En la noche
Los últimos días me han dejado la certeza de que el Señor me ha metido en su Noche. Me está despojando de absolutamente todo a lo que me podía agarrar. Me aferro a la intuición de su Presencia, porque no acabo de verlo junto a mí, aunque sé que está. Me prueba constantemente y le respondo con un quejido de garganta amarga: "Señor, no te pienso dejar, no te pienso traicionar; seguiré a tu lado por siempre, pero, por lo que más quieras, dame fuerzas porque no puedo más".
¿Qué podría hacer sino abandonarme en sus brazos, reclinar la cabeza sobre su pecho (como hizo el discípulo amado) y acurrucarme en su regazo? Sus caminos no son nuestros caminos, y si Él quiere llevarnos por sus sendas oscuras, nos dejaremos introducir en ellas aferrándonos a la mano que nos guía en la niebla.
No necesito buscar mortificaciones externas: simplemente le ofrezco un corazón hecho añicos; pobre ofrenda es ésa, pero es lo más auténtico que poseo. Lo pongo ante Él todos los días en la misa y, cuando voy a comulgar, me parece que no sólo lo estoy recibiendo a Él, sino que yo también me dejo a mí misma y a mi dolor en el altar en una secreta alianza sellada con su sangre y mis sufrimientos. Hace unas semanas, me preguntaba cómo podía entregarme totalmente a Él desde mi posición en el mundo, y ahora tengo la respuesta. No me es necesario refugiarme entre los muros de un convento ni vestir un hábito: su misericordia son mis muros y mi hábito es un corazón quebrantado.
De un tiempo a esta parte mi alma vive una extraña disciplina de rechazo a todo lo que no es de Él, aunque se trate de cosas lícitas. Es como un recogerme en el centro de mi ser, que exige el total desprendimiento de todo lo accesorio. Suena fácil, pero no lo es, porque me siento despojada, desnuda y expuesta, además de terriblemente pequeña en mi nada. Ansío el día en que Él llene este vacío de mi alma, en que me colme y no se me esconda. ¡Qué pequeñas son las cosas en comparación con Dios! No me desprendo de ellas voluntariamente, sino que su soplo las barre a todas de mi horizonte. Me encuentro sola frente a Él en medio de la oscuridad porque ya no hay nada más a mi alrededor.
He de finalizar esta entrada porque se me llega la hora de la Eucaristía, de recibir su Cuerpo, único alimento que necesita mi alma. Bendito sea el instante en que vienes a mí, Amado mío, para cubrirme con tu abrazo y enjugar mis turbias lágrimas. Bendito sea el altar en que te me das y yo te correspondo en descarnado, aunque desigual, intercambio de dolor y pasión. Bendito el sacerdote que te trae con la Consagración a nuestra presencia y nos reparte el Pan de Vida. Benditos los hermanos con los que me uno para celebrar la consumación de ese acto de Amor que renovamos a diario en las misas, que, como velitas encendidas, iluminan con tu misericordia toda la Tierra. Y bendito seas Tú siempre sobre todas las cosas, Amor mío. No permitas que te abandone jamás.
¿Qué podría hacer sino abandonarme en sus brazos, reclinar la cabeza sobre su pecho (como hizo el discípulo amado) y acurrucarme en su regazo? Sus caminos no son nuestros caminos, y si Él quiere llevarnos por sus sendas oscuras, nos dejaremos introducir en ellas aferrándonos a la mano que nos guía en la niebla.
No necesito buscar mortificaciones externas: simplemente le ofrezco un corazón hecho añicos; pobre ofrenda es ésa, pero es lo más auténtico que poseo. Lo pongo ante Él todos los días en la misa y, cuando voy a comulgar, me parece que no sólo lo estoy recibiendo a Él, sino que yo también me dejo a mí misma y a mi dolor en el altar en una secreta alianza sellada con su sangre y mis sufrimientos. Hace unas semanas, me preguntaba cómo podía entregarme totalmente a Él desde mi posición en el mundo, y ahora tengo la respuesta. No me es necesario refugiarme entre los muros de un convento ni vestir un hábito: su misericordia son mis muros y mi hábito es un corazón quebrantado.
De un tiempo a esta parte mi alma vive una extraña disciplina de rechazo a todo lo que no es de Él, aunque se trate de cosas lícitas. Es como un recogerme en el centro de mi ser, que exige el total desprendimiento de todo lo accesorio. Suena fácil, pero no lo es, porque me siento despojada, desnuda y expuesta, además de terriblemente pequeña en mi nada. Ansío el día en que Él llene este vacío de mi alma, en que me colme y no se me esconda. ¡Qué pequeñas son las cosas en comparación con Dios! No me desprendo de ellas voluntariamente, sino que su soplo las barre a todas de mi horizonte. Me encuentro sola frente a Él en medio de la oscuridad porque ya no hay nada más a mi alrededor.
He de finalizar esta entrada porque se me llega la hora de la Eucaristía, de recibir su Cuerpo, único alimento que necesita mi alma. Bendito sea el instante en que vienes a mí, Amado mío, para cubrirme con tu abrazo y enjugar mis turbias lágrimas. Bendito sea el altar en que te me das y yo te correspondo en descarnado, aunque desigual, intercambio de dolor y pasión. Bendito el sacerdote que te trae con la Consagración a nuestra presencia y nos reparte el Pan de Vida. Benditos los hermanos con los que me uno para celebrar la consumación de ese acto de Amor que renovamos a diario en las misas, que, como velitas encendidas, iluminan con tu misericordia toda la Tierra. Y bendito seas Tú siempre sobre todas las cosas, Amor mío. No permitas que te abandone jamás.




