Una cuestión de amor

La experiencia de una joven enamorada de Cristo.

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Nombre: María de Betania
Lugar: Salamanca, Castilla y León, Spain

4.11.05

Resplandores en el atardecer


Ayer estuve en casa de los amigos que llevan el proyecto de los niños. Como era todavía demasiado pronto cuando llegué, estuve esperando en el coche a que se hiciera la hora de subir. Llovía, y el sol se esfumaba en el aire translúcido de la tarde, creando una atmósfera mágica, irreal, bañada en soledad y mecida por los salmos del rezo de Vísperas. Por casualidad tenía la cámara fotográfica en mi bolsa, así que pude arañarle a lo efímero ese atardecer silencioso que estaba viviendo junto a la orilla del Tormes. La presencia del Señor se hace tan clara en esos instantes sublimes de contemplación de la naturaleza...

Una vez en la casa, reunidos ya los amigos, hicimos nuestra oración. La mujer que la dirigía leyó el Salmo 22 ("El Señor es mi Pastor, nada me falta"), precioso canto de confianza y reposo en nuestro Dios. ¿Cuántas veces, perdidos en nuestra autosuficiencia, desconfiamos de la mano segura de nuestro Amado? Desesperanza, abatimiento, rebelión, amargura: son todos ellos términos que aparecen en nuestro horizonte cuando ignoramos la grandeza del amor del Señor, que nos cuida como a polluelos bajo su ala.

Por la noche tuvimos nuestra misa de 9, seguida de el rato con el grupo de oración teresiana. Al final de ésta, fuimos repartiendo con velitas de té a los demás hermanos la luz que procedía de un velón, situado frente al Sagrario de la capilla. La llama que tomábamos simbolizaba a Cristo, cuya luz teníamos que hacer llegar a todos los hombres. Con nuestras lamparitas en las manos, contemplando el ondear trémulo del fuego en la mecha, reflexionamos sobre aquellas cosas que no nos dejaban transmitir esa luz del Señor. En silencio, nos arrodillábamos junto al velón, depositábamos nuestra lucecilla a su lado, y compartíamos en voz alta nuestras miserias. En mi caso, son la soberbia, la vanidad y la impaciencia las causantes de que muchas veces esa vela se apague a mis ojos y a los de los demás. Al ver cómo íbamos uno por uno sacando los defectos que percibimos en nuestro interior (¡de cuántos no sospecharemos tan siquiera su existencia!), me di cuenta de que todos somos seres extremadamente frágiles, además de muy parecidos en nuestra debilidad. Sólo confiando en el Señor, reclinando nuestra voluntad en su regazo (como dice Unamuno en su poema, que rezamos como himno de la Hora Intermedia), podemos seguir adelante en nuestro caminar.

Esta mañana he ido a visitar al Santísimo Sacramento expuesto. Semejantes ocasiones son siempre momentos de inmenso gozo. Se me llena el corazón de amor por Él, porque sé que me mira, sé que me quiere, sé que está pendiente de mí y me protege. No le importan mis fallos, mi torpeza, mi falta de sensibilidad: me acepta como soy y me llama amorosamente a su lado. Me pasaría horas contemplándolo embelesada, como hacen las monjas que lo adoran día y noche, ocultas bajo un velo de tul blanco que las asemeja a una novia. Ellas son las esposas de nuestro Amado, pero yo creo que no hace falta llevar un hábito así para serlo: toda alma es llamada por Él con toques inefables para ser su esposa. Cuando Cristo aparece en nuestras vidas es imposible no enamorarse de Él, no caer rendidos a sus pies. Amemos a Cristo y sigámosle adonde quiera que nos lleve, en el estado que Él ha pensado para nosotros y a través de la misión que nos encomienda a cada uno.


Esta tarde, el Señor ha continuado pintando en el lienzo de la naturaleza: en medio de un chubasco, ha empezado a salir tras las nubes el sol del crepúsculo y ha dibujado en el cielo el arco iris más grande y perfecto que haya visto yo en mi vida. En el lado opuesto, mirando hacia occidente, ese mismo sol incendiaba el firmamento. Cuando observo la creación que nos ha regalado nuestro Padre celestial, me siento inmensamente rica. No necesito más, lo tengo todo: un paisaje bello, barnizado de los más exquisitos matices cromáticos; el sonido de la lluvia y el susurro del viento, en cuyo lomo flotan escurridizos los cantos esculpidos por los pájaros; el tacto acariciador en mi rostro de la brisa tersa e inmaculada de otoño, revoloteante de hojas secas y de nostalgia... Pero, sobre todo, mi mayor posesión es el Amor de Aquel que lo ha creado todo para dárnoslo a los hombres. ¿Quién me podrá arrebatar nunca semejante tesoro? Ni nadie, ni nada. Podremos perderlo todo en esta vida, pero siempre tendremos ese Amor incondicional del Padre, que nos entregó a su propio Hijo y que nos envía su Espíritu de vida para que inunde de luz y esperanza nuestro caminar.

Me retiro ahora a mi descanso nocturno. Señor: acógeme una noche más en tu seno, protégeme en mis sueños, ampárame bajo tu ala. Y que del día que acaba no guardes en tu recuerdo más que el cántico de alabanza en que exulta mi alma. Olvida mis debilidades y mira sólo mi fe y mi humilde amor por Ti. Dame un corazón puro y guíame por la senda de tus mandatos. Acompáñame en todo momento, que si Tú no estás a mi lado, no veo por dónde discurre el camino. Te quiero, Amado mío.

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