Una cuestión de amor

La experiencia de una joven enamorada de Cristo.

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Nombre: María de Betania
Lugar: Salamanca, Castilla y León, Spain

17.3.06

Los gozos de Dios

En los últimos días, mi oración ha ido alternando momentos sequedad con otros en los que el Señor me ha llenado de gozo, inflamando mi alma e inundándola de una felicidad tal, que parece que me va a hacer estallar de amor de repente. Me bendice con sus suavidades, en ocasiones verdaderamente arrebatadoras. A veces no sé si es mi corazón el que retoza dentro de mí en su Presencia, o es mi Amor de las alturas el que me sonríe alegre desde ahí. Puede ser que sean las dos cosas juntas, porque nuestro Amado habita en el centro del alma, y no nos es posible experimentar semejante impulso amoroso si Él no lo inicia.

No sólo vivo esta invasión súbita del Amor de Dios cuando estoy orando en la capilla o en mi oratorio doméstico, sino que nuestro Señor me la envía con frecuencia cuando escribo sobre Él, bien sea en el blog o cuando les envío correos de carácter religioso a mis amigos, de tal manera que esta tarea se convierte en verdadera y espontánea oración. Lo cierto es que en mi vida había imaginado que se pudiera sentir algo así, hasta que comencé a experimentarlo durante mi estancia en Hungría el pasado mes de mayo. Y, después de diez meses, me veo aún más encendida en el Señor, atraída por la dulzura de sus deleites, que me otorga cuando más descuidada estoy. El mero hecho de pensar en Él me arrebata, como si mi pecho se fuera a deshacer de un momento a otro en oleadas de un calor que abrasa dulcemente. Es muy difícil describir esta sensación, pero lo cierto es que recorre mi interior hasta invadirme por completo, haciéndome sentir traspasada de amor por Él. Daría todo lo que tengo en la vida por estos instantes de goce absoluto. No hay nada comparable a ello. Ningún placer de este mundo se le acerca. Si el alma se ve de este modo imbuida en Dios, ¿qué interés va a tener en los pequeños sucedáneos de felicidad con que se contenta la mayor parte de los hombres? Todo es fútil al lado de la plenitud que nuestro amadísimo Señor nos confiere. Ya no quiero esos placeres vanos: sólo deseo disfrutar de Él, y sé que lo haré algún día por toda la eternidad, si me sigo abandonando en su Amor.

Hoy me ha resonado en mi interior especialmente el primer capítulo del Cantar de los Cantares: "que me bese con besos de su boca. Son mejores que el vino tus amores, exquisito el olor de tus perfumes, tu nombre es aroma que se expande, por eso te aman las doncellas. Llévame contigo, ¡corramos! Condúceme, rey mío, a tus estancias, para alegrarnos y gozar contigo, y celebrar tus amores más que el vino. Por algo se enamoran de ti!" Nuestro Amado ha impreso con letra viva estas palabras en mi corazón, revelándome todo su significado y haciéndomelo vivir intensamente. Le amo y le amaré todos los días de mi vida. No deseo otra cosa: sólo perderme en sus brazos y dejarme invadir por Él para que me llene de su Espíritu vivificante. Únicamente podemos sentirnos en plenitud si vivimos en total unión con Dios. ¡Cuánto me gustaría poder despojarme por completo de todo lo que en mí obstaculiza la entrada de su Amor! Confío en Él, en su misericordia y en su gracia, que obrará en mí lo que yo con mis fuerzas soy incapaz de hacer. En este sentido, desde hace algún tiempo vengo pensando en que la santidad es, en realidad, algo muy simple: basta con dejarse hacer por el Señor, sin poner barreras a su acción purificadora. Pero nuestra soberbia y nuestra falta de fe nos hacen aferrarnos a nuestras falsas seguridades humanas, y tratamos de conseguirlo todo por nosotros mismos, olvidándonos de que nada es posible sin Dios. Yo misma le pido a mi Amado que me ayude a deshacerme de esa tendencia a la desconfianza, para así poder entregarme plenamente a Él en todo momento y abandonarme en su regazo.

Mientras escribía a mi amigo, el prior de los carmelitas, me ha surgido el deseo de plasmar mi vivencia en un pequeño poemilla intrascendente, así que he interrumpido mi correo y he escrito estos versos:


Dime, Señor, qué es este fuego
que me colma, que me inflama,
que me doblega en tu Amor
con suave ardor y toque tierno.

Dime, Señor, qué es lo que quieres
que yo haga, que yo viva,
que encarne en mi corazón
que con tanta dulzura hieres.

"Ven a mí -escucho en mi alma-,
que te ame, que te abrace,
que habite en tu interior
y tú conmigo en mis moradas."

Y yo me dejo, Amado mío,
que me beses, que me invadas,
que abras de mí el portón
a este inefable desvarío.


"Me llevó a la bodega, desplegando sobre mí su bandera de amor" (Cant 2, 4).

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