La roca de mi refugio
Estos días han estado llenos de claroscuros. Por un lado, el Señor se me ha hecho presente en numerosos momentos, especialmente en los de oración compartida con los hermanos; por otro, la sensación de impotencia por mi propia debilidad me ha atenazado en no pocas ocasiones. Tentaciones, sequedad en la oración, agitación interior... A veces la existencia se hace difícil, cuesta arriba, llena de amarguras y humillación, que no vienen del exterior, sino de una misma, de su mísera fe y su falta de fortaleza. Es en esos momentos cuando mi alma recita a modo de jaculatoria un versículo del Salmo 30: "sé la roca de mi refugio, un baluarte donde me salve". Musito también un fragmento de la Segunda Carta de Pablo a los Corintios, donde se dice: "gustosamente haré más bien alarde de mis debilidades, para que permanezca sobre mí el poder de Cristo". ¡Cuántas veces intento ser la "supermujer"! Pretendo ser brillante en mi trabajo, llevar las tareas domésticas de una casa enorme con diligencia, mantenerme en buena forma física, entregarme en mi vida religiosa al máximo, ir por el mundo manteniendo una actitud de alegría que disimule mis tribulaciones interiores... Pero, ¡qué diferente es la realidad de todo esto! El trabajo queda muchas veces abandonado por hartazgo, por no saber por dónde empezar a realizar las tareas atrasadas que se van acumulando en mi programación, por cansancio; el polvo se va depositando en los estantes de mi casa y aún me quedan muebles en sus cajas esperando que algún día me disponga a montarlos; hago mi gimnasia diaria deseando que finalice el tiempo estipulado cuanto antes; me encuentro muchas veces con tal agitación interior, que mi oración sale desgajada y empobrecida, haciendo que me avergüence ante el Señor de presentarle tan pobre obsequio; a pesar de mi aparente sonrisa, a la legua me notan todos la tirantez de mi "muelle interior", a punto de saltar con tan solo el más leve roce. La soledad me atenaza, aunque intente ignorarla, pero está ahí, como pedestal de un inmisericorde reloj biológico que parece mover sus manecillas cada vez con mayor premura.
En medio de este campo de batalla, que eso es lo que representa para mí el discurrir de estos días, surgen de vez en cuando luces intermitentes que van guiando mis pasitos temblorosos por el camino. Esas luminarias que me sonríen en la oscuridad de la senda son los amigos que me ha regalado el Señor, con los que comparto ilusiones, desesperanzas, tropiezos y, sobre todo, la experiencia del Amor incondicional de Dios, aun en los momentos de prueba. Hemos pasado muchas horas juntos en los últimos días, varias de ellas empleadas en unirnos orando: en casa del matrimonio que dirige la ayuda a los niños; en el grupo de oración teresiana; en el rezo de Vísperas, lleno de tropiezos, que hicimos ante el Sagrario de la capilla de los carmelitas; en un Rosario recitado frente a una clínica abortista, pidiendo la protección de Jesús y de su Madre para todos los no nacidos, así como el cese de tamaño genocidio "políticamente correcto"; en una oración espontánea en mi recién estrenado "oratorio doméstico", a la luz de las velas, frente a una imagen del Cristo de la Divina Misericordia y a otra de la Virgen, con esencias de lilas flotando por el ambiente y nuestros corazones unidos en nuestro Señor en medio de la penumbra. "Donde están dos o más reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos", dijo nuestro Amado. Ayer, en esa oración no planificada, estando los cuatro amigos sentados en el suelo junto al humilde altarcillo, pude sentir con claridad esa presencia de nuestro Rey. Aunque no lo viéramos, estaba allí, regalándonos su paz y su amor, dándonos su ánimo y sus fuerzas para seguir en el camino. ¡El Señor se manifiesta tantas veces a través del corazón transparente de esos hermanitos! La bondad, dulzura y limpieza de sus almas me sirven de ejemplo para seguir caminando en pos de esa luz que intuyo más que veo. Nuestro Amado nos va haciendo cruzarnos en nuestras vidas con personas que nos sirven de apoyo, de estímulo y, sobre todo, de transmisores de su inefable Amor. Son instrumentos del Señor, que con toda seguridad ignoran hasta qué punto su docilidad hace posible el milagro diario de la presencia del Reino de Dios en el mundo. Llegará el momento de la separación, ya que nuestros caminos tendrán que discurrir por regiones distintas, según nos lo marca el Señor, pero nuestros corazones siempre estarán unidos porque los entrelaza aquello que nunca puede disolverse: el Amor de Cristo.
En medio de este campo de batalla, que eso es lo que representa para mí el discurrir de estos días, surgen de vez en cuando luces intermitentes que van guiando mis pasitos temblorosos por el camino. Esas luminarias que me sonríen en la oscuridad de la senda son los amigos que me ha regalado el Señor, con los que comparto ilusiones, desesperanzas, tropiezos y, sobre todo, la experiencia del Amor incondicional de Dios, aun en los momentos de prueba. Hemos pasado muchas horas juntos en los últimos días, varias de ellas empleadas en unirnos orando: en casa del matrimonio que dirige la ayuda a los niños; en el grupo de oración teresiana; en el rezo de Vísperas, lleno de tropiezos, que hicimos ante el Sagrario de la capilla de los carmelitas; en un Rosario recitado frente a una clínica abortista, pidiendo la protección de Jesús y de su Madre para todos los no nacidos, así como el cese de tamaño genocidio "políticamente correcto"; en una oración espontánea en mi recién estrenado "oratorio doméstico", a la luz de las velas, frente a una imagen del Cristo de la Divina Misericordia y a otra de la Virgen, con esencias de lilas flotando por el ambiente y nuestros corazones unidos en nuestro Señor en medio de la penumbra. "Donde están dos o más reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos", dijo nuestro Amado. Ayer, en esa oración no planificada, estando los cuatro amigos sentados en el suelo junto al humilde altarcillo, pude sentir con claridad esa presencia de nuestro Rey. Aunque no lo viéramos, estaba allí, regalándonos su paz y su amor, dándonos su ánimo y sus fuerzas para seguir en el camino. ¡El Señor se manifiesta tantas veces a través del corazón transparente de esos hermanitos! La bondad, dulzura y limpieza de sus almas me sirven de ejemplo para seguir caminando en pos de esa luz que intuyo más que veo. Nuestro Amado nos va haciendo cruzarnos en nuestras vidas con personas que nos sirven de apoyo, de estímulo y, sobre todo, de transmisores de su inefable Amor. Son instrumentos del Señor, que con toda seguridad ignoran hasta qué punto su docilidad hace posible el milagro diario de la presencia del Reino de Dios en el mundo. Llegará el momento de la separación, ya que nuestros caminos tendrán que discurrir por regiones distintas, según nos lo marca el Señor, pero nuestros corazones siempre estarán unidos porque los entrelaza aquello que nunca puede disolverse: el Amor de Cristo.




