El alma callada
Hoy ha sido un día muy especial para mí. Por la mañana he estado en la misa de 8:30 en la iglesia de los carmelitas. La celebración ha sido, una vez más, algo emocionante. He sentido como si la Consagración fuese un cántico de amor susurrado por Cristo al oído de nuestras almas. Qué bello es contemplar la armonía y la sublimidad de nuestro Amado en el preciso instante de la renovación de su entrega a nosotros, momento en el cual se hace pequeñito en la Hostia y se deja acoger por nuestros corazones en un gesto de ternura y confianza. Cada misa es realmente un acto de amor que se materializa exultante ante mis ojos.Tras la celebración, compartí el desayuno con los pocos frailes que quedaban en la casa (los demás estaban de retiro en el desierto de Batuecas). Charlamos animadamente durante un buen rato. Me siento en familia cuando estoy con la comunidad. Me han acogido como a una hermana y yo les correspondo. Es un don del Señor poder recorrer en la compañía de un grupo de personas tan transparentes a Él la senda que nos va mostrando. Además, nuestra amistad, basada exclusivamente en el Amor de nuestro Dios, nos fortalece. Es el "hacerse espaldas", del que hablaba Santa Teresa. Compartimos nuestras experiencias espirituales, el entusiasmo por el Señor y las locuras del amor que Él nos inspira. Cuando las tinieblas se ciernen sobre mi alma, mis "hermanitos con hábito" me abrazan con su paciente escucha y sus prudentes consejos. En los momentos felices, el gozo de una algarabía limpia y esperanzadora resuena por los corredores del recinto conventual. Me siento dichosa e inmensamente agradecida al Señor por este regalo que me ha dado.
El prior de la comunidad, que se ha convertido en un excelente amigo para mí, me ha dejado un libro muy interesante: "Dios existe, yo me lo encontré", de André Frossard. Éste era un "ateo perfecto", es decir, una persona que ni tan siquiera se planteaba el problema de Dios. Un buen día, al entrar en una capilla, a la que había accedido para buscar a un amigo que se estaba confesando, se vio de repente invadido por la gracia y se convirtió al catolicismo en el transcurso de unos cinco minutos. Esta historia, relatada de modo sumamente ameno por el autor y traducida con no menos maestría por José María Carrascal, probablemente me parecería poco verosímil, de no haber sido porque yo misma tuve una experiencia muy parecida cuando experimenté mi propia conversión el 2 de abril del año pasado. Verdaderamente, la acción de la gracia de Dios nos sorprende en cada instante de nuestras vidas. Sólo aquel que no quiere dejarse penetrar por ella permanecerá en la oscuridad. Mi vivencia de la Presencia del Altísimo en mi alma es tan intensa y constante, que no dudaría de la existencia de Dios ni aun en el caso de que todos los argumentos racionales del mundo me demostrasen lo contrario. El Amor ardiente que me invade va más allá de cualquier razonamiento de la lógica humana: no es explicable y, sin embargo, lo percibo con una claridad fuera de toda posibilidad de error. De igual modo soy consciente del efecto transformador que ejerce en lo más íntimo de mi ser. Mi vida entera ha dado un giro de ciento ochenta grados desde que he dado mi "sí" a la llamada del Señor. Ya no me dejo llevar por mis caprichos, por las ínfulas de mi orgullo envalentonado o por criterios existenciales fútiles, sino que es Él quien dirige con paciencia mis pasos. Mis esfuerzos solos no son capaces de nada, mientras que mi energía, depositada en el sueño de su divina Voluntad, se adentra cada vez más en maravillosas regiones inexploradas, de cuya existencia no tenía la más mínima noción. El alma sólo se mueve de manera armoniosa si lo hace guiada desde dentro por el Amado. Puedo declarar junto a San Pablo, con toda humildad, que "ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí" (Gal 2, 20).
Por la tarde hemos tenido nuestra sesión con los niños del proyecto. Esta vez he estado con los más pequeños. Hemos escrito algunos números, dibujado diversos objetos que les iba colocando en la mesa y, sobre todo, reído e intercambiado cariño. Estas criaturitas de Dios se están convirtiendo en mis amiguitos diminutos. Me hace muy feliz observar sus rostros inocentes e ilusionados, sus muecas traviesas y sus ojos asombrados. Al recordarlos ahora, se me hace un nudo en la garganta de la emoción que me invade. Uno de los objetivos del proyecto es proporcionar a estos niños el cariño que muchas veces no encuentran en su ambiente habitual, pero no sé yo quién da a quién: tengo la impresión de que yo recibo de ellos mucho más de lo que les entrego.
Al caer la noche, he regresado a casa en la callada soledad de mi alma, acompañada del tranquilo runruneo de los neumáticos del coche al deslizarse sobre el asfalto mojado. He subido a mi pequeño oratorio doméstico, he encendido las velas y rezado las Vísperas. Acto seguido, me he sentado con las piernas cruzadas sobre dos almohadones, dispuestos de manera conveniente en el suelo de la estancia. Me he colocado en presencia del Señor y he dejado que Él llenara todo el hueco del silencio en que se encontraba mi corazón. No había ruido alguno, ni externo ni interno. Mi alma se ofrecía lisa, sin pliegues ni recovecos, a la acción reconfortante de mi Amado, y lo acogía sin palabras, dejándose llevar con confianza por su mano cálida. Y en este estado sigo aún, cuando me retiro ya a descansar, acunada por el murmullo delicado de sus caricias en mi espíritu.
Dormiré en Ti, oh Señor, para que veles mis sueños y me protejas del peligro en esta noche. Me refugiaré en tu mirada misericordiosa y no tendré miedo de que me dejes sola, porque sé que siempre estás a mi lado y que me quieres con locura. Te pido que me guardes en tu Presencia para que jamás me aleje de Ti, y que mañana, al levantarme, te ame un poquito más que hoy. Te quiero, Amor mío de las alturas.
"Y ahora bendecid al Señor, los siervos del Señor, los que pasáis la noche en la casa del Señor" (Salmo 133).




