Han pasado nueve meses
Ayer se cumplieron nueve meses de mi conversión. Recordemos que ésta tuvo lugar la noche del dos de abril de 2005, momento en que Juan Pablo II exhalaba su último aliento sobre esta tierra. Tal vez sea buena idea echar ahora un vistazo al recorrido que he efectuado en mi vida espiritual desde esa fecha. Ya pensaba en hacerlo, cuando he recibido un correo de una lectora de esta bitácora, en el cual me hacía varias preguntas acerca de mi experiencia. Partiendo de algunas reflexiones que le hacía en mi contestación, así como de la relectura de una especie de diario que llevé durante las primeras semanas en un cuadernillo, voy a intentar resumir mis impresiones sobre esta primera etapa de mi vida como seguidora de Cristo.
Me doy cuenta de que a mucha gente le llama la atención la velocidad fulgurante a la que el Señor me está llevando por sus caminos. Él sabrá cómo quiere dirigir nuestros pasos. No obstante, no estoy tan segura de que mi proceso interior esté siendo tan rápido como resulta, quizá, a ojos de los demás. Soy consciente de que no estoy sino al principio del recorrido. Es ésta una realidad que se va haciendo cada vez más patente a medida que voy profundizando en mi experiencia de fe. Lo que ocurre es que la llamada que he experimentado ha sido fortísima, sin dejar lugar a la duda sobre si seguirla o no. Cuando el Señor llama con esa ternura que le caracteriza, nos desarma por completo y no podemos sino dejarnos en sus brazos, rendidos de amor por Él. Su manera de dirigirse a mí ha sido tan dulce y acariciadora como un susurro, a la vez que arrebatadora y ardiente en su urgencia. Ayer releía en el cuadernillo la descripción inconexa que hacía de mis sensaciones en los primeros días de conversa, y me daba cuenta de la pasión que nuestro Amado había suscitado en mí, tan enorme que me veía abrumada por ella y no sabía cómo expresarla o de qué forma interpretarla. Es cierto que aún no vislumbro más que un trecho relativamente pequeño del camino por el que me lleva, pero ya estoy algo más calmada porque sé que la manera de cumplir su Voluntad, que es mi mayor aspiración, consiste simplemente en dejarse guiar por Él y en seguir dando pasitos mientras nos aferramos a su mano, sin exigirle que nos muestre algo que nos tiene reservado para más adelante y que no podemos abrazar si Él no nos ha dado aún las gracias necesarias para ello.
Mi lectora me preguntaba cómo abrir de par en par las puertas de nuestra alma a Cristo. No es difícil y, de hecho, está al alcance de todos: basta con dejarse amar por Él y corresponderle. Eso nos llevará a frecuentar los sacramentos, a tener sed de su Palabra y a dedicar tiempo a la oración. Si todo esto se hace con autenticidad, no como un mero ritual mágico, nos llevará un punto en que no deseemos sino servirle a Él, bien directamente, bien a través del prójimo, tal y como le oímos decir en el Evangelio: "tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me hospedasteis, estuve desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, en la cárcel y vinisteis a verme. [...] Os aseguro que cada vez que lo hicisteis con uno de éstos, mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis" (Mt 25).
Ciertamente, para muchos podrá parecer que la asistencia diaria a misa representa un sacrificio para mí. Nada más lejos de la realidad: la Eucaristía diaria es una necesidad acuciante que experimenta mi alma. Ese milagro cotidiano que se produce al venir el Señor a mí bajo las especies del pan y el vino es el principal alimento de mi espíritu. Cada día lo valoro y gozo más. ¿Cómo podremos agradecerle el que nos convierta en sagrarios vivos? Cuando lo llevo dentro de mí soy feliz, y sólo deseo que mis actos sean siempre la luz de la lamparilla que indica la presencia del Santísimo en su receptáculo. Ahora sonrío al recordar los tiempos en que asistía a la misa dominical por el mero hecho de cumplir con el precepto. Cuando no me apetecía ir, inventaba todo tipo de excusas para mí misma, con tal de justificar mi pereza. Las celebraciones se me hacían pesadas, largas, dándome la impresión de estar perdiendo el tiempo. Qué diferente ha sido todo desde aquel tres de abril, día en que volví al seno de la Madre Iglesia, confesándome y fundiéndome en el Cuerpo Místico de Cristo al participar en la Eucaristía. Desde entonces no he faltado un solo día misa por mi voluntad (sólo he dejado de ir cuando me ha sido completamente imposible, a causa de algún imprevisto o por encontrarme en algún lugar del mundo sin acceso a una iglesia católica, y aun esto en contadísimas ocasiones y no sin gran sufrimiento).
La Palabra de Dios penetra en el alma como lo hace la nieve en la tierra. Cuando los copos comienzan a caer, apenas dejan una tímida huella húmeda en el suelo. Si no se junta un número suficiente de ellos y el ambiente no está a la temperatura adecuada, no cuajarán, y el agua que queda sobre la superficie se evaporará pronto. Pero si las condiciones son favorables, estos copos caídos con silenciosa persistencia pronto formarán una capa sólida y espesa que cubrirá la tierra durante algún tiempo. Cuando brille el sol y la nieve se derrita, el agua resultante la irá empapando hasta sus entrañas, alimentando los campos y acrecentando el caudal de manantiales y ríos, que a su vez transmitirán su hálito de vida a todos aquellos terrenos por los que crucen. Así sucede con la lectura y meditación de la Palabra de Dios: si se hace a diario (escuchándola en la Misa, leyendo la Biblia o rezando el Oficio Divino) y con la actitud adecuada, nos envolverá y, al calentarse nuestro corazón con el Amor divino, empapará nuestras almas y se derramará en las de todos aquellos que nos rodean.
La oración es el otro pilar fundamental de nuestra vida de cristianos. En el Carmelo Seglar nos comprometemos a realizar media hora diaria de oración mental. Yo me pregunto cómo puede cualquier fiel avanzar hacia la unión con Dios sin este "tratar de amor con quien sabemos nos ama" (Sta. Teresa). Y no sólo eso: ¿cómo es posible no sentir la imperiosa necesidad de recogernos en su Presencia, declarándole nuestros sentimientos por Él, participándole nuestras penas y alegrías, abrazándolo en lo más íntimo de nuestro ser? Con todo, nuestra oración no debe ser un acto de autocomplacencia, sino de adoración a nuestro Amado. Si es auténtica, nos llevará a lo que declara la Santa en sus Séptimas Moradas: "de esto sirve este matrimonio espiritual, de que nazcan siempre obras, obras".
El alma imbuida en el Señor no piensa en si le merece la pena tanto esfuerzo y responsabilidad morales. Cuando uno ama, no se plantea siquiera esa pregunta, sino que se entrega por completo al Amado. La experiencia de Dios nos lleva a darnos a Él sin reservas e, incluso, a hacerlo no porque esperemos un premio en la vida futura o el librarnos del fuego del infierno. Es el propio Amor que emana de nuestro Rey y que recibimos en nuestros corazones el que nos impulsa a corresponderle y a buscar la unión con Él. El seguimiento de Cristo se convierte entonces en la única aspiración de nuestra existencia, llegando a dejar de lado todo aquello que nos aparta de Él, por muy agradable que nos haya parecido en épocas anteriores. La renuncia a nosotros mismos y la aceptación de la cruz por amor a Dios son elementos indispensables del camino del cristiano. Suena duro, pero Él nos da las gracias necesarias para que no desfallezcamos en el camino, sosteniéndonos con su mano misericordiosa en todo momento.
Señor: nunca podré mostrarte suficientemente mi agradecimiento por todo lo que has hecho por mí. A lo largo de los últimos nueve meses he sido más consciente de tu Presencia a mi lado, pero también me doy cuenta de que antes no me habías abandonado ni un solo día de mi vida, por muchos desplantes con los que te hubiera correspondido yo en mi debilidad. Ayúdame a perseverar en esta apasionante aventura del Evangelio y no permitas que mire jamás hacia atrás, como hizo la mujer de Lot. Ilumina nuestros corazones, especialmente los de aquellos más necesitados de tu misericordia. Haz que mi existencia sea una incesante letanía de amor, desgranado en un eterno "te quiero".
Me doy cuenta de que a mucha gente le llama la atención la velocidad fulgurante a la que el Señor me está llevando por sus caminos. Él sabrá cómo quiere dirigir nuestros pasos. No obstante, no estoy tan segura de que mi proceso interior esté siendo tan rápido como resulta, quizá, a ojos de los demás. Soy consciente de que no estoy sino al principio del recorrido. Es ésta una realidad que se va haciendo cada vez más patente a medida que voy profundizando en mi experiencia de fe. Lo que ocurre es que la llamada que he experimentado ha sido fortísima, sin dejar lugar a la duda sobre si seguirla o no. Cuando el Señor llama con esa ternura que le caracteriza, nos desarma por completo y no podemos sino dejarnos en sus brazos, rendidos de amor por Él. Su manera de dirigirse a mí ha sido tan dulce y acariciadora como un susurro, a la vez que arrebatadora y ardiente en su urgencia. Ayer releía en el cuadernillo la descripción inconexa que hacía de mis sensaciones en los primeros días de conversa, y me daba cuenta de la pasión que nuestro Amado había suscitado en mí, tan enorme que me veía abrumada por ella y no sabía cómo expresarla o de qué forma interpretarla. Es cierto que aún no vislumbro más que un trecho relativamente pequeño del camino por el que me lleva, pero ya estoy algo más calmada porque sé que la manera de cumplir su Voluntad, que es mi mayor aspiración, consiste simplemente en dejarse guiar por Él y en seguir dando pasitos mientras nos aferramos a su mano, sin exigirle que nos muestre algo que nos tiene reservado para más adelante y que no podemos abrazar si Él no nos ha dado aún las gracias necesarias para ello.
Mi lectora me preguntaba cómo abrir de par en par las puertas de nuestra alma a Cristo. No es difícil y, de hecho, está al alcance de todos: basta con dejarse amar por Él y corresponderle. Eso nos llevará a frecuentar los sacramentos, a tener sed de su Palabra y a dedicar tiempo a la oración. Si todo esto se hace con autenticidad, no como un mero ritual mágico, nos llevará un punto en que no deseemos sino servirle a Él, bien directamente, bien a través del prójimo, tal y como le oímos decir en el Evangelio: "tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me hospedasteis, estuve desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, en la cárcel y vinisteis a verme. [...] Os aseguro que cada vez que lo hicisteis con uno de éstos, mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis" (Mt 25).
Ciertamente, para muchos podrá parecer que la asistencia diaria a misa representa un sacrificio para mí. Nada más lejos de la realidad: la Eucaristía diaria es una necesidad acuciante que experimenta mi alma. Ese milagro cotidiano que se produce al venir el Señor a mí bajo las especies del pan y el vino es el principal alimento de mi espíritu. Cada día lo valoro y gozo más. ¿Cómo podremos agradecerle el que nos convierta en sagrarios vivos? Cuando lo llevo dentro de mí soy feliz, y sólo deseo que mis actos sean siempre la luz de la lamparilla que indica la presencia del Santísimo en su receptáculo. Ahora sonrío al recordar los tiempos en que asistía a la misa dominical por el mero hecho de cumplir con el precepto. Cuando no me apetecía ir, inventaba todo tipo de excusas para mí misma, con tal de justificar mi pereza. Las celebraciones se me hacían pesadas, largas, dándome la impresión de estar perdiendo el tiempo. Qué diferente ha sido todo desde aquel tres de abril, día en que volví al seno de la Madre Iglesia, confesándome y fundiéndome en el Cuerpo Místico de Cristo al participar en la Eucaristía. Desde entonces no he faltado un solo día misa por mi voluntad (sólo he dejado de ir cuando me ha sido completamente imposible, a causa de algún imprevisto o por encontrarme en algún lugar del mundo sin acceso a una iglesia católica, y aun esto en contadísimas ocasiones y no sin gran sufrimiento).
La Palabra de Dios penetra en el alma como lo hace la nieve en la tierra. Cuando los copos comienzan a caer, apenas dejan una tímida huella húmeda en el suelo. Si no se junta un número suficiente de ellos y el ambiente no está a la temperatura adecuada, no cuajarán, y el agua que queda sobre la superficie se evaporará pronto. Pero si las condiciones son favorables, estos copos caídos con silenciosa persistencia pronto formarán una capa sólida y espesa que cubrirá la tierra durante algún tiempo. Cuando brille el sol y la nieve se derrita, el agua resultante la irá empapando hasta sus entrañas, alimentando los campos y acrecentando el caudal de manantiales y ríos, que a su vez transmitirán su hálito de vida a todos aquellos terrenos por los que crucen. Así sucede con la lectura y meditación de la Palabra de Dios: si se hace a diario (escuchándola en la Misa, leyendo la Biblia o rezando el Oficio Divino) y con la actitud adecuada, nos envolverá y, al calentarse nuestro corazón con el Amor divino, empapará nuestras almas y se derramará en las de todos aquellos que nos rodean.
La oración es el otro pilar fundamental de nuestra vida de cristianos. En el Carmelo Seglar nos comprometemos a realizar media hora diaria de oración mental. Yo me pregunto cómo puede cualquier fiel avanzar hacia la unión con Dios sin este "tratar de amor con quien sabemos nos ama" (Sta. Teresa). Y no sólo eso: ¿cómo es posible no sentir la imperiosa necesidad de recogernos en su Presencia, declarándole nuestros sentimientos por Él, participándole nuestras penas y alegrías, abrazándolo en lo más íntimo de nuestro ser? Con todo, nuestra oración no debe ser un acto de autocomplacencia, sino de adoración a nuestro Amado. Si es auténtica, nos llevará a lo que declara la Santa en sus Séptimas Moradas: "de esto sirve este matrimonio espiritual, de que nazcan siempre obras, obras".
El alma imbuida en el Señor no piensa en si le merece la pena tanto esfuerzo y responsabilidad morales. Cuando uno ama, no se plantea siquiera esa pregunta, sino que se entrega por completo al Amado. La experiencia de Dios nos lleva a darnos a Él sin reservas e, incluso, a hacerlo no porque esperemos un premio en la vida futura o el librarnos del fuego del infierno. Es el propio Amor que emana de nuestro Rey y que recibimos en nuestros corazones el que nos impulsa a corresponderle y a buscar la unión con Él. El seguimiento de Cristo se convierte entonces en la única aspiración de nuestra existencia, llegando a dejar de lado todo aquello que nos aparta de Él, por muy agradable que nos haya parecido en épocas anteriores. La renuncia a nosotros mismos y la aceptación de la cruz por amor a Dios son elementos indispensables del camino del cristiano. Suena duro, pero Él nos da las gracias necesarias para que no desfallezcamos en el camino, sosteniéndonos con su mano misericordiosa en todo momento.
Señor: nunca podré mostrarte suficientemente mi agradecimiento por todo lo que has hecho por mí. A lo largo de los últimos nueve meses he sido más consciente de tu Presencia a mi lado, pero también me doy cuenta de que antes no me habías abandonado ni un solo día de mi vida, por muchos desplantes con los que te hubiera correspondido yo en mi debilidad. Ayúdame a perseverar en esta apasionante aventura del Evangelio y no permitas que mire jamás hacia atrás, como hizo la mujer de Lot. Ilumina nuestros corazones, especialmente los de aquellos más necesitados de tu misericordia. Haz que mi existencia sea una incesante letanía de amor, desgranado en un eterno "te quiero".




