marcha (salgo de fin de semana) para poder seguir disfrutando de un huésped tan especial, pero lo haré confiada porque sé que Él está siempre ahí, aunque a veces no lo vea. Partiré con el corazón alto y amaré a mi Señor también durante el viaje, mientras mi vehículo corta el viento de la meseta castellana, bebiéndose con fruición los kilómetros del camino y deslizándose por el asfalto engalanado de trigales maduros para la cosecha.
Tanto ayer como hoy camino constantemente en Él, tanto en la alegría como en la tristeza. En la misa de anoche sentí otra vez esa paz arrebatadora que apareció por primera vez en mi vida hace dos semanas, y no se desvaneció aunque después me fuera a dar un paseo con un amigo. Podía sentir cómo mi Amado me acompañaba, y me recogía en Él aun en medio del fragor del tráfico y del bullicio de la noche salmantina. Al volver a casa, mientras surcaba las tinieblas de los oscuros campos de Castilla, mi corazón entregado se deshacía en alabanzas a Él. La atmósfera nocturna se impregnaba del temblor mágico del delicado juego amoroso entre Dios y el alma. Las sombras no resultaban ya inhóspitas y amenazantes, sino que parecían haberse convertido en un manto cálido bajo el que cobijarse. Hasta el runruneo del motor del coche, normalmente ajado y bronco de vejez, susurraba encandilado palabras calladas de amor, como si captara y reflejara lo más íntimo de mis pensamientos, que muchas veces no llegan a ser ni siquiera eso, sino más bien un eco extasiado que se desprende de lo más profundo de mi ser.
Al llegar a casa, supe por mis padres que uno de mis gatos de la casa de la sierra, a los que quiero con locura, había ido a reunirse con su Hacedor. No por esperada resultó la noticia menos dolorosa, pero, una vez más, el sufrimiento me hizo sentirme más unida a mi Amor. Veo cómo Él va poco a poco desatando las ligaduras que me atan a este mundo a base de pequeñas renuncias, de ingenuos sacrificios, para a continuación sujetarme a Él con esos mismos lazos invisibles. Me sumí aún más, si cabe, en ese estado de abandono en su Voluntad, y saboreé el dulce néctar que manaba de su Cruz.
Esta mañana volví a la iglesia para la misa de 8:30, tras lo cual me quedé haciéndole compañía junto al Sagrario. No había casi palabras por mi parte, sino que le miraba con cariño y me sentía correspondida. Ya en casa, aún me acompaña su Presencia. Desearía no tener que ponerme en marcha (salgo de fin de semana) para poder seguir disfrutando de un huésped tan especial, pero lo haré confiada porque sé que Él está siempre ahí, aunque a veces no lo vea. Partiré con el corazón alto y amaré a mi Señor también durante el viaje, mientras mi vehículo corta el viento de la meseta castellana, bebiéndose con fruición los kilómetros del camino y deslizándose por el asfalto engalanado de trigales maduros para la cosecha.




