Una cuestión de amor

La experiencia de una joven enamorada de Cristo.

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Nombre: María de Betania
Lugar: Salamanca, Castilla y León, Spain

23.1.06

Las Horas

Desde que vivo en el Señor, los días se deslizan ante mí embriagados por el perfume de su Amor divino. No hay un solo momento en que no tenga presente a mi Amado, que llena toda mi existencia, desde el primer pensamiento matutino ("Buenos días, Señor") hasta el último resquicio de consciencia de la jornada, antes de caer agotada en brazos del descanso nocturno. Me levanto muy temprano, cuando aún es noche cerrada, para saludar a mi Dios con el rezo de Laudes. Lo llevo a cabo en mi oratorio doméstico, bañado con la rítmica oscilación de la luz de las velas. Al llegar el "Benedictus", me levanto y me dirijo a la ventana, que abro para aspirar el aire fresco y solitario de la aurora, y paladeo la última estrofa: "Por la entrañable misericordia de nuestro Dios nos visitará el Sol que nace de lo alto, para iluminar a los que viven en tinieblas y en sombra de muerte, para guiar nuestros pasos por el camino de la paz". Miro al cielo, que nuestro Señor ha adornado con un delicado encaje de estrellas, y ansío la salida de ese Sol, al que pido que infunda su luz y su calor en mi alma petrificada.

Cuando la luz matutina baña ya de soslayo los campos vecinos, desplegando sus inmateriales irisaciones entre las ramas desnudas de la arboleda y los ajados restos de la última cosecha, me recojo de nuevo en mi capillita particular, encendiendo una vela para recordar una vez más que el Señor está presente dondequiera que vaya, y comienzo el rezo de la hora Tercia. Es la mejor manera que conozco de ofrecer mi trabajo a Aquel que pasó casi toda su vida en un taller de carpintero, puliendo sus muebles esmeradamente a la vera de su padre terrenal, mientras su oración se elevaba a su otro Padre, el del Cielo. Saboreo el cadencioso ir y venir de los versículos de la salmodia y medito la Lectura Breve, cuya enseñanza será mi guía hasta la próxima parada de mi viaje cotidiano por el Oficio Divino.

A mediodía, cuando la naturaleza resplandece con todo su fulgor bajo un sol que todo lo domina, me sumerjo en el rezo de Sexta. El día bulle afanoso en el quehacer diario, salpicado de notas musicales y de gorjeos de pájaros que se esparcen furtivos entre los silencios de mis partituras. Subo de nuevo al oratorio y me siento con el Diurnal en las manos, mientras contemplo inflamada de amor la imagen del Cristo de la Divina Misericordia, que he colocado en un atril junto a una diminuta reproducción de un cuadro, rebosante de ternura, de la Virgen. Para esta hora me gusta emplear la Salmodia Complementaria, de la cual resuena especialmente en mi alma el primer salmo (el número 122): "a ti levanto mis ojos, a ti que habitas en el cielo...". Siento cómo se me escapa la mirada hacia la bóveda celeste, empapada de azul brillante y de rayos de sol, buscando con ansia una intuición de mi Amado. Y ésta llega en forma de risas lejanas de niños y del rumor del trabajo de los obreros, flotando en la brisa que se arremolina tibia en las cortinas y reflejándose en las quietas y verdosas aguas del estanque del jardín.

Cuando el sol ya ha iniciado su parsimonioso descenso hacia poniente, llega la hora Nona, cuyo rezo conmemora el instante en que nuestro Señor entregó su alma al Padre, muriendo por nosotros en la Cruz. La Salmodia Complementaria nos recuerda en el Salmo 126 que el esfuerzo humano no sirve para nada sin Dios: "si el Señor no construye la casa, en vano se cansan los albañiles". ¡Cuántas veces he de meditar esto para tratar de aprender a abandonarme por completo en su Voluntad! Es uno de los salmos que más frecuentemente musito en mi interior durante el día.

Por la tarde suelo bajar a participar en la oración de la comunidad de los Carmelitas. Nos recogemos en la capilla del convento, entrando en ella en un silencio reverencial y ocupando cada uno de nosotros nuestro pequeño rinconcillo favorito. Yo me suelo colocar en una esquina, junto al radiador, y me siento en dos cojines, cruzando las piernas. Tengo el Sagrario justo enfrente, así que lo diviso bien desde el fondo de la estancia. Casi todo el tiempo permanezco con los ojos cerrados, saboreando el finísimo deleite de amor que me procura mi Dios, pero en ocasiones deposito mi mirada sobre la "casita" del Santísimo Sacramento para así ser más consciente de que estoy frente a Él. Muchas veces le he pedido con insistencia algunas cosas durante la oración, pero lo habitual es que me dedique a abrazarlo espiritualmente con mi habitual retahíla de "te quiero, te quiero, te quiero..." o, simplemente, me deje amar por Él sin ocupar mi mente en ningún pensamiento concreto. Es en esas ocasiones cuando más claramente noto cómo se inflama apasionadamente mi corazón de amor por Cristo. Esto es, sin duda, obra del Espíritu Santo, al que invocamos al inicio de la oración.

Cuando el reloj, que el prior ha ajustado previamente, nos saca de nuestro ensueño con su alarma, nos levantamos y rezamos Vísperas. El Oficio Divino es, ante todo, oración comunitaria y eclesial, así que cobra toda su fuerza cuando puedo compartir su rezo con los hermanos. Vamos turnándonos para leer las sucesivas estrofas de los salmos, algunos de los cuales se recitan cantados. Después de la Lectura Breve y del Responsorio, llega el "Magnificat", que es mi oración predilecta, ya que expresa de manera formidable la alabanza del alma que ve asombrada cómo el Señor va actuando en ella. Yo misma siento cada día cómo "el Poderoso hace obras grandes por mí", y me uno a la exultante aclamación que la Virgen María pronunció al llegar a casa de su prima Isabel.

Ya en mi hogar, justo antes de irme a dormir, abro el Diurnal por última vez, de nuevo inmersa en la vacilante penumbra de las velas que iluminan el oratorio, y siento cómo el silencio se va apoderando de mi alma al tiempo que rezo la última de las Horas: las Completas. Tras un breve examen de conciencia, recito el himno correspondiente (todos ellos son de una gran belleza) y dejo que el salmo acaricie mis entrañas. Renuevo mi abandono en manos del Señor ("a tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu") y susurro suavemente en las profundidades de mi corazón el "Nunc dimittis": "ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu sierva irse en paz, porque mis ojos han visto a tu Salvador...". Y en verdad sé que lo he visto, y que lo llevo haciendo desde ese dos de abril de 2005, en que mi Amado me llamó para que me convirtiera y lo siguiera, dejando mis redes. "Luz para alumbrar a las naciones", continúa la oración, y suspiro por que llegue el día en que todos los hombres reconozcan a Cristo como el Hijo de Dios y crean en Él, "de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra, en el abismo, y toda lengua proclame: Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre" (Flp 2).

"En paz me acuesto y enseguida me duermo, porque sólo Tú, Señor, me haces descansar tranquila” (Salmo 4).

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