Los mandatos del Señor
Hace mes y medio, un 12 de septiembre para ser más exactos, pasaba yo por el aeropuerto de Londres-Luton, procedente de Escocia y camino de Madrid. Como me sobraba mucho tiempo entre vuelos, me fui a rezar a la capilla interconfesional aeroportuaria. Una vez allí, como en aquel momento no acababa de ver claro qué es lo que el Señor me pedía, tomé la única Biblia católica que había (que, por cierto, estaba en alemán; me dio pena que nadie hubiera llevado una en mi idioma para que los numerosos viajeros de habla española que circulan por esos lugares la pudieran leer) y la abrí al azar. Sé que esto lo había hecho S. Agustín, así que no me pareció mal método para buscar un motivo de meditación y una guía. Ante mis ojos apareció un versículo del Evangelio que decía: "el que acoge a un niño como éste en mi nombre, me acoge a mí". Sinceramente, no veía qué relación podía tener ese versículo conmigo en esos momentos. Le di vueltas, pero no vi nada claro. Decidí, pues, guardarlo en mi corazón, esperando que el Señor me diera luces sobre él más tarde.
Hará cosa de un mes, uno de mis queridos carmelitas de la comunidad a la que suelo ir me habló de una pareja a la que me quería presentar porque tenían un proyecto en el que podría prestar ayuda. Al día siguiente coincidí en la sacristía con ellos. Se trataba de una pareja de unos treinta y tantos años de edad, que llevaba en un cochecito a un bebé de once meses que acababan de adoptar en Honduras. Me estuvieron contando algo de su labor: consistía en apoyar a niños de familias y ambientes conflictivos (padres encarcelados, adictos a las drogas, delincuentes, etc.) simplemente sacándolos a jugar cada quince días un rato y, así, darles un poco de cariño y tratando de inculcarles poco a poco valores cristianos. También ayudaban a las familias llevándoles periódicamente comida y otros bienes de primera necesidad. He de confesar que, en un primer momento, no me entusiasmó el proyecto. Me pareció interesante para alguien con habilidades con los pequeños, cosa que yo sé que es una de mis carencias, pero no para mí, así que lo dejé correr.
En el grupo de oración teresiana, al cual pertenezco, hay dos chicos con los cuales tengo más contacto que con el resto. Uno de ellos llevaba participando en el proyecto desde antes del verano. A él pronto se unió el otro amigo, que, por cierto, es uno de los jóvenes que acaba de empezar conmigo la formación en el Carmelo Seglar. Un domingo, del que ya escribí en la entrada anterior de este blog, fui con ellos a recoger al niñito del que el primero se hace cargo cada dos semanas. Es una criatura de cinco años que vive una situación familiar particularmente desesperada (por ejemplo, ayer me enteré de que su madre se había autoinculpado de un robo para proteger a su sobrino, por lo cual ha ingresado en la cárcel de Topas, en la que permanecerá durante quince días). A pesar de su tragedia, este pequeño tiene una risa fresca, espontánea y limpia como sólo la inocencia de la edad sabe otorgar. Pasamos un rato precioso jugando en los columpios del parque. El niño adora a mi amigo, y éste lo trata con un cariño exquisito. Jugaban los dos, junto al otro chico, con sencillez y espontaneidad, y me era posible sentir la presencia de Cristo entre ellos. Reconozco que la experiencia me dejó muy sorprendida y pensativa.
El lunes pasado vi a mis amigos en la misa de 9. Me contaron que el domingo habían tenido una Eucaristía para celebrar el comienzo del nuevo curso en lo que al proyecto se refiere, y me invitaron a que fuera con ellos algún día a las reuniones que hacen cada jueves en casa del matrimonio que lo lleva, si es que me apetecía ayudar. Me lo estuve pensando y entonces recordé el episodio del aeropuerto de Luton, que empezó a cobrar un sentido a la luz de los acontecimientos. Decidí acudir.
Ayer estuve por primera vez en una de esas reuniones. Se compartieron las últimas noticias acerca de las familias más necesitadas (entre ellas, la del encarcelamiento de la madre de Jesús, el niño del que he hablado antes), se hicieron planes para el la distribución de las tareas (yo ayudaré en los repartos de comida porque no estoy disponible en los días en que sacan a los niños a jugar) y nos recogimos en un rato de oración en común, dirigido por uno de mis amigos. En el transcurso de éste, el que quería compartir sus sentimientos e ideas, tomaba la palabra. Yo participé refiriendo el episodio del aeropuerto. Cuál sería mi sorpresa cuando la mujer que llevaba el proyecto me mostró unos documentos escritos al comienzo de su andadura, en los cuales figuraba exactamente el mismo versículo que yo había leído en la Biblia aquel día. Me contó que a ellos también les había inspirado este texto, y que se había emocionado al oír mi relato, dada la coincidencia. He de confesar que yo misma me quedé asombrada y que me di cuenta de que el Señor realmente me había encomendado una tarea en este ámbito. Si he de ser sincera, no es algo que yo vaya a hacer por placer, ni tan siquiera por una satisfacción personal, sino porque veo que Dios lo quiere. Ando muy justa de tiempo y muchas veces el cumplir con mi misión me resultará, cuanto menos, inoportuno. También soy consciente de que moverme en ciertos ambientes y barrios puede resultar peligroso, pero, por otro lado, siento que el Amado me dará fuerzas y que, a fin de cuentas, si Él se entregó por nosotros hasta morir y no pensó en su propia seguridad, no voy a ser yo la que eluda ciertos riesgos, si estos provienen de sus mandatos.
Por la noche, en el rezo de Vísperas encontré un fragmento del Salmo 71, que decía así: "Él librará al pobre que clamaba, al afligido que no tenía protector; él se apiadará del pobre y del indigente, y salvará la vida de los pobres; él rescatará sus vidas de la violencia, su sangre será preciosa a sus ojos.". Me pareció que esto era, una vez más, la manera que tenía mi Señor de confirmarme su voluntad. Pues bien: trabajaré para ayudar a esos niños de familias pobres y desarraigadas, para "rescatar sus vidas de la violencia". Mi Amado ha sido misericordioso conmigo y ha tenido el bello gesto de mostrarme con delicadeza aquello que desea que haga. Ahora sólo le pido que me ayude con su Espíritu para poder llevar a cabo mi tarea y conseguir reconfortar con su Amor a esas almas necesitadas, instilando en ellas el delicioso néctar de su Palabra y su divino abrazo, que nos acoge a todos por igual, sin hacer distinciones que son propias de los humanos.
Gracias, Rey mío, por haberme permitido dar un paso más en la renuncia a mí misma y en el abandono en Ti, porque sé que eso me acerca un poco más a la unión contigo, que tanto ansío. Dame fuerzas para que las dificultades no se conviertan en obstáculos insalvables y para que pueda ser transparente a Ti sirviéndote de instrumento. Sabes que sólo deseo hacer tu Voluntad, que es mi delicia. Te amo con todas mis fuerzas, Jesús mío.
Hará cosa de un mes, uno de mis queridos carmelitas de la comunidad a la que suelo ir me habló de una pareja a la que me quería presentar porque tenían un proyecto en el que podría prestar ayuda. Al día siguiente coincidí en la sacristía con ellos. Se trataba de una pareja de unos treinta y tantos años de edad, que llevaba en un cochecito a un bebé de once meses que acababan de adoptar en Honduras. Me estuvieron contando algo de su labor: consistía en apoyar a niños de familias y ambientes conflictivos (padres encarcelados, adictos a las drogas, delincuentes, etc.) simplemente sacándolos a jugar cada quince días un rato y, así, darles un poco de cariño y tratando de inculcarles poco a poco valores cristianos. También ayudaban a las familias llevándoles periódicamente comida y otros bienes de primera necesidad. He de confesar que, en un primer momento, no me entusiasmó el proyecto. Me pareció interesante para alguien con habilidades con los pequeños, cosa que yo sé que es una de mis carencias, pero no para mí, así que lo dejé correr.
En el grupo de oración teresiana, al cual pertenezco, hay dos chicos con los cuales tengo más contacto que con el resto. Uno de ellos llevaba participando en el proyecto desde antes del verano. A él pronto se unió el otro amigo, que, por cierto, es uno de los jóvenes que acaba de empezar conmigo la formación en el Carmelo Seglar. Un domingo, del que ya escribí en la entrada anterior de este blog, fui con ellos a recoger al niñito del que el primero se hace cargo cada dos semanas. Es una criatura de cinco años que vive una situación familiar particularmente desesperada (por ejemplo, ayer me enteré de que su madre se había autoinculpado de un robo para proteger a su sobrino, por lo cual ha ingresado en la cárcel de Topas, en la que permanecerá durante quince días). A pesar de su tragedia, este pequeño tiene una risa fresca, espontánea y limpia como sólo la inocencia de la edad sabe otorgar. Pasamos un rato precioso jugando en los columpios del parque. El niño adora a mi amigo, y éste lo trata con un cariño exquisito. Jugaban los dos, junto al otro chico, con sencillez y espontaneidad, y me era posible sentir la presencia de Cristo entre ellos. Reconozco que la experiencia me dejó muy sorprendida y pensativa.
El lunes pasado vi a mis amigos en la misa de 9. Me contaron que el domingo habían tenido una Eucaristía para celebrar el comienzo del nuevo curso en lo que al proyecto se refiere, y me invitaron a que fuera con ellos algún día a las reuniones que hacen cada jueves en casa del matrimonio que lo lleva, si es que me apetecía ayudar. Me lo estuve pensando y entonces recordé el episodio del aeropuerto de Luton, que empezó a cobrar un sentido a la luz de los acontecimientos. Decidí acudir.
Ayer estuve por primera vez en una de esas reuniones. Se compartieron las últimas noticias acerca de las familias más necesitadas (entre ellas, la del encarcelamiento de la madre de Jesús, el niño del que he hablado antes), se hicieron planes para el la distribución de las tareas (yo ayudaré en los repartos de comida porque no estoy disponible en los días en que sacan a los niños a jugar) y nos recogimos en un rato de oración en común, dirigido por uno de mis amigos. En el transcurso de éste, el que quería compartir sus sentimientos e ideas, tomaba la palabra. Yo participé refiriendo el episodio del aeropuerto. Cuál sería mi sorpresa cuando la mujer que llevaba el proyecto me mostró unos documentos escritos al comienzo de su andadura, en los cuales figuraba exactamente el mismo versículo que yo había leído en la Biblia aquel día. Me contó que a ellos también les había inspirado este texto, y que se había emocionado al oír mi relato, dada la coincidencia. He de confesar que yo misma me quedé asombrada y que me di cuenta de que el Señor realmente me había encomendado una tarea en este ámbito. Si he de ser sincera, no es algo que yo vaya a hacer por placer, ni tan siquiera por una satisfacción personal, sino porque veo que Dios lo quiere. Ando muy justa de tiempo y muchas veces el cumplir con mi misión me resultará, cuanto menos, inoportuno. También soy consciente de que moverme en ciertos ambientes y barrios puede resultar peligroso, pero, por otro lado, siento que el Amado me dará fuerzas y que, a fin de cuentas, si Él se entregó por nosotros hasta morir y no pensó en su propia seguridad, no voy a ser yo la que eluda ciertos riesgos, si estos provienen de sus mandatos.
Por la noche, en el rezo de Vísperas encontré un fragmento del Salmo 71, que decía así: "Él librará al pobre que clamaba, al afligido que no tenía protector; él se apiadará del pobre y del indigente, y salvará la vida de los pobres; él rescatará sus vidas de la violencia, su sangre será preciosa a sus ojos.". Me pareció que esto era, una vez más, la manera que tenía mi Señor de confirmarme su voluntad. Pues bien: trabajaré para ayudar a esos niños de familias pobres y desarraigadas, para "rescatar sus vidas de la violencia". Mi Amado ha sido misericordioso conmigo y ha tenido el bello gesto de mostrarme con delicadeza aquello que desea que haga. Ahora sólo le pido que me ayude con su Espíritu para poder llevar a cabo mi tarea y conseguir reconfortar con su Amor a esas almas necesitadas, instilando en ellas el delicioso néctar de su Palabra y su divino abrazo, que nos acoge a todos por igual, sin hacer distinciones que son propias de los humanos.
Gracias, Rey mío, por haberme permitido dar un paso más en la renuncia a mí misma y en el abandono en Ti, porque sé que eso me acerca un poco más a la unión contigo, que tanto ansío. Dame fuerzas para que las dificultades no se conviertan en obstáculos insalvables y para que pueda ser transparente a Ti sirviéndote de instrumento. Sabes que sólo deseo hacer tu Voluntad, que es mi delicia. Te amo con todas mis fuerzas, Jesús mío.




