Una cuestión de amor

La experiencia de una joven enamorada de Cristo.

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Nombre: María de Betania
Lugar: Salamanca, Castilla y León, Spain

13.12.05

Fríos y heladas, bendecid al Señor

El domingo pasado estuve en la ermita del Cristo de Cabrera. Había ido allí con mis dos amigos porque se celebraba la fiesta de Santa Maravillas de Jesús, carmelita descalza que había fundado en 1950 el monasterio adyacente. El día era claro y un viento helador barría los pastizales salpicados de robles que se extendían ante nosotros. Hicimos un rato de oración ante el Santísimo en la gélida iglesia, tratando de contrarrestar el frío reinante con el calor que emanaba de nuestros corazones. Adoro esos momentos de recogimiento ante el que es el Amor de mi vida, acampado entre nosotros en la humilde tiendecilla del Sagrario. Siento que nuestras soledades se unen en la oración, que muchas veces no es sino un arrullo que susurra solamente para Él en el fondo de mi alma. Hoy en día, la mayor parte de las iglesias permanecen cerradas por miedo al vandalismo, y eso me hace desear aún con más ahínco esos ratos en que le llevo al Santísimo la compañía de mi corazón maltrecho. En realidad, no sé quién se siente más acompañado, si Él o yo. En la aridez de este mundo hemos de recorrer nuestro camino solos, sin apoyos humanos (que acaban fallando tarde o temprano). Mi única compañía es mi Señor, "mi roca y mi baluarte" (Salmo 30), y es en el Sagrario donde lo encuentro con más facilidad. ¡De cuántas alegrías, penas, efusiones de amor y gritos callados de desgarro ha sido testigo el Santísimo! Sentada frente a Él, mi alma quiere desnudarse y permanecer abierta al Espíritu, libre de afectos desordenados, afán de posesión y cautelas. Se me hace difícil, no obstante, puesto que aún soy un cúmulo de defectos y no consigo aguantar aun los más pequeños y simples sacrificios por Cristo sin que me tiemble la mano. Ayúdame, Señor, que soy débil y no puedo nada por mí misma.

Oímos misa en la ermita. Vimos cómo las monjas, encerradas en la más estricta clausura, abrían el ventanuco del comulgatorio y colocaban una vela encendida en él. El sacerdote les dio el Cuerpo de Cristo una a una. Sólo sus sombras traspasaban el umbral de visión de esa abertura en la pared. Un velo negro cubría la reja que estaba al lado, de manera que ni tan siquiera nuestros ojos podían penetrar la estancia desde la cual la comunidad oía misa. Me impresionó la rigidez de las costumbres. He oído que las fundaciones de Santa Maravillas de Jesús son especialmente austeras, y puedo dar fe de ello. Sin duda, el enorme sacrificio que estas hermanas hacen al permanecer encerradas aquí de por vida, con el único objetivo de estar en oración continua y amorosa con el Señor, hará que la gracia se derrame en sus corazones y en el mundo entero. Pedí por ellas en la comunión, puesto que sólo con una fuerza sobrenatural es posible llevar este género de vida.

Tras la celebración, montamos en mi coche y nos dispusimos a surcar los caminos que discurrían entre campos cubiertos de hielo, sin saber muy bien adónde nos dirigíamos. Nos dejábamos llevar por el Espíritu. Así dimos con un pueblecillo en la Sierra de las Quilamas, llamado Linares de Riofrío. Encontramos una ermita en las afueras que tenía un minúsculo merendero consistente en una mesa y asientos de piedra. La explanada recibía el tímido calorcillo del sol de diciembre, resultando sumamente agradable, así que decidimos extender una manta sobre uno de los banquitos y quedarnos allí a comer, mientras observábamos la naturaleza, obra de nuestro Creador e inmenso regalo para la humanidad. Aves rapaces describían pausadamente círculos en el cielo, observando desde las alturas el pastar de las vacas o el corretear de un borriquillo. En lontananza se erigía un calvario con tres cruces blancas. Eso me hizo recordar el inmenso Amor que Cristo nos demostró en su entrega, y me apené al comprobar que yo no era capaz de corresponderle aceptando con serenidad la pequeña cruz que me ha dado.

Uno de mis amigos conocía un camino que se adentraba en el bosque. Decidimos tomarlo y pasear por él. Éste era, en realidad, una pista forestal que discurría entre árboles caducifolios. Estaba en bastante mal estado para los neumáticos del coche, así que aparcamos donde pudimos y seguimos a pie. Subíamos la ladera entre sombras y hielo, con el suelo alfombrado por las hojas caídas de los robles. El acebo se erguía orgulloso esperando su protagonismo navideño y el musgo correteaba juguetón entre los vericuetos de las rocas. Al doblar un recodo del camino, los acariciadores rayos del sol poniente nos recibieron en sus brazos relumbrantes. ¡Qué hermoso despliegue de luces y sombras se ofrecía ante nuestros ojos! Pensamos en el cántico de Daniel, que se reza en los Laudes del Domingo I del Salterio: "fuego y calor, bendecid al Señor; fríos y heladas, bendecid al Señor; rocíos y nevadas, bendecid al Señor; témpanos y hielos, bendecid al Señor". Recordábamos a San Francisco de Asís, que en todas las criaturas veía a sus hermanos en Dios. La naturaleza entonaba su incesante cántico de alabanza al Creador de todo, a Aquel que vio que todo lo que había hecho era bueno. No pude por menos que imaginarme a nuestro Padre Eterno contemplando con ojos de asombro la obra que su Amor infinito le había llevado a realizar, regocijándose en ella, para después moldear con sus propias manos al hombre, al que colocó como su centro, colmándolo de toda clase de bienes. Qué poco recordamos la inmensa generosidad de nuestro Dios, que tanto nos ha dado. Cuán frecuentemente le fallamos en nuestra torpeza, a pesar de que no sólo tenemos ante nosotros el regalo de la creación para recordar su generosidad, sino también el hecho de habernos entregado a su Hijo para que diera su vida por nuestra salvación.

Seguiremos caminando por las luces y las sombras de nuestras vidas, iluminados por el "sol que nace de lo alto" (Cántico de Zacarías), buscando al Amor de nuestras almas y corriendo en pos de Él, con ánimo exultante en la alegría y suplicando que nos tienda su mano en la tribulación. Señor, ayúdanos a levantarnos tras nuestras caídas. Limpia nuestras lágrimas, que no nos dejan ver dónde estás. Envuélvenos en tu abrazo misericordioso y protector cuando nos sentimos desnudos y abandonados en la miseria de nuestra existencia.

"Que el Señor cambie nuestra suerte, como los torrentes del Negueb. Los que sembraban con lágrimas cosechan entre cantares" (Salmo 125).

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