El milagro del Amor
Hace unos días tuve una experiencia algo desagradable. Uno de mis amigos más cercanos, que es ateo convencido, empezó a atacar mi fe de una manera despiadada. El incidente me resultó especialmente doloroso porque me hizo evidente algo que se está produciendo cada vez con más frecuencia en nuestra sociedad: la persecución incesante a la Iglesia Católica. A los creyentes se nos tacha, entre otras cosas, de intolerantes, fanáticos e ignorantes. Es curioso: yo no intento imponer mi fe a nadie (creo que ésta nos viene por la gracia de Dios, con lo cual de nada sirve ejercer presión sobre nadie para conseguir su conversión), pero con mucha frecuencia veo que los no creyentes hacen todo lo posible por conseguir que reniegue de ella, que no me entregue a Cristo como considero que debo hacerlo, que sea "diplomática" y no declare abiertamente mis creencias, que anteponga los respetos humanos a Dios, que sea "práctica" y no base mi vida en algo que no es científicamente demostrable... Además, cuanto más me mantengo en mi postura, más se irritan ellos, hasta llegar a perder los estribos. Entonces yo me pregunto: ¿quién está siendo aquí el intolerante y el fanático?Durante toda mi vida he tenido un defecto (entre otros muchos, claro está) muy marcado, que me ha traído muchos sinsabores: mi tendencia a perder el control en explosiones de ira cuando me sentía acorralada por alguien. Siempre me arrepentía instantáneamente de estos estallidos, pero lo hacía cuando el mal ya estaba hecho. Pues bien: el incidente del que he hablado con mi amigo ateo hubiera sido un desencadenante perfecto de uno de esos arrebatos, de haberse producido en una época anterior de mi existencia. En esta ocasión, sin embargo, me sorprendí al comprobar cómo me encontraba completamente calmada, además de permanecer firme en la defensa de mi Señor (como dice el Salmo 26, "si un ejército acampa contra mí, mi corazón no tiembla; si me declaran la guerra, me siento tranquilo"). La actitud de mi amigo, su rostro desencajado de rabia y su voz quebrada me dieron mucha pena, pero no experimenté resentimiento alguno contra él. Simplemente me dolió su comportamiento porque, como dice el Salmo 54, "si mi enemigo me injuriase, lo aguantaría; si mi adversario se alzase contra mí, me escondería de él; pero eres tú: mi compañero, mi amigo y confidente, a quien me unía una dulce intimidad". La Eucaristía de esa mañana me hacía sentir fuerte en el Señor: Él nunca nos abandona, es nuestra roca y nuestro baluarte.
Cuando mi amigo se retiró de la estancia en la que nos hallábamos, me quedé meditando sobre lo que acababa de suceder y me di cuenta de que amaba a esa persona porque era mi hermano, hijo del Dios cuya existencia ignora, y de que mi impulso era rezar por él: "no le tengas en cuenta este pecado", susurré en mi interior, pensando en tantos y tantos mártires que han sufrido lo indecible a causa de Cristo y han muerto dando testimonio de su amor por sus enemigos. Mi corazón se llenó de paz y tranquilidad, al tiempo que proclamaba la grandeza del Señor por la transformación que veía que estaba efectuando en mi alma.
Las aguas volvieron a su cauce a lo largo de ese día. Notaba cómo mi Amado me llevaba a mostrarme alegre y cariñosa con esa persona y a no guardarle rencor, y mi asombro por todo ello iba en aumento. He meditado sobre este hecho en el tiempo que ha transcurrido desde entonces, y me he percatado de algo muy importante, que intentaré explicar a continuación: hemos dicho ya que la esencia de Dios es el Amor. Éste es incondicional, generoso y nos atrae hacia Él. El Señor no puede experimentar la ausencia de amor porque esto sería negarse a sí mismo. Por tanto, continúa derramándolo en todo momento sobre sus pequeñuelos, sin poder hacer otra cosa. Ni siquiera nuestras ofensas paran este constante fluir amoroso, en virtud del cual llegó a entregarnos a su único Hijo para la salvación de la humanidad. Es este Amor lo que le hizo decir a Cristo en la Cruz: "Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen". Y es ese mismo Amor, que proviene de Él, el que inunda mi alma con más ímpetu cada día. Por eso me siento impulsada a amar a los demás, aun a los que me hacen daño: porque llevo dentro de mí la esencia del Señor, que no sabe sino querernos con locura.
El Amor de Dios es el dulce néctar que alimenta mi felicidad. Cuanto más me invade, más me hace estremecerme en el fondo de mi alma y más me lleva a querer repartirlo a manos llenas a los demás. Como ya expliqué en otra entrada de esta bitácora, cuanto más generosamente nos vaciamos para volcar este amor en los hermanos, más abundantemente nos vuelve a colmar el Señor con él. ¡Qué inmensa dicha, sumergirnos en el océano de sus caricias y su ternura, en la infinitud de su misericordia, en el perfume embriagador de su caridad! Es sentir la venida de su Reino, es notar cómo nuestros corazones bailan extasiados con el Suyo, es no desear ya más que la completa unión con Él. ¡Oh, Dios mío! ¡Ojalá todos los hombres pudieran experimentar esto que siento y que Tú has vertido en mi alma!
"Como el manzano entre los árboles silvestres, así es mi Amado entre los jóvenes; bajo la sombra del deseado me senté y su fruto fue dulce a mi paladar" (Cantar de los Cantares).




