Una cuestión de amor

La experiencia de una joven enamorada de Cristo.

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Nombre: María de Betania
Lugar: Salamanca, Castilla y León, Spain

2.2.06

El hielo providencial

El pasado lunes fui a la iglesia de los carmelitas por primera vez tras la nevada del fin de semana. Ni siquiera el domingo me había sido posible bajar a la ciudad, ya que el hielo hacía muy arriesgada la conducción, así que oí misa en el pueblo. Después de varios días sin poder acudir a la oración comunitaria con los frailes (y sin disfrutar de su compañía, que es algo cada vez más querido para mí), mi corazón rebosaba de gozo al encaminarme al convento.

Mientras bajaba por las calles salmantinas hacia el centro de la ciudad, podía observar la gran cantidad de hielo que aún se conservaba en las zonas de umbría. Al llegar a la puerta del patio en el que suelo dejar el coche, el panorama me pareció aún peor, ya que las ruedas patinaban agónicamente, tratando en vano de impulsar la pesada carrocería y encaramarla a la acera congelada. Tuve que dar marcha atrás y acelerar fuertemente para salvar el bordillo, de manera que el automóvil pudo subir la rampa casi levitando. Una vez hube aparcado, me percaté de que, si bien había sido complicado introducir el coche en el recinto, lo iba a ser aún más sacarlo esa noche de allí, ya que dudaba de mi capacidad de controlarlo cuesta abajo, sobre esa espesa capa de hielo que se transparentaba gelatinosa en la penumbra. Cuando, tras finalizar nuestro rato de oración en la capilla, le describí la situación al prior de la comunidad, éste me ofreció la posibilidad de quedarme en una de las habitaciones de invitados del convento, a lo que yo accedí encantada.

Aquella noche del lunes al martes pude participar de la fraternidad de mis "hermanitos con hábito" del Carmelo. Al acabar la misa de nueve, bajamos todos al refectorio y compartimos la cena. Me hicieron sentir verdaderamente en familia. El ambiente era muy agradable y alegre. Se encontraba allí también uno de mis amigos, que se ha mudado hace un par de días al convento por problemas con el casero que le alquilaba una habitación. Me senté junto a un par de jóvenes postulantes recién llegados de Lituania. Mientras charlaba con uno de ellos en una mezcolanza extraña de idiomas, pensaba en la felicidad que debía de revolotear en sus corazones al saber que iban a ser admitidos como aspirantes a frailes carmelitas descalzos. ¡Cómo me gustaría a mí poder seguir ese camino, que me está vedado por ser mujer!

Tras la cena, que acaba siempre con una acción de gracias por los alimentos recibidos, los hermanos disfrutan de una hora de recreación. También pude tomar parte en ella, jugando con tres frailes jóvenes unas cuantas partidas de dobles en la recién estrenada mesa de ping-pong. En el cuarto en el que nos encontrábamos hay, además, una mesa de futbolín y una bicicleta estática, que pronto se vieron rodeadas de hábitos marrones, que brincaban danzantes en el fragor de la diversión. Durante una media hora, el alborozo de las risas espontáneas de los que nos hallábamos allí, mezcladas con el golpear de las barras del futbolín o el rítmico y hueco repiqueteo de la pelota de ping-pong al ir y venir de la raqueta a la verde superficie de la mesa, hicieron vibrar la quietud de la noche desde sus cimientos. Según el cansancio fue apaciguando los ánimos, mis queridos hermanos fueron abandonando la estancia, hasta que sólo quedamos en ella los cuatro que estábamos enfrascados en nuestros dobles. Poco después, cuando el prior hizo su aparición por la puerta para llevarme a ver mi cuarto, pusimos punto y final al juego. Saqué mi equipaje de emergencia del coche (siempre llevo lo necesario para pasar una noche fuera de casa, por lo que pueda ocurrir) y me dirigí al que iba a ser mi dormitorio por unas horas.

A las once tiene lugar el rezo de las Completas, así que subí a la capilla del tercer piso del convento para participar con la comunidad en la última de las Horas Canónicas. Ocupé mi rinconcillo habitual y me sumergí en la hermosura de esta oración como si fuera un miembro más del grupo. Cuando hubimos terminado, uno de mis amigos frailes me sonrió y me dijo con su habitual mirada picaruela: "deberías dormir algo esta noche, ¿eh?". Como me conoce bien, sabía que me iba a quedar un rato más en la capilla, delante del Santísimo de mis amores, perdida en la oscuridad y el silencio de esa noche que se plegaba tranquila bajo la ternura de nuestro Dios.

¡Qué feliz soy cuando me coloco frente al Sagrario! Pienso en lo cerca que estoy de mi Amado, que me espera hecho Pan de Vida, velando día y noche en ese Getsemaní dorado que lo guarda, a la luz de la lamparilla roja que señala su presencia. Respiro el aire que lo envuelve, tratando de extenderme a través de él hasta llegar a rozar con mis pensamientos la Sagrada Hostia que reposa en el copón, recipiente de ensueños de salvación y misericordia. "Mi alma aguarda al Señor, más que el centinela a la aurora" (Salmo 129). Deseo ansiosamente recibir a mi Dios en esa Forma incólume, inmensidad hecha pequeñez por amor a nosotros, y así sentirlo dentro de mí, colmándome con la gracia que derrama en lo más íntimo de mi espíritu.

La comunidad comienza el día con el rezo de Laudes, al que sigue media hora de oración, que acaba con el Oficio de Lecturas. Esa mañana somnolienta del martes pude, por tanto, deslizarme en el incipiente amanecer, cuya luz vacilante se filtraba por los ventanales de la capilla, y unirme, una vez más, a los hermanos en su alabanza matutina al Altísimo.

Un poco más tarde, bajamos a desayunar al refectorio. El prior, que había tenido que abandonar nuestra capilla antes que nosotros a causa de la misa que tenía que celebrar a las ocho y media, fue el último en aparecer por el comedor. Me senté a su lado y estuvimos charlando durante más de dos horas. Como ya apunté en otra entrada de esta bitácora, este carmelita se ha convertido en un gran amigo para mí. El Señor ha cruzado nuestros caminos, de tal manera que ha provocado un encuentro de dos almas que, si bien dispares en edad y experiencia de vida, podrían considerarse gemelas en la vehemencia con la que viven y expresan su amor por nuestro Rey celestial. Me considero inmensamente bendecida con esta inmerecida gracia que me ha otorgado mi queridísimo Padre Eterno. Esta reciente amistad está resultando, además, ser un excelente estímulo para desarrollar una corriente epistolar continua entre ambos, cuyo tema central es, evidentemente, Dios.

Como la mañana estaba ya bien entrada, decidí quedarme hasta la misa de una y cuarto, tras la que, con todo el dolor de mi corazón, me hice firme propósito de irme a casa. Aproveché el tiempo que faltaba para la celebración orando en la capilla y charlando con el fraile de mirada picaruela, del que he hablado ya en un párrafo anterior, acerca de asuntos relativos a mi evolución espiritual. Al llegar la hora de la misa, me di cuenta de que en los últimos días había estado tan continuamente inmersa en la presencia del Señor, que mi vida se había transformado en una Eucaristía permanente, sin límites temporales o espaciales, flotando en el círculo del día y la noche y elevando mi alma al la fuente del delicioso néctar que mana del pecho de mi Amado.

Te doy gracias, queridísimo Dios mío, por todo lo que me has dado hasta el día de hoy, especialmente por haber podido pasar tantas horas en tu casa, en compañía de aquellos que lo han dejado absolutamente todo por seguirte. Te pido que me permitas volver a tener este gozo, para así fortalecerme en mi fe y aprender a entregarme del todo a Ti, haciendo tu Voluntad en cada instante de mi vida. Te amo, Rey mío.

"Me saciarás de gozo en tu presencia" (Salmo 15).

Comunidad de Sitios Católicos
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