La prueba
El Señor sigue llevándome por cañadas oscuras. Se ve que tiene que seguir probándome, agitando la débil barquilla que soy en el estanque de la vida, bamboleándola con su soplo divino. "Domine, salva nos, perimus" ("Señor, sálvanos, que perecemos"), clamo llena de pavor junto a Pedro.
Mi llanto es sólo interno. No hay lágrimas, mis ojos están secos, pero mi corazón solloza en el silencio de la noche, en esa terrible oscuridad que me atenaza, emitiendo un rumor sordo de desgarro y de heridas abiertas.
Rezo para que el Señor me dé fuerzas para superar mi dolor. Me refugio en Él, como siempre, y vierto mis lágrimas sobre sus pies, como hizo la Magdalena. Estoy agotada emocionalmente. Dios es lo único que tengo en la vida. Sólo Él es inmutable. Todo lo demás se desvanece y no quedan más que fantasmas y cenizas. Tendré paciencia en la prueba, perseverancia en su Amor... Me aferraré a su mano como haría un niño asustado agarrando la de su padre.
Dar es mejor que recibir: la entrega a Dios de todo lo que tenemos nos vacía interiormente, y Él se apresura a llenar ese hueco con su Esencia. Así es como nos colma de felicidad y paz con sus ardientes toques amorosos. Por eso, cuanto más vaciamiento hay en nosotros, más nos inunda Él y más plenos nos sentimos. Es la alegría en el dolor, en el darse al Amado y a los demás en Él; es la confianza del que se desprende de su nada para ser colmado por ese inmenso y majestuoso Todo que es el Altísimo.
Amo al Señor con locura y tan sólo puedo postrarme ante Él y ante la grandeza de sus designios, que tantas veces, inconsciente de mí, trato de encerrar en las angostas paredes de mi lógica. Su pensamiento escapa tan leve como un suspiro de la cárcel de mi razón humana. ¿Cómo podríamos siquiera soñar con atrapar un atisbo de su sabiduría o con adueñarnos de la inmensidad de sus mandatos? Tan sólo podemos reclinar confiados nuestra cabeza en su pecho y amarlo hasta el fin de nuestros días, hasta que llegue el momento en que nos atraiga amoroso hacia sí y, con la ternura de una caricia comprensiva, nos eleve de nuestra pequeñez y nos haga semejantes a Él.
"Aunque camine por oscuras cañadas, nada temo, porque Tú vas conmigo" (Salmo 22).
Mi llanto es sólo interno. No hay lágrimas, mis ojos están secos, pero mi corazón solloza en el silencio de la noche, en esa terrible oscuridad que me atenaza, emitiendo un rumor sordo de desgarro y de heridas abiertas.
Rezo para que el Señor me dé fuerzas para superar mi dolor. Me refugio en Él, como siempre, y vierto mis lágrimas sobre sus pies, como hizo la Magdalena. Estoy agotada emocionalmente. Dios es lo único que tengo en la vida. Sólo Él es inmutable. Todo lo demás se desvanece y no quedan más que fantasmas y cenizas. Tendré paciencia en la prueba, perseverancia en su Amor... Me aferraré a su mano como haría un niño asustado agarrando la de su padre.
Dar es mejor que recibir: la entrega a Dios de todo lo que tenemos nos vacía interiormente, y Él se apresura a llenar ese hueco con su Esencia. Así es como nos colma de felicidad y paz con sus ardientes toques amorosos. Por eso, cuanto más vaciamiento hay en nosotros, más nos inunda Él y más plenos nos sentimos. Es la alegría en el dolor, en el darse al Amado y a los demás en Él; es la confianza del que se desprende de su nada para ser colmado por ese inmenso y majestuoso Todo que es el Altísimo.
Amo al Señor con locura y tan sólo puedo postrarme ante Él y ante la grandeza de sus designios, que tantas veces, inconsciente de mí, trato de encerrar en las angostas paredes de mi lógica. Su pensamiento escapa tan leve como un suspiro de la cárcel de mi razón humana. ¿Cómo podríamos siquiera soñar con atrapar un atisbo de su sabiduría o con adueñarnos de la inmensidad de sus mandatos? Tan sólo podemos reclinar confiados nuestra cabeza en su pecho y amarlo hasta el fin de nuestros días, hasta que llegue el momento en que nos atraiga amoroso hacia sí y, con la ternura de una caricia comprensiva, nos eleve de nuestra pequeñez y nos haga semejantes a Él.
"Aunque camine por oscuras cañadas, nada temo, porque Tú vas conmigo" (Salmo 22).




