La abadía de Nunraw
He pasado los últimos días en Escocia, en la región de East Lothian, al este de Edimburgo. Tenía concierto en un pueblo llamado Haddington. Toqué el Concierto nº 17 de Mozart. Los ensayos que estaban programados para los días anteriores me habían obligado a viajar con algo de antelación al país del whisky y los hombres con faldas, en contra de mis deseos, ya que sabía que eso me iba a impedir seguir con mi ritmo habitual de misas y oración. De todos modos, la voluntad del Señor era que fuera a dar ese concierto, así que obedecí.
Tuve la suerte de poder asistir a la Eucaristía tanto el viernes como el domingo. El día seis, en que se celebraba aquí en España la fiesta de la Epifanía, era en Escocia un viernes más del Tiempo de Navidad. Parece ser que el calendario litúrgico de ese país no coincide con el nuestro. Oí misa en la Catedral Metropolitana de Edimburgo, un edificio enorme del siglo XIX. El domingo me acercó la amiga en cuya casa me alojaba a la abadía trapense de Nunraw, que se halla perdida entre las colinas Lammermuir, junto a una aldea llamada Garvald. Había oído hablar mucho de este lugar e incluso había podido localizar su página web. Sentía grandes deseos de visitarla, especialmente porque en esos días había estado leyendo un libro que me había dejado el prior de los carmelitas: "La montaña de los siete círculos", de Thomas Merton. Éste fue una persona que pasó del ateísmo a la entrega religiosa más absoluta, llegando a hacerse monje en la orden, de reputada severidad, a la que pertenecía la comunidad de Nunraw. Semejante lectura había estimulado, pues, no sólo mi curiosidad, sino también mi fervor, produciendo una auténtica revolución interna en mí, que llegó a su punto máximo precisamente estando ya en el país de la pérfida Albión.
Llegué a la abadía en medio de los fríos matutinos que se incrustaban en los pálidos campos, cubiertos de temblorosa escarcha y tenuemente iluminados por un sol que apenas osa asomarse por encima de la línea del horizonte en esta época del año. Lo primero que vi fue el cementerio, cubierto de desnudas cruces rojas de madera. No había muchas, ya que la congregación existe sólo desde hace medio siglo. Entré en la iglesia, que era un espacio estrecho y alargado, con el altar en primer término, seguido del coro y rematado en su extremo por el Sagrario. Grandes ventanas dejaban pasar la gélida luz norteña y ofrecían una tranquilizadora vista de los sembrados colindantes, que se extendían saltarines ante mis ojos hasta perderse en las espectrales brumas de la costa. El silencio recorría los rincones de aquel espacioso recinto y se introducía en mi alma, sedienta del Señor tras el forzado ayuno eucarístico sufrido y la imposibilidad de visitarlo en su casa.
Una de las puertas situadas a la izquierda del altar se abrió, dejando pasar el vacilante reflejo de un efímero rayo de sol. Supuse por este detalle que ésa era la entrada a la iglesia desde el claustro de la abadía. Acto seguido, un monje hizo su entrada, cubierto por su cogulla, y se dispuso a encender las velas. El resto de la comunidad apareció unos instantes después. Eran doce, casi todos ellos de avanzada edad. Se colocaron en grupos de cuatro en torno al altar y uno de ellos se sentó en el banco del órgano que había a la derecha para acompañar los cantos. La misa fue pausada y ceremoniosa. Las palabras del sacerdote flotaban entre nubes de incienso y gestos ancestrales. Por un momento, al llegar la consagración, me dejé llevar y experimenté una auténtica conmoción interior al producirse la transubstanciación, es decir, la conversión de las sustancias del pan y del vino en el cuerpo y sangre de Cristo. Era como si la iglesia entera hubiera sufrido un temblor desde sus cimientos, aunque era evidente que dicha sensación sólo la había sentido yo dentro de mí, estremecida al contemplar el milagro que se produce en cada celebración de la misa y que tantas veces pasa inadvertido ante nuestros ojos escépticos. En la comunión recibí a mi Amado bajo las dos especies, emocionada por su venida a mí después de un día alejada de este sacrificio sin mancha, y lo acogí entre susurros inefables de amor, pronunciados en el silencio de mi alma anhelante, y cálidas caricias de ternura, otorgadas por la mano de mi espíritu.
Al finalizar la misa, tras unos minutos de conversación con uno de los monjes, una feligresa me acercó en su coche hasta un cruce, desde el cual yo quería caminar de regreso a casa. En el camino, cubierta por un cielo abovedado de nubes, fui meditando acerca de mis vivencias de los últimos días: mi sed del Señor y mi angustia por hallarme lejos del sacramento de la Eucaristía, el declive de las congregaciones religiosas en nuestra sociedad, el daño tan profundo infligido por el protestantismo a la fe de los cristianos... Sentí un dolor interno agudísimo al percatarme de cómo los seres humanos, a los que Dios ha amado tanto que les ha entregado a su Hijo, damos cada vez más la espalda a nuestro Hacedor. Muchas veces nos refugiamos en un agnosticismo "políticamente correcto" para no escandalizar a nuestros conciudadanos; es decir, negamos a Cristo como lo hizo Pedro en su día, sólo que lo hacemos sin derramar después las amargas lágrimas del apóstol, ya que tenemos tan asumidos los "respetos humanos", que ni nos percatamos del desgarrador tamaño de nuestro pecado. Otras veces abrazamos en ateísmo materialista más crudo, al pensar que todo lo que existe a nuestro alrededor es fruto de la inteligencia humana, llegando incluso a considerar que todo lo que no se pueda abarcar con ésta no existe (decididamente, el hombre sigue llevando sobre sí la pesada carga del pecado original, que no es otra cosa que su soberbia al intentar equipararse a Dios). ¿Cómo puede ser que alguien considere siquiera semejante disparate? Podremos estudiar la creación, sin duda, según las diversas teorías científicas, pero no podemos crear ni una mínima parte de ella. Hay quien afirma que el mundo tiene su origen en la casualidad, pero yo me pregunto entonces quién impulsó ese aparente azar y creó las sólidas reglas que rigen el universo. ¿No estaremos siendo realmente cortos de vista al intentar reducirlo todo a la capacidad de nuestras limitadas mentes? ¿No nos estaremos dejando llevar por el orgullo al emprender nuestro camino a espaldas de Dios? ¿No estará en esa actitud el origen de los males de la humanidad?
Señor, yo te amo, y lo hago con toda la pasión que cabe en mi humilde corazoncillo, que tú has remendado tantas veces con tu Misericordia para cubrir los rotos que ha ido dejando mi orgullo a su paso por él. Sufro al verte ignorado y despreciado por tus hijos, a los que amas incondicionalmente. Sé que no vas a obligarnos a que creamos en Ti porque el verdadero Amor, que es tu esencia, hace libre al objeto amado, al que deja la elección de corresponder o no. Sé también que tu mirada amorosa ansía atraernos hasta llegar a la plena unión contigo, a pesar de que tantas veces cortemos los lazos que nos ligan a Ti. Te pido, Rey mío, que me deje envolver cada día más por tu tierno abrazo, sin escabullirme de él en la insensatez del pecado. Te pido por los hermanos que aún permanecen en la oscuridad, escondiéndose de tu Luz, con la venda de la soberbia sobre los ojos. Llámalos, envíales tu gracia para que crean, como hiciste un día conmigo. No les tengas en cuenta su pecado, Amor de mi alma, para que un día todos te puedan contemplar en tu gloria.
"Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros, como lo esperamos de ti" (Salmo 32).
Tuve la suerte de poder asistir a la Eucaristía tanto el viernes como el domingo. El día seis, en que se celebraba aquí en España la fiesta de la Epifanía, era en Escocia un viernes más del Tiempo de Navidad. Parece ser que el calendario litúrgico de ese país no coincide con el nuestro. Oí misa en la Catedral Metropolitana de Edimburgo, un edificio enorme del siglo XIX. El domingo me acercó la amiga en cuya casa me alojaba a la abadía trapense de Nunraw, que se halla perdida entre las colinas Lammermuir, junto a una aldea llamada Garvald. Había oído hablar mucho de este lugar e incluso había podido localizar su página web. Sentía grandes deseos de visitarla, especialmente porque en esos días había estado leyendo un libro que me había dejado el prior de los carmelitas: "La montaña de los siete círculos", de Thomas Merton. Éste fue una persona que pasó del ateísmo a la entrega religiosa más absoluta, llegando a hacerse monje en la orden, de reputada severidad, a la que pertenecía la comunidad de Nunraw. Semejante lectura había estimulado, pues, no sólo mi curiosidad, sino también mi fervor, produciendo una auténtica revolución interna en mí, que llegó a su punto máximo precisamente estando ya en el país de la pérfida Albión.
Llegué a la abadía en medio de los fríos matutinos que se incrustaban en los pálidos campos, cubiertos de temblorosa escarcha y tenuemente iluminados por un sol que apenas osa asomarse por encima de la línea del horizonte en esta época del año. Lo primero que vi fue el cementerio, cubierto de desnudas cruces rojas de madera. No había muchas, ya que la congregación existe sólo desde hace medio siglo. Entré en la iglesia, que era un espacio estrecho y alargado, con el altar en primer término, seguido del coro y rematado en su extremo por el Sagrario. Grandes ventanas dejaban pasar la gélida luz norteña y ofrecían una tranquilizadora vista de los sembrados colindantes, que se extendían saltarines ante mis ojos hasta perderse en las espectrales brumas de la costa. El silencio recorría los rincones de aquel espacioso recinto y se introducía en mi alma, sedienta del Señor tras el forzado ayuno eucarístico sufrido y la imposibilidad de visitarlo en su casa.
Una de las puertas situadas a la izquierda del altar se abrió, dejando pasar el vacilante reflejo de un efímero rayo de sol. Supuse por este detalle que ésa era la entrada a la iglesia desde el claustro de la abadía. Acto seguido, un monje hizo su entrada, cubierto por su cogulla, y se dispuso a encender las velas. El resto de la comunidad apareció unos instantes después. Eran doce, casi todos ellos de avanzada edad. Se colocaron en grupos de cuatro en torno al altar y uno de ellos se sentó en el banco del órgano que había a la derecha para acompañar los cantos. La misa fue pausada y ceremoniosa. Las palabras del sacerdote flotaban entre nubes de incienso y gestos ancestrales. Por un momento, al llegar la consagración, me dejé llevar y experimenté una auténtica conmoción interior al producirse la transubstanciación, es decir, la conversión de las sustancias del pan y del vino en el cuerpo y sangre de Cristo. Era como si la iglesia entera hubiera sufrido un temblor desde sus cimientos, aunque era evidente que dicha sensación sólo la había sentido yo dentro de mí, estremecida al contemplar el milagro que se produce en cada celebración de la misa y que tantas veces pasa inadvertido ante nuestros ojos escépticos. En la comunión recibí a mi Amado bajo las dos especies, emocionada por su venida a mí después de un día alejada de este sacrificio sin mancha, y lo acogí entre susurros inefables de amor, pronunciados en el silencio de mi alma anhelante, y cálidas caricias de ternura, otorgadas por la mano de mi espíritu.
Al finalizar la misa, tras unos minutos de conversación con uno de los monjes, una feligresa me acercó en su coche hasta un cruce, desde el cual yo quería caminar de regreso a casa. En el camino, cubierta por un cielo abovedado de nubes, fui meditando acerca de mis vivencias de los últimos días: mi sed del Señor y mi angustia por hallarme lejos del sacramento de la Eucaristía, el declive de las congregaciones religiosas en nuestra sociedad, el daño tan profundo infligido por el protestantismo a la fe de los cristianos... Sentí un dolor interno agudísimo al percatarme de cómo los seres humanos, a los que Dios ha amado tanto que les ha entregado a su Hijo, damos cada vez más la espalda a nuestro Hacedor. Muchas veces nos refugiamos en un agnosticismo "políticamente correcto" para no escandalizar a nuestros conciudadanos; es decir, negamos a Cristo como lo hizo Pedro en su día, sólo que lo hacemos sin derramar después las amargas lágrimas del apóstol, ya que tenemos tan asumidos los "respetos humanos", que ni nos percatamos del desgarrador tamaño de nuestro pecado. Otras veces abrazamos en ateísmo materialista más crudo, al pensar que todo lo que existe a nuestro alrededor es fruto de la inteligencia humana, llegando incluso a considerar que todo lo que no se pueda abarcar con ésta no existe (decididamente, el hombre sigue llevando sobre sí la pesada carga del pecado original, que no es otra cosa que su soberbia al intentar equipararse a Dios). ¿Cómo puede ser que alguien considere siquiera semejante disparate? Podremos estudiar la creación, sin duda, según las diversas teorías científicas, pero no podemos crear ni una mínima parte de ella. Hay quien afirma que el mundo tiene su origen en la casualidad, pero yo me pregunto entonces quién impulsó ese aparente azar y creó las sólidas reglas que rigen el universo. ¿No estaremos siendo realmente cortos de vista al intentar reducirlo todo a la capacidad de nuestras limitadas mentes? ¿No nos estaremos dejando llevar por el orgullo al emprender nuestro camino a espaldas de Dios? ¿No estará en esa actitud el origen de los males de la humanidad?Señor, yo te amo, y lo hago con toda la pasión que cabe en mi humilde corazoncillo, que tú has remendado tantas veces con tu Misericordia para cubrir los rotos que ha ido dejando mi orgullo a su paso por él. Sufro al verte ignorado y despreciado por tus hijos, a los que amas incondicionalmente. Sé que no vas a obligarnos a que creamos en Ti porque el verdadero Amor, que es tu esencia, hace libre al objeto amado, al que deja la elección de corresponder o no. Sé también que tu mirada amorosa ansía atraernos hasta llegar a la plena unión contigo, a pesar de que tantas veces cortemos los lazos que nos ligan a Ti. Te pido, Rey mío, que me deje envolver cada día más por tu tierno abrazo, sin escabullirme de él en la insensatez del pecado. Te pido por los hermanos que aún permanecen en la oscuridad, escondiéndose de tu Luz, con la venda de la soberbia sobre los ojos. Llámalos, envíales tu gracia para que crean, como hiciste un día conmigo. No les tengas en cuenta su pecado, Amor de mi alma, para que un día todos te puedan contemplar en tu gloria.
"Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros, como lo esperamos de ti" (Salmo 32).




