Una cuestión de amor

La experiencia de una joven enamorada de Cristo.

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Nombre: María de Betania
Lugar: Salamanca, Castilla y León, Spain

8.2.06

Salomón y la reina de Sabá

Esta mañana he oído misa en el pueblo. Como estaba esperando que llegara el instrumento que utilicé para el concierto del pasado sábado, no podía alejarme mucho de la zona, con lo cual quedaba excluida la posibilidad de bajar a la iglesia de los carmelitas. A las nueve y veinticinco he salido de casa y me he subido a mi coche, cuyas lunas estaban cubiertas por el caprichoso encaje de la escarcha nocturna, que en su fantasía había dibujado figuras de arabescos, tallados por la mano de la noche en el cristal. Un par de minutos más tarde cruzaba el umbral de la puerta de la iglesia. Su tejado estaba coronado por un nido de cigüeñas, y las aves que lo ocupaban se hacían tiernos arrumacos de enamorados en el fresco de la mañana. Sonreí al verlas y pensé: "gracias, Señor, por habernos dado la naturaleza y mostrárnosla cada día en todo su esplendor". El sol brillaba con el tono dorado y puro del invierno, y la piedra de Villamayor de los edificios resplandecía alegre, como entonando un cántico de alabanza a Aquel que la formó al principio de los tiempos en las entrañas de la tierra.

Me senté en mi sitio habitual, en la fila de la izquierda, hacia la mitad de la hilera de bancos. Tras un rato de oración amorosa, en la que se desbordaban las palabras inflamadas hasta llegar un momento en que éstas ya no me eran necesarias para expresarle mis sentimientos a mi Amado, abrí mi libro de Lectio Divina, que suelo emplear a diario para meditar sobre las lecturas de la misa. Hoy me llamó profundamente la atención la primera de ellas, que narraba el episodio de la visita de la Reina de Sabá a Salomón. Esta mujer había viajado desde lejos con la intención de comprobar si era cierto lo que se decía de la sabiduría del rey de Israel. Tras ponerlo a prueba proponiéndole unos enigmas, que él resuelve sin problemas, y observar cómo todo lo que concierne a su reinado brilla con un magnífico esplendor, se queda maravillada y exclama: "era verdad lo que yo había oído en mi país acerca de ti y de tu sabiduría. Yo no quería creerlo, hasta que he venido y lo he visto con mis propios ojos; pero veo que no me habían dicho ni la mitad. Tu sabiduría y tus riquezas superan la fama que había llegado a mis oídos. ¡Feliz tu gente, felices tus servidores que están siempre a tu lado y escuchan tu sabiduría! ¡Bendito el Señor, tu Dios, que ha tenido a bien sentarte en el trono de Israel! Por su amor eterno a Israel, te ha constituido su rey, para administrar el derecho y la justicia".

Cerré mis ojos, dejé el libro en el banco y me sumí en mis reflexiones acerca de este fragmento de la Palabra. Me vi reflejada, y conmigo a toda la Iglesia, en el rey Salomón. En las últimas semanas, varias personas se me han acercado, tanto en la vida real como en la virtual, llevadas por la curiosidad que les despiertan tanto mi testimonio oral o escrito de mi vida religiosa, como la alegría interior que se desprende de mí constantemente. Esta gente me llena de preguntas, me abre su corazón y se declara más o menos abiertamente en búsqueda, ansiando que el Señor también llene sus vidas, como lo ha hecho con la mía. Y yo desearía que todo lo que les resulta tan atrayente en mi actitud sirviera para que, con la Reina de Sabá, alabaran al Señor, mi Dios.

Si nos dejamos guiar por la única sabiduría verdadera, que es la que se derrama en nuestros corazones cuando nos abrimos a la dulce invasión del Amor de Dios, todo lo que nos rodee resplandecerá como lo hizo el reinado de Salomón. El que realmente vive en Cristo debe no sólo poseer la riqueza de su Amor, sino también mostrarlo al mundo para que éste se maraville y crea en Él. No nos escondamos: proclamemos con nuestras palabras, nuestras obras y todo nuestro ser la alabanza a nuestro Amado. Anunciemos las proezas que hace con su brazo y las obras grandes que realiza cada día por nosotros, como rezamos en el Magnificat. Actuemos de tal manera que la Iglesia entera se alce incólume como estandarte que lleve a todos los hombres la noticia de la salvación.

Amor mío de las alturas: te pido que nos envíes tu gracia para que así permanezcamos con un corazón puro y firme en la sabiduría que nos regalas. Que todos los que te seguimos ignoremos los fuegos fatuos de lo que no eres Tú, para dejarnos guiar únicamente por tu Luz. Te ruego que abras los corazones de los que aún no se deciden a bendecirte, para que vean y crean que Tú eres nuestro Dios y disfruten así de la indescriptible felicidad que experimentamos los que ya gustamos de tu Amor en este mundo, uniéndose a través de ella a Ti por toda la eternidad.

"La alabanza y la gloria y la sabiduría y la acción de gracias y el honor y el poder y la fuerza son de nuestro Dios, por los siglos de los siglos" (Apocalipsis 7).

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