Una cuestión de amor

La experiencia de una joven enamorada de Cristo.

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Nombre: María de Betania
Lugar: Salamanca, Castilla y León, Spain

25.11.05

El regalo

Ayer el Señor me hizo un regalo que me hizo sentir muy feliz. Fue algo muy simple, pero no por ello menos valioso. Ocurrió estando en misa de 9 en los Carmelitas, en el momento en que se pasaba el cepillo para recoger las ofrendas de los fieles, después del Ofertorio. El fraile que suele encargarse de esa tarea, así como de abrir y cerrar la iglesia, es un hombre entrado en años, callado y bondadoso. He de decir que le he cogido mucho cariño en estos meses que llevo yendo a esa iglesia, sobre todo porque me sonríe cada vez que llega a mi banco con el cestito de mimbre en la mano. El caso es que anoche, al echar yo mi ofrenda en el cepillo, me dijo por lo bajo: "felicidades por Sta. Cecilia". ¡Y eso fue lo que me emocionó! La fiesta de esta santa, patrona de los músicos (recordemos que soy pianista), había sido el 22 de noviembre, esto es, hacía dos días. Eso significaba que el hermano se había estado acordando de felicitarme durante esas dos jornadas, en las que no había ido a esa iglesia, sino a la de mi pueblo, por incompatibilidad de horarios con mi trabajo. Este simple hecho me resultó tan entrañable, que me pareció percibir un guiño del Señor en el aire helado de la noche, haciéndome saber que estaba junto a mí y que me quería, demostrándomelo a través de la frase sencilla y cariñosa del fraile carmelita. Ni que decir tiene que se me hizo un nudo en la garganta y un par de lagrimillas me resbalaron por el rostro. Pensé: "ya ves, Señor, lo fácil que es colmar de alegría a alguien, regalar algo que no se puede comprar con dinero y que nunca nos podrán robar". Casi no pude ni rezar el Padrenuestro en voz alta porque necesitaba respirar hondo para disimular mi emoción. En la oración que nos enseñó Jesús, me conmovieron especialmente las palabras "venga a nosotros tu Reino", porque cada vez estoy más convencida de que ese Reino está fundamentado en el Amor de nuestro queridísimo Dios, ese mismo Amor que se me acababa de manifestar en una breve frasecita que el hermano había pronunciado inocente, sin percatarse de que el Señor lo estaba utilizando de mensajero de su Buena Nueva. Me pregunté si estaba haciendo lo posible por expandir el Reino mediante mi cariño sin reservas a los demás, sin hacer distinciones de ninguna clase, y me di cuenta de lo que tengo aún que trabajar en este sentido y de hasta qué punto he de ser permeable a la Presencia de mi Amado en mi alma, de tal modo que Él me vaya purificando y conformando para que cada vez lo pueda seguir con más entrega y sinceridad.

Señor, ayúdanos para que podamos anunciar tu Reino con nuestro ejemplo, teniendo como única herramienta el Amor que derramas en nuestros corazones y que se desborda generoso para desde allí inundar los de los demás hermanos. Haz que siempre te veamos a Ti en ellos y que te sirvamos sin tan siquiera acordarnos de nosotros mismos y nuestras necesidades. Danos fuerza, Dios mío, para seguir subiendo al Calvario con la mirada fija en tu Cruz y en tu sacrificio supremo. Y que la luz de tu Resurrección ilumine nuestros débiles y torpes pasitos por el camino de la vida.

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