El Gran Tejedor
Los días en que oigo misa en el pueblo suelo, a la salida, tomarme un café solo en un determinado establecimiento. En una ocasión (no sé muy bien cómo surgió la cosa) comencé a charlar con una de las empleadas de la cafetería. Ésta era una mujer de 44 años, de mirada vidriosa y sonrisa exhausta. Me contó, para mi asombro, que a su marido lo habían asesinado de una puñalada siete años antes, al hacer frente a unos atracadores que pretendían robarle el coche. Ella, que se quedó sola con un hijo adolescente, ha sufrido mucho todo este tiempo y ha estado incluso medicada para hacer frente a la depresión que la ha tenido atenazada hasta hace poco. Parecía que nunca iba a salir de ese frenético tiovivo de pastillas y sesiones de psicoterapia, hasta que por fin se dio cuenta de que tenía que desengancharse de esas ayudas y echar a volar por sí misma, y así ha logrado ir saliendo de su oscuridad.
Como ya he dicho, yo acababa de estar en la casa del Señor y de recibirlo en la Eucaristía y, claro, la alegría que se desbordaba en mi alma pugnaba por salirse de mí y propagarse a otros corazones. Animada por el afán de compartir el Amor de Cristo con un espíritu herido, le pregunté si era religiosa, a lo cual ella contestó que rezaba, pero que no iba a misa, que vivía su relación con Dios "a su manera". Después de escuchar el testimonio de esta mujer, me di cuenta de que había algo que me impulsaba a hablarle del Evangelio, que es lo único que puede darnos la verdadera felicidad. No obstante, en aquel momento sólo pronuncié algunas frases de carácter general, más que nada porque tenía miedo de que ella se sintiera incómoda y experimentara rechazo.
Durante las semanas siguientes me acordé de esta mujer en numerosas ocasiones. Incluso llegué a coger en la iglesia de los Carmelitas una estampa de su Cristo crucificado para llevársela y decirle: "mira, Él también fue la víctima inocente de un crimen, y se entregó por Amor a nosotros. Busca refugio en Él". Pero la verdad es que no veía el momento de hablar con ella de estas cosas. Mi poca fe me impedía confiar en aquel pasaje del Evangelio en el que Jesús dice: "no os preocupéis de cómo o qué vais a hablar. Lo que tengáis que hablar se os comunicará en aquel momento, porque no seréis vosotros los que hablaréis, sino el Espíritu de vuestro Padre el que hablará en vosotros" (Mt 10, 19-20).
Esta mañana he ido al pueblo a hacer la compra. Tenía un ratito libre, así que me he pasado por la cafetería. Iba decidida a hablar. El haber vencido el miedo a hacerlo venía de que recordaba el pasaje del Evangelio que he citado con anterioridad, el cual había sido leído en la misa del pasado lunes (día de San Esteban). Si mi fe se había visto reforzada, no era debido a mi voluntad, sino a que, como decía este verano en sus homilías el obispo Damián Iguacén, "la Palabra es eficaz en sí misma". Es cierto: me voy dando cuenta de que la escucha de las lecturas cada día en Misa, la meditación de pasajes bíblicos y el rezo de las Horas van calando poco a poco en mi alma, ejerciendo notables transformaciones en ella, sin yo pretenderlo ni poner más de mi parte que, simplemente, dejarme hacer por mi Amado.
La mujer estaba limpiando afanosamente los cristales para que el escaparate estuviera impecable el día de fin de año. Me tomé mi café y, después de pagar, me fui a donde estaba ella encaramada a la escalera. La abordé con la excusa de felicitarle el año y, curiosamente, la conversación se desvió como por arte de magia hacia el terreno que yo deseaba. Me armé de valor (o, mejor dicho, del Espíritu Santo) y le tendí la estampa. Le expliqué de qué iglesia procedía. Ella dibujó una sonrisa llena de luz en su rostro y dijo: "anda, pues el otro día, no sé por qué, me acordé de esa iglesia". Parece ser que, cuando era pequeña, acudía con regularidad a confesarse allí. Por lo visto, al recordar esos tiempos, había sentido un impulso a volver a recibir el sacramento de la Reconciliación, que hace veinticinco años que no frecuenta, y se le había ocurrido la posibilidad de hacerlo precisamente allí, en la iglesia de los Carmelitas. "El que tú me hayas traído esta imagen es una señal para mí de que tengo que ir a confesarme en ese sitio", exclamó. Yo estaba asombradísima al ver cómo todas las piezas iban encajando de una manera admirable para que esa mujer hubiera oído la llamada amorosa del Señor. Al salir de la cafetería, lágrimas de emoción asomaban a mis ojos porque había sido testigo, una vez más, de las proezas que hace nuestro Dios. Comprendí el porqué de mi presencia en esa cafetería, de que las charlas se hubieran desviado hacia el tema adecuado en el momento preciso, de que la imagen del Cristo hubiera caído en mis manos a los pocos días de conocer a esa mujer, de las lecturas del lunes pasado... Mi Amado ha estado entrelazando los hilos de la urdimbre de nuestras vidas como ese Gran Tejedor que es, para contemplar con sus ojos llenos de cariño la tela de su Reino. ¡Qué maestría ha demostrado en la disposición de los acontecimientos! Me siento muy feliz de haber experimentado con tanta claridad el ser el hilo que manejan sus manos, tanto que no deseo ser otra cosa.
Señor, que cada día de mi existencia deje devanar la madeja de mi vida por tus manos amorosas. Ayúdame a abandonarme en tu Voluntad para que mi alma sea un hilo flexible en tu telar. Fortalece la hebra con la efusión de tu Espíritu para que resista el roce de los momentos difíciles. Y sigue haciéndome comprender que lo único que merece la pena es fundirme en ese divino entramado que realizas con nosotros. Te amo cada día con más fuerza, Tejedor mío.
Como ya he dicho, yo acababa de estar en la casa del Señor y de recibirlo en la Eucaristía y, claro, la alegría que se desbordaba en mi alma pugnaba por salirse de mí y propagarse a otros corazones. Animada por el afán de compartir el Amor de Cristo con un espíritu herido, le pregunté si era religiosa, a lo cual ella contestó que rezaba, pero que no iba a misa, que vivía su relación con Dios "a su manera". Después de escuchar el testimonio de esta mujer, me di cuenta de que había algo que me impulsaba a hablarle del Evangelio, que es lo único que puede darnos la verdadera felicidad. No obstante, en aquel momento sólo pronuncié algunas frases de carácter general, más que nada porque tenía miedo de que ella se sintiera incómoda y experimentara rechazo.
Durante las semanas siguientes me acordé de esta mujer en numerosas ocasiones. Incluso llegué a coger en la iglesia de los Carmelitas una estampa de su Cristo crucificado para llevársela y decirle: "mira, Él también fue la víctima inocente de un crimen, y se entregó por Amor a nosotros. Busca refugio en Él". Pero la verdad es que no veía el momento de hablar con ella de estas cosas. Mi poca fe me impedía confiar en aquel pasaje del Evangelio en el que Jesús dice: "no os preocupéis de cómo o qué vais a hablar. Lo que tengáis que hablar se os comunicará en aquel momento, porque no seréis vosotros los que hablaréis, sino el Espíritu de vuestro Padre el que hablará en vosotros" (Mt 10, 19-20).Esta mañana he ido al pueblo a hacer la compra. Tenía un ratito libre, así que me he pasado por la cafetería. Iba decidida a hablar. El haber vencido el miedo a hacerlo venía de que recordaba el pasaje del Evangelio que he citado con anterioridad, el cual había sido leído en la misa del pasado lunes (día de San Esteban). Si mi fe se había visto reforzada, no era debido a mi voluntad, sino a que, como decía este verano en sus homilías el obispo Damián Iguacén, "la Palabra es eficaz en sí misma". Es cierto: me voy dando cuenta de que la escucha de las lecturas cada día en Misa, la meditación de pasajes bíblicos y el rezo de las Horas van calando poco a poco en mi alma, ejerciendo notables transformaciones en ella, sin yo pretenderlo ni poner más de mi parte que, simplemente, dejarme hacer por mi Amado.
La mujer estaba limpiando afanosamente los cristales para que el escaparate estuviera impecable el día de fin de año. Me tomé mi café y, después de pagar, me fui a donde estaba ella encaramada a la escalera. La abordé con la excusa de felicitarle el año y, curiosamente, la conversación se desvió como por arte de magia hacia el terreno que yo deseaba. Me armé de valor (o, mejor dicho, del Espíritu Santo) y le tendí la estampa. Le expliqué de qué iglesia procedía. Ella dibujó una sonrisa llena de luz en su rostro y dijo: "anda, pues el otro día, no sé por qué, me acordé de esa iglesia". Parece ser que, cuando era pequeña, acudía con regularidad a confesarse allí. Por lo visto, al recordar esos tiempos, había sentido un impulso a volver a recibir el sacramento de la Reconciliación, que hace veinticinco años que no frecuenta, y se le había ocurrido la posibilidad de hacerlo precisamente allí, en la iglesia de los Carmelitas. "El que tú me hayas traído esta imagen es una señal para mí de que tengo que ir a confesarme en ese sitio", exclamó. Yo estaba asombradísima al ver cómo todas las piezas iban encajando de una manera admirable para que esa mujer hubiera oído la llamada amorosa del Señor. Al salir de la cafetería, lágrimas de emoción asomaban a mis ojos porque había sido testigo, una vez más, de las proezas que hace nuestro Dios. Comprendí el porqué de mi presencia en esa cafetería, de que las charlas se hubieran desviado hacia el tema adecuado en el momento preciso, de que la imagen del Cristo hubiera caído en mis manos a los pocos días de conocer a esa mujer, de las lecturas del lunes pasado... Mi Amado ha estado entrelazando los hilos de la urdimbre de nuestras vidas como ese Gran Tejedor que es, para contemplar con sus ojos llenos de cariño la tela de su Reino. ¡Qué maestría ha demostrado en la disposición de los acontecimientos! Me siento muy feliz de haber experimentado con tanta claridad el ser el hilo que manejan sus manos, tanto que no deseo ser otra cosa.
Señor, que cada día de mi existencia deje devanar la madeja de mi vida por tus manos amorosas. Ayúdame a abandonarme en tu Voluntad para que mi alma sea un hilo flexible en tu telar. Fortalece la hebra con la efusión de tu Espíritu para que resista el roce de los momentos difíciles. Y sigue haciéndome comprender que lo único que merece la pena es fundirme en ese divino entramado que realizas con nosotros. Te amo cada día con más fuerza, Tejedor mío.
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