Árboles invernales
El de hoy ha sido un día especialmente duro para mí. Me he sentido realmente a la deriva, debatiéndome entre las olas de lo incomprensible, zarandeada por la crudeza de la realidad y vapuleada por los espejismos que se desvanecían en el horizonte tembloroso de mi existencia. Oleadas de llanto me han dejado sin fuerzas incluso para dar mis clases, que he tenido que cancelar, muy a pesar mío. Sólo he podido dar una por la tarde, y haciendo que el alumno viniera a casa porque no me veía con fuerzas para bajar al conservatorio. He estado tocando el Estudio op. 8 nº 12 ("Patético") de Scriabin como una posesa, desahogando todo mi desgarro en sus tresillos obsesivos y en sus armonías desasosegadas, mientras me sumía en sollozos entrecortados y angustiosos. En medio de la tormenta, leía y releía una y otra vez el fragmento del Cantar de los Cantares que se escuché tanto en la vigilia de S. Juan de la Cruz, como ayer en la misa: "Levántate, amada mía, preciosa mía, y ven...". Lo he imprimido en un papel y lo he colocado en el atril del piano. Me agarraba a esas palabras en medio de mi proceloso mar interior; meditaba sobre ellas y las degustaba junto al salado sabor de mis lágrimas.Necesitaba sentir cerca al Señor, presentarle mi sufrimiento y mi alma aguijoneada por mis propios sueños quebrados, así que cogí el coche y me presenté en la guardería en la que habíamos celebrado la fiesta del domingo. En la casa no estaban más que la Superiora y la postulante (son sólo cuatro en la congregación, incluyendo a esta última). Entré en la minúscula capillita, donde está el Santísimo reservado en su diminuto Sagrario, puse un cojín en el suelo para sentarme, apagué las luces y me dispuse a abrirle mi corazón a mi Amado. En el silencio del atardecer invernal mi corazón iba frenando poco a poco su ritmo desbocado y se sumía en un árido reposo, proviniente del agotamiento emocional que sufría. Me apaciguaba, sí, pero mi corazón herido no tenía apenas voz. ¡Cuántos esfuerzos hice para darle a mi Amado algo de calorcito en mi alma! Pero ésta era como yesca húmeda, que no prende y, cuando lo hace, sólo produce humo negro y una llamita escuálida.
Acompañé a las monjas un trecho del camino que tenían que recorrer para ir a su misa vespertina. Cuando me volví para regresar al lugar donde había aparcado mi coche, me detuve a contemplar los árboles de esa calle. Éstos se erguían con ánimos enjutos, agitando al viento sus innumerables ramas, desnudas de invierno y pardas de letargo, que se estremecían con un chirriar fantasmagórico, como si fueran huesos de un esqueleto golpeándose unos contra otros en la impiedad del aire nocturno. ¡Cómo me sentí yo reflejada en esas ásperas copas de los árboles! ¡Cómo se vio mi espíritu asemejado a las secas y heladas ramas! La alegría exultante de otros momentos se había revestido de acre herrumbre y de turbia ansiedad, y mi alma se asomaba temerosa a las tinieblas, presta a correr en pos del Amado que se le escondía. "En mi lecho, por la noche, busqué al amor de mi alma, lo busqué y no lo encontré. Me levanté y recorrí la ciudad, calles y plazas; busqué al amor de mi alma, lo busqué y no lo encontré" (Cantar de los Cantares).
Espero en Ti, Señor. Sé que me tenderás tu mano y que yo, confiada, la tomaré y me dejaré guiar por tus caminos. Sé que mi corazón hallará el consuelo en Ti, Tú que hieres y vendas la herida. Sé que me amas incondicionalmente y que siempre quieres sólo lo mejor para mí, y que eso exige sacrificar todo aquello que pueda hacerme daño y apartarme de Ti, aunque en el momento me duela más que la muerte. Tú eres "el Amor de mi alma, y ya no te soltaré" (Cantar de los Cantares). Te seguiré aunque me hagas transitar por sendas oscuras y regiones inhóspitas, rodeada de alacranes y arrastrándome por el polvo. Te amaré pase lo que pase, Dios mío.
"Mi Amado es para mí, y yo soy para mi Amado" (Cantar de los Cantares).




