Una cuestión de amor

La experiencia de una joven enamorada de Cristo.

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Nombre: María de Betania
Lugar: Salamanca, Castilla y León, Spain

29.1.06

La nevada

Cae la nieve, y la noche callada suspira estremecida bajo su pálpito de blancas soledades. Los tejados de las casas, relumbrantes en la luz anaranjada de las farolas, reposan acurrucados en el paisaje, entre el aroma hogareño de la leña quemada y el silencioso eco de un ulular escondido de búhos. La oscura calma de los campos se yergue majestuosamente en el apaciguado frío nocturno, en cuyo seno tan sólo se oye el parsimonioso chisporroteo de los copos que, tras descolgarse de las nubes en una neblina difuminada, van cubriendo el suelo con su gélida caricia.

Abro la ventana y siento el leve roce de la brisa helada en mi rostro. Finísimos copos espectrales empolvan la desnuda piel de mis mejillas, sobrecogiéndome con su tacto inesperado. Mis ojos vuelan más allá del estanque de aguas petrificadas por el hielo y se pierden en el calado de la verja, que está viviendo su efímero sueño de filigrana. La naturaleza se ha hecho silencio en la noche, entregada a la contemplación de lo divino.

Mi oratorio tiembla con el resplandor titubeante de las velas encendidas. Son las ocho y media en punto. Abro mi Diurnal y musito con el corazón encogido el himno de Vísperas: "Como el último rezo de un niño que se duerme / y, con la voz nublada de sueño y de pureza, / se vuelve hacia el silencio, yo quisiera volverme / hacia ti, y en tus manos desmayar mi cabeza." Mis pensamientos se encaraman en el aire nevado y navegan en la barquilla de mi imaginación hasta la penumbra de la capilla de los carmelitas, donde los hermanos recitan estas mismas palabras, sin estar hoy yo entre ellos. No he podido bajar al convento: era peligroso conducir en estas circunstancias y, no sin pena, he juzgado más prudente permanecer en casa. Llevaba todo el día ansiando el momento de colocarme ante el Santísimo y perderme en su Presencia desde mi rinconcillo habitual, así que he sentido la amarga opresión del deseo no cumplido cuando, con las llaves del coche en la mano y ya franqueado el umbral de la puerta, la voz de mi sentido común me ha ordenado volverme sobre mis pasos. Pero, si bien no puedo estar presente físicamente en la capilla, sí que me es posible situarme en espíritu en ella. Así, voy deslizándome entre salmos, cánticos, antífonas, lecturas, responsorios, preces y demás oraciones, mientras escucho en mi interior las voces alternantes de los frailes de la comunidad.

Acabado el rezo de Vísperas, me siento en el suelo para hacer oración mental. Ajusto la alarma de un despertador para que me avise a las nueve y veinticinco, hora a la que la comunidad reza las Completas, y me recojo en el Señor. En mi interior me represento el pequeño Sagrario de la capilla. Siento la luz temblona de la lamparita que hay junto a él, y veo las flores que alguien ha colocado a su lado en un diminuto jarrón. Mi alma alza sus brazos hacia ese Santísimo de mi recuerdo, deseándolo, pidiéndole que venga espiritualmente a ella. Entonces recuerdo la comunión de esa mañana y vuelvo a sentir la crujiente Hostia viniendo a mí, llenándome de dicha. Le dirijo una vez más mi mirada interior, al igual que lo había hecho entonces, llena de añoranza y de cariño, y deseo que llegue el momento en que pueda contemplarlo no bajo una apariencia de harina, sal y agua horneadas, sino cara a cara.

Suena la alarma: es hora de rezar las Completas. Abro de nuevo el Diurnal, y me uno a toda la Iglesia en esta bellísima oración del final del día. Cuando llego al salmo 133 ("y ahora bendecid al Señor, los siervos del Señor, los que pasáis la noche en la casa del Señor"), estas palabras resuenan en mi alma y se me encoge un poquito el corazón. Me vienen a la memoria otros fragmentos de salmos, como aquel que dice: "¡qué deseables son tus moradas, Señor de los ejércitos! Mi alma se consume y anhela los atrios del Señor" (Salmo 83). También encuentra su eco en mí parte del Salmo 22: "habitaré en la casa del Señor por años sin término". Quisiera, por unos momentos, desaparecer tras los muros de una iglesia y permanecer allí para el resto de mi vida.

¡Qué duro se me hace no poder estar dedicada enteramente a la adoración del Señor! Muchas veces pienso que eso es lo único que me importa: renunciar a todo y postrarme día y noche en su Presencia, ofreciéndole cada minuto de mi vida. Pero las obligaciones de mi estado seglar no me lo permiten, más allá de lo que es tratar de mantenerme con el corazón puesto en Él en todo momento aun en medio del fragor del mundo.

Mis labios suspiran, más que pronuncian, la antífona final a la Virgen María. Cierro el Diurnal, me acerco a la ventana, palpando el escurridizo frío que empapa la noche nevada, y alzo mis ojos al Señor, a mi Amado, pidiéndole que toda mi existencia discurra en sus atrios, en sus moradas, en su casa. Y que me ayude a comprender que esos lugares no son necesariamente tangibles, sino que existen más bien en mi espíritu y, por tanto, puedo llevarlos conmigo adondequiera que vaya.

Ayúdame, Amado mío de las alturas, a habitar siempre en tu Amor, en tu Voluntad, en tu Palabra. Que mi debilidad no me saque del atrio de tu pecho, en el que permanezco reclinada día y noche. Que las nieves de la vida no me impidan llegar a Ti y adorarte en espíritu y verdad cada minuto de mi existencia. Y que hasta el aire que respiro se convierta en tu alabanza.

"Me sedujiste, Señor, y me dejé seducir" (Jeremías 20,7).

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