Dios sorprende
Esta tarde he estado haciendo de monitora por primera vez en el proyecto de los niños. Ha sido una experiencia muy intensa: he pasado por las emociones más variadas e inesperadas en el tiempo que ha durado. Al principio, mientras trataba de ubicarme en ese maremagnum de voces y risotadas infantiles, he de confesar que me sentía muy asustada, sin saber cómo enfrentarme a una tarea que jamás había ni soñado que pudiera realizar. Me asaltaban las dudas acerca de si conseguiría atraer la atención de alguno de los pequeños o, por el contrario, los aburriría. La rebeldía de una niña, al no querer bajarse del columpio para ir a la casita, me hizo sentirme muy vulnerable al verme yo incapaz de imponerme a ella. Una vez en la casa, en la capilla, intenté trabar conversación con las mayores. Les expliqué el sentido de un salmo (el primero de Vísperas de hoy), pero me equivoqué de medio a medio en mi manera de hacerlo, ya que les hablé como podía haberlo hecho a mis alumnos, cuando estas chicas tienen un nivel de desarrollo intelectual infinitamente más bajo y están muy afectadas en el aspecto emocional. Craso error de inexperta, supongo. Me es tan difícil "simplificarme"... Quiero decir que me cuesta hablar de una manera sencilla, comprensible por cualquiera, porque creo que, en el fondo, tapo mi inseguridad precisamente con esa verborrea pretenciosa de "catedrática". Volviendo a lo que hicimos en la capilla, al ir organizando otra monitora los papeles para la escenificación que vamos a hacer dentro de unos días durante la Misa de fin de trimestre, pude observar a las tres chicas con detalle y así me fui percatando mejor de cuál era su situación real: sus reacciones, expresiones y comentarios me mostraron la enorme inmadurez que las caracterizaba. Fue un descubrimiento doloroso para mí, sobre todo porque pensaba en cuál sería el futuro que les aguardaba a los demás niños: probablemente, y quiera el Señor que me equivoque, vivir una existencia desgajada como la de estas tres muchachas. En mi interior soy toda rebeldía ante tal pensamiento, y me pregunto qué podría hacer para ayudarles a salir del hoyo. En realidad, me he pasado toda la tarde dándole vueltas a esa cuestión, sin acabar de encontrar una respuesta, hasta que he recordado, ya en casa, el roce de un beso cálido y lleno de ilusión de una niña, expresión callada y efusiva de su agradecimiento por la nada que le he ofrecido hoy: una conversación mientras nos columpiábamos y una observación acerca de una falta de ortografía. Tengo continuamente frente a mí, en mis pensamientos, los ojos asombrados de esa niña inocente, acogiendo en su interior las migajas despistadas de mis intenciones altruistas, y me doy cuenta de que no he sido yo la que le ha dado algo, sino más bien la que ha recibido de esa criaturita de mirada triste un inmenso regalo y una bellísima lección de vida. Amor, comprensión y acogida, regados con una pizquita de ayuda escolar, van a ser mis herramientas de trabajo. Me pongo en las manos del Señor para que me inspire y me dirija según su Voluntad.
Esta noche sueño con un imposible: el de poder dedicarme por entero a esos niños, sin otras pretensiones en la vida. Pero las circunstancias de mi existencia no permiten que eso se haga realidad: hay que trabajar a cambio de un sueldo que me permita pagar la hipoteca de la casa y las innumerables facturas que llegan a oleadas a principios de mes. Me gustaría ser capaz de abandonarme en brazos del Señor y seguir aquel pasaje del Evangelio en que se habla de los pájaros del cielo y los lirios del campo, pero me temo que el banco no comprendería el sentido de dicha enseñanza cuando me quedara en números rojos. ¿Me falta fe? Puede ser... O tal vez sea que tengo borrachera de idealismo. No lo sé, pero sigo soñando con un lugar en el que puedan convivir hombres y mujeres, familias enteras, que vivan entregados a la voluntad del Padre del Cielo, siguiendo el ejemplo de nuestro amado Cristo: una comunidad en la que todos vivan para Él y para los hermanos, sin preocupaciones por el lujo, los placeres mundanos o el cómo aparentar tener más que los demás.
Después de dejar a tres de los niños en sus casas, me acerqué con mis dos amigos por el convento de los carmelitas, ya que teníamos que devolverles un par de bandejas que nos habían dejado para llevar las meriendas de los pequeños. Uno de los frailes salió a abrirnos y nos invitó a pasar, pero rehusamos hacerlo, supongo que porque era un poco tarde y nos daba apuro. Sonrío para mis adentros cuando recuerdo la conversación con ese padre en la puerta del patio porque estaba claro que, en el fondo, los tres teníamos unas ganas locas de pasar al convento, pero no sé por qué ninguno de nosotros quería tomar la iniciativa. Al final tuvo que asomarse otro fraile que, con su habitual capacidad persuasiva, nos ofreció que nos uniéramos a la comunidad en el rezo de Vísperas. Una vez dentro, me pareció una delicia compartir ese momento con los que ya son nuestros amigos, además de hermanos de orden. Los breves minutillos de oración en silencio que siguieron a la Hora constituyeron un raro privilegio para mí: orar en la capilla de los frailes, dentro de la clausura, es algo excepcional para una mujer. Tal gesto de apertura, junto a la experiencia del día anterior, que describiré en una próxima entrada, me hace ser aún más consciente de la fraternidad que se ha creado entre todos nosotros, la cual valoro enormemente.
Ya en casa, reflexiono sobre los acontecimientos de hoy y no puedo por menos que pensar que hubiera tomado por loco a cualquiera que me hubiera dicho hace un año que un tres de diciembre de 2005 iba a estar haciendo todas las cosas que he narrado. Verdaderamente, Dios nos sorprende cada día, pero es que se ve que conmigo se ha propuesto elevar la sorpresa a la enésima potencia. Mi vida está tomando rumbos insospechados, y soy consciente de que no soy yo la que lleva el timón, sino Él. Cuando nos abrimos a Cristo, Él entra para quedarse, y de qué manera...
Mi alma navega entre sentimientos bellos, repletos de la presencia del Señor, que nos va guiando por las profundidades de la existencia llevándonos de la mano. Tengo pasión por Él, compartida con los amigos que el Altísimo me ha enviado como una bendición inmensa. Gracias, Amado mío, por haberlos puesto en mi camino. Te ruego que los protejas todos los días de su vida y que les des fuerzas para perseverar en la tarea que les has encomendado a cada uno de ellos. Y que siempre permanezcamos unidos en tu Amor y en tu alabanza.
Esta noche sueño con un imposible: el de poder dedicarme por entero a esos niños, sin otras pretensiones en la vida. Pero las circunstancias de mi existencia no permiten que eso se haga realidad: hay que trabajar a cambio de un sueldo que me permita pagar la hipoteca de la casa y las innumerables facturas que llegan a oleadas a principios de mes. Me gustaría ser capaz de abandonarme en brazos del Señor y seguir aquel pasaje del Evangelio en que se habla de los pájaros del cielo y los lirios del campo, pero me temo que el banco no comprendería el sentido de dicha enseñanza cuando me quedara en números rojos. ¿Me falta fe? Puede ser... O tal vez sea que tengo borrachera de idealismo. No lo sé, pero sigo soñando con un lugar en el que puedan convivir hombres y mujeres, familias enteras, que vivan entregados a la voluntad del Padre del Cielo, siguiendo el ejemplo de nuestro amado Cristo: una comunidad en la que todos vivan para Él y para los hermanos, sin preocupaciones por el lujo, los placeres mundanos o el cómo aparentar tener más que los demás.
Después de dejar a tres de los niños en sus casas, me acerqué con mis dos amigos por el convento de los carmelitas, ya que teníamos que devolverles un par de bandejas que nos habían dejado para llevar las meriendas de los pequeños. Uno de los frailes salió a abrirnos y nos invitó a pasar, pero rehusamos hacerlo, supongo que porque era un poco tarde y nos daba apuro. Sonrío para mis adentros cuando recuerdo la conversación con ese padre en la puerta del patio porque estaba claro que, en el fondo, los tres teníamos unas ganas locas de pasar al convento, pero no sé por qué ninguno de nosotros quería tomar la iniciativa. Al final tuvo que asomarse otro fraile que, con su habitual capacidad persuasiva, nos ofreció que nos uniéramos a la comunidad en el rezo de Vísperas. Una vez dentro, me pareció una delicia compartir ese momento con los que ya son nuestros amigos, además de hermanos de orden. Los breves minutillos de oración en silencio que siguieron a la Hora constituyeron un raro privilegio para mí: orar en la capilla de los frailes, dentro de la clausura, es algo excepcional para una mujer. Tal gesto de apertura, junto a la experiencia del día anterior, que describiré en una próxima entrada, me hace ser aún más consciente de la fraternidad que se ha creado entre todos nosotros, la cual valoro enormemente.
Ya en casa, reflexiono sobre los acontecimientos de hoy y no puedo por menos que pensar que hubiera tomado por loco a cualquiera que me hubiera dicho hace un año que un tres de diciembre de 2005 iba a estar haciendo todas las cosas que he narrado. Verdaderamente, Dios nos sorprende cada día, pero es que se ve que conmigo se ha propuesto elevar la sorpresa a la enésima potencia. Mi vida está tomando rumbos insospechados, y soy consciente de que no soy yo la que lleva el timón, sino Él. Cuando nos abrimos a Cristo, Él entra para quedarse, y de qué manera...
Mi alma navega entre sentimientos bellos, repletos de la presencia del Señor, que nos va guiando por las profundidades de la existencia llevándonos de la mano. Tengo pasión por Él, compartida con los amigos que el Altísimo me ha enviado como una bendición inmensa. Gracias, Amado mío, por haberlos puesto en mi camino. Te ruego que los protejas todos los días de su vida y que les des fuerzas para perseverar en la tarea que les has encomendado a cada uno de ellos. Y que siempre permanezcamos unidos en tu Amor y en tu alabanza.




