Una cuestión de amor

La experiencia de una joven enamorada de Cristo.

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Nombre: María de Betania
Lugar: Salamanca, Castilla y León, Spain

13.2.06

Una cruz en el camino

Cuando la tarde empezaba a caer, he cogido mi bicicleta y me he aventurado por las carreteras salmantinas. Sombras alargadas, como dibujadas con tiralíneas, se proyectaban sobre la calzada al acariciar el sol invernal las hierbas de las márgenes. Las aguas del río, extrañamente oscuras, eran peinadas por la represa que aún quedaba junto al molino abandonado, cuyo tejado hundido lanzaba al viento sus gemidos de la gloria de épocas lejanas. Bandadas de jilgueros levantaban el vuelo acompasadamente, como miembros de una orquesta que tocara en la gran sala de la naturaleza, y una cigüeña me miraba desde lo alto de su nido, alargando su cuello a un cielo teñido de reflejos dorados y aromas inciertos. Pedaleaba en silencio, inmersa en una soledad que resonaba en la pared rocosa que bordea el Tormes, y que parecía escapárseme flotando al llegar a los suaves perfiles de los campos de encinas, que ondulaban entre una incipiente neblina crepuscular.

Fui dejando atrás fábricas humeantes y granjas de enjalbegadas paredes, en las cuales veía deslizarse fugaz la silueta que formábamos mi bicicleta y yo. La carretera saltaba alegre de loma en loma, serpenteando en el infinito de los campos. A ambos lados, los surcos de la tierra refulgían con el tono rojizo de la arcilla, pareciéndome como si el arado hubiera hecho saltar su sangre al arañarla, cubriendo más tarde la herida con un atisbo de hierba reciente.

Ya llegando a Florida de Liébana, mi vista reparó en una cruz de piedra, que se erguía solitaria sobre su pedestal de roca, no muy lejos del arcén. Paré, saqué mi cámara de fotos y tomé unas cuantas instantáneas. Cuando hube terminado, proseguí mi camino. Me preguntaba quién habría erigido aquella cruz, con qué motivo y en qué época. Mi imaginación me transportaba a tiempos pretéritos, ocultos tras la sombra azulada del olvido, en los que los habitantes de aquellas tierras habían grabado los signos de su devoción con martillo y cincel, para después colocarlos como señuelo de caminantes. Pensaba en cuántas veces se habrían detenido las miradas de los viandantes en la rugosa superficie de la roca, a duras penas domada por el hombre, despertándose un sentimiento piadoso en su interior que les llevara a musitar una o dos oraciones al Padre Eterno. Y yo misma comencé entonces, como llevada por una intuición ancestral, a recitar el Padrenuestro muy despacio, saboreando sin prisas cada frase, viendo cómo mi oración se fundía con los campos del ocaso en un abrazo ajeno al paso del tiempo.

Impulsada por el rítmico oscilar de los pedales de mi bicicleta y embebida en la quietud del paisaje, meditaba sobre la belleza de la creación, recordando la charla que había mantenido esta misma mañana con mi amigo, el prior carmelita: hablábamos sobre aquellas actitudes religiosas que rechazan absolutamente todo lo relativo al mundo, al contraponerlo al culto a Dios. Si bien es cierto que no debemos deificar lo creado, no lo es menos el que el menospreciarlo sea, a mi entender, una falta de respeto a Aquel que nos lo ha regalado. Él lo ha hecho todo para obsequiárnoslo porque nos ama, y lo ha hecho bello porque Él sólo sabe hacer de esta manera las cosas: reflejando en ellas su esencia.

Te pido, Señor, que en nuestras almas nunca cese nuestra alabanza y acción de gracias a Ti por este mundo tan hermoso que nos has dado. Muéstranos, Amado mío, cómo hemos de habitar en él, para no empañar el resplandor de ese amor que te ha hecho crearlo. Ilumina, mi Rey querido, a los que viven en sombras de muerte y no perciben tu Presencia en cada fragmento de la creación. Y que tu Espíritu guíe siempre nuestros pasos por el camino de la paz.

"Eres digno, Señor, Dios nuestro, de recibir la gloria, el honor y el poder, porque tú has creado el universo; porque por tu voluntad lo que no existía fue creado" (Apocalipsis 4).

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