Una cuestión de amor

La experiencia de una joven enamorada de Cristo.

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Nombre: María de Betania
Lugar: Salamanca, Castilla y León, Spain

26.12.05

El "bólido" alegre

El pasado viernes, como preludio a la Nochebuena, realizamos nuestro último reparto del año a las familias de los niños del proyecto. Fuimos con mi coche, un viejo automóvil japonés de motor bronquítico y orgullosas abolladuras de senectud. Llenamos el maletero con bolsas y colocamos dos cajas de manzanas en el asiento trasero. A las primeras casas fuimos solamente dos personas: mi amiga (la creadora del proyecto) y yo. A media mañana se nos unió un alumno mío del conservatorio, que se acomodó como pudo en el asiento trasero, haciéndose hueco entre la fruta.

Mi "bólido" navegaba alegre entre el tráfico salmantino. Cargado hasta los topes, el bramido impenitente de su motor cascado parecía asemejarse más a una carcajada que a un quejido. No parecía importarle el ir mostrando las cicatrices de algunos roces sin importancia, recibidos a lo largo de sus quince años y medio de vida, ni el exhibir una patética ronquera al acelerar o una sospechosa oscilación en el sonido de su ralentí. Se sentía feliz, optimista, radiante, más que si le hubieran alisado la chapa y le hubieran dado una nueva mano de pintura. El humo del tubo de escape se le antojaba la cola de la estrella del Portal de Belén, porque al igual que había hecho ella, su rastro también marcaba el camino hacia el Niño recién nacido, que nos esperaba en toda su pobreza en los pesebres de cada una de las casas a las que íbamos. La mirada picaruela de sus faros enmarcaba la sonrisa de oreja a oreja del frontal del radiador y, aunque no lo podíamos ver porque íbamos dentro, estoy segura de que hasta guiñaba un ojo de cuando en cuando.

El anciano vehículo nunca había hecho sino acompañar a sus seres queridos en los avatares de la vida, llevándolos fielmente aquí y allá, rodando veloz por autopistas, carreteras y, a veces, caminos casi impracticables. Se había portado lo mejor que había podido, aun cuando en alguna ocasión hubiera sufrido averías que le herían en su dignidad, al parecerle que eran éstas síntoma de haberle fallado en algo a su dueño. Nunca se había salido del camino señalado, aunque en ocasiones le hubiera parecido éste harto fatigoso. Había caminado entre violentísimas tormentas, vientos amenazadores, nieblas deslumbrantes en su blanca opacidad, heladas inmisericordes y calores implacables. Se le había visto tanto entre campos revestidos de primavera, como en medio del asfalto y el hormigón de la urbe. En su interior aún resonaban ecos de risas y de algún que otro llanto, recuerdos flotantes de los pasajeros que había llevado en su vocación andariega.

Pero el coche tenía un doloroso secreto: sabía que sus andanzas estaban llegando a su fin, que dentro de unos meses pasaría a no ser más que un recuerdo en las mentes de aquellos que lo habían conocido y un amasijo de chatarra en algún depósito olvidado. Era consciente de que se aproximaba el momento en que realizaría el último viaje, surcando al viento los campos castellanos, aspirando el aire de sus pinares e irguiéndose altivo entre los trigales añejos.

Entonces, ¿por qué iba el "bólido" tan contento? Porque por primera vez, tras los casi doscientos mil kilómetros recorridos en estos quince años, estaba haciendo algo que le llevaba a salir de sí mismo: servir a Dios a través de sus hijos más necesitados. Era la alegría de la entrega sin reservas, del dar sin esperar recibir, del vaciarse para que Aquel que nos mira con cariño desde lo alto nos llene con su gracia. Le invadía la inefable felicidad del que se sabe haciendo la voluntad del Altísimo, aun en el invierno de la vida, de tal modo que su paso por este mundo no haya sido un conjunto de eventos fútiles, sino un humilde, aunque hermoso, sacrificio por nuestro Creador.

"Caminaré en presencia del Señor en el país de la vida" (Salmo 114).

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