Nubes grises
Esta mañana me ha despertado el canto de un mirlo, como anuncio de la primavera, que ya está cerca, y del alba en ciernes. Sus gorjeos puros y solitarios evocaban aquellos años que pasé, siendo todavía una adolescente, de estudiante en Hungría. Allí fue donde con más frecuencia pude recrearme en la bella música de este pajarillo negro de pico anaranjado. Cantaba en la soledad de los bosques de Buda, impregnados del aroma de las lilas y de la flor del saúco, y rebosantes de verdor y misterio. La fronda crecía allí salvaje, cubriendo a borbotones las colinas de la ciudad, alimentada por las abundantes lluvias y nieblas que subían desde el cauce del imponente y majestuoso Danubio. Budapest era una ciudad de dos colores: el verde de su vegetación y el gris de sus cielos. Y ese último color es el que me ha regalado el Señor en este día, ofreciéndome un paisaje cubierto de nubes grises que se arrastran sobre los sedientos campos.En la vida hay días de sol radiante, en los que todo es calor y luminosidad, y también jornadas de cielo plomizo, cuyo cobertor de algodonosa oscuridad no deja adivinar la presencia de la luz que nos ilumina. Mis últimas semanas han transcurrido bajo esa espesa capa de nubes, que en ocasiones se han transformado en auténticos nubarrones de tormenta. He vivido entre el dolor y el malestar, tanto físico como espiritual. El Señor ha querido hacerme vivir mi penitencia cuaresmal de una manera que yo no he podido mantener controlada, como en cambio sí es posible hacerlo con las mortificaciones que cada uno se impone a sí mismo. Mis migrañas, con todos los síntomas que acompañan al dolor de cabeza, me han sacudido (y aún lo hacen) con violencia, hasta dejarme prácticamente inútil para cualquier tarea. Pero lo peor de todo ha sido el robo de mi equipaje la noche del pasado viernes al sábado. Ocurrió en el autobús que me llevaba de mi ciudad a la capital, donde al día siguiente tenía que impartir un curso. Alguien sacó mi maleta del portaequipajes de la parte baja del vehículo (no sé si aún en la estación de autobuses de origen, en la brevísima parada que efectúa en Príncipe Pío o en la llegada a la terminal). Al llegar a Madrid y dirigirme a recoger mis pertenencias, comprobé con espanto que éstas habían desaparecido. La angustia se apoderó entonces de mí, ya que en mi equipaje llevaba objetos de gran valor personal, si bien no económico: unos apuntes tomados durante los seis años que llevo trabajando en mi conservatorio; una partitura cuya portada incluía un retrato de Liszt, hecho por mí misma a lápiz hace catorce años, y, sobre todo, un tríptico de iconos que me había regalado mi gran amigo, el prior de los Carmelitas, y que lo había acompañado en su vida durante mucho tiempo. El resto de las cosas (mi Diurnal, un libro de la Lectio Divina para el tiempo de Cuaresma, ropa y cachivaches diversos) no me importaba tanto, porque se podían volver a adquirir, pero éstas que acabo de detallar eran insustituibles para mí, a la vez que completamente carentes de valor para el ladrón (pido al Señor para que le perdone por este pecado y por que la lectura de esos libros religiosos que han caído en sus manos remueva su conciencia y le ayude a emprender un camino de conversión).
Mi reacción ante la pérdida fue de impotencia y desesperación. Aunque sabía que si el Señor había permitido que eso sucediera era por mi bien, probablemente para curarme de ciertos apegos a lo material (no por su valor económico, sino por el sentimental), mi alma, débil hasta el extremo, se rebelaba y gemía. Más tarde lamentaría mi comportamiento de "niña mimada a la que le han quitado su juguete", pero en esos momentos no pude evitarlo. El gran disgusto, expresado en forma de llanto y descontrol emocional, me atenazaba. Ciertamente, el comprobar mi falta de sosiego y paciencia ante el golpe sufrido fue duro, porque revelaba la miseria del ser humano cuando se ve en las dificultades y aún no está todo lo cerca de Dios que debiera como para agarrarse a Él y soportar la penuria. Ahora, unos días después, veo que me estuvo bien el sufrir este desgraciado episodio, porque me ha hecho ser más consciente de mi fragilidad y me ha convertido en una persona más humilde (algo que necesito de veras y en lo que aún tengo que dejarme pulir mucho por el Señor). Es lo que declara S. Pablo: "para que la grandeza de las revelaciones no me exaltase desmedidamente, me fue dado un aguijón en mi carne, un mensajero de Satanás que me abofetee, para que no me enaltezca sobremanera; respecto a lo cual tres veces he rogado al Señor, que lo quite de mí. Y me ha dicho: 'bástate mi gracia; porque mi poder se perfecciona en la debilidad'. Por tanto, de buena gana me gloriaré más bien en mis debilidades, para que repose sobre mí el poder de Cristo. Por lo cual, por amor a Cristo me gozo en las debilidades, en afrentas, en necesidades, en persecuciones, en angustias; porque cuando soy débil, entonces soy fuerte" (2 Corintios 12, 7-10). Al hacer de verdad mío este pasaje del Nuevo Testamento, he comenzado a sentir de nuevo esa alegría interior que me da el saberme querida por mi Amado, cuyo poder admiro y ante el cual caigo rendida de amor y sumergida en permanente alabanza. Cada uno de nosotros somos especiales para nuestro Dios, y Él nos trata con mano amorosa de padre, procurando que siempre nuestros pasos discurran por sus caminos, que suelen estar colmados de su dulzura. No obstante, un padre debe aplicar en ocasiones un correctivo (que puede resultar doloroso en el momento) a sus hijos, si ve que éstos lo necesitan para no caer en un peligro mayor. Mi queridísimo Señor ha hecho esto conmigo, y lo acepto con cariño porque reconozco que ha sido por mi bien. Le pido que me dé fuerzas para que poco a poco vaya soportando mejor las privaciones de todo lo que no es Él, para así buscarlo con más intensidad y no desear más que el reposar eternamente en el lecho de su Amor divino.
Mientras escribo esta entrada, el día se ha ido despejando y la mañana se ha cubierto de claridad y transparencias soleadas. Igualmente, en los últimos días, las nubes grises de mi cielo espiritual se han ido disipando poco a poco, dejando tras ellas el resplandor bellísimo de ese "Sol que nace de lo alto", del que nos habla el Benedictus que rezamos en Laudes. Y ya siento cómo caldea el aire sosegado de mi alma, que lo contempla en soledad y silencio, en amorosa quietud y paz.
"Por la entrañable misericordia de nuestro Dios, nos visitará el sol que nace de lo alto, para iluminar a los que viven en tinieblas y en sombra de muerte, para guiar nuestros pasos por el camino de la paz" (Lc 1, 78-79).




