Curso del Carmelo Seglar
El pasado fin de semana estuve en un curso de formación del Carmelo Seglar, la orden a la que pertenezco, que tuvo lugar en Segovia y versó sobre la figura de la beata carmelita Sor Isabel de la Trinidad. El evento comenzaba el viernes por la tarde y finalizaba con la comida dominical. Así pues, el primer día me puse en camino con mi nuevo "bólido" (el anterior, al que hacía referencia en una entrada del mes de diciembre, ya duerme el sueño de los justos) hacia esa ciudad castellana, cuyo Alcázar se yergue majestuoso presidiendo como un capricho de torres puntiagudas y ecos fantásticos de otros tiempos la solemnidad de la vasta meseta. Y era precisamente muy cerca de dicho monumento donde iba a celebrarse el cursillo y donde teníamos reservado nuestro alojamiento: el convento de S. Juan de la Cruz. En este edificio, fundado por nuestro querido Santo, tiene su sede el Centro de Espiritualidad que lleva su nombre.
Era ésta la primera ocasión en que me alojaba allí. El verano pasado había estado dando una vuelta por esa zona, pero no había podido pasar más allá de la puerta del claustro porque eso está vedado a las visitas meramente turísticas, así que me limité a entrar en la iglesia, en la que se halla el sepulcro del frailecillo de Fontiveros, cuyo pequeño cuerpo contenía un alma grandísima, toda inflamada por esa "llama de amor viva" que el Señor había prendido en su interior. Ahora tenía la oportunidad no sólo de estar junto a la tumba de uno de los protagonistas de la historia de nuestra Orden, sino que podía pasear por el huerto que a él tanto le agradaba, sentarme a hacer oración en su cueva o meditar al pie del tronco reseco de un ciprés del que se dice que plantó él mismo y junto al cual solía sentarse a estar en trato amoroso con nuestro Señor. Por desgracia, el tiempo nos iba a resultar sumamente escaso para el abultado programa que nos esperaba, con la mayor parte del día ocupada en charlas, trabajo en común, rezo del Oficio Divino y Eucaristía, y no iba a poder sumergirme como me hubiera gustado en esa atmósfera de recogimiento a que invitaba la presencia espiritual del Santo. Espero poder volver en un futuro no muy lejano a vivir en ese centro unos días de retiro en completa soledad, al igual que hacen no pocas personas de cualquier edad, sexo o estado de vida durante todo el año.
El primer día sólo tuvimos las Vísperas y la cena como actividades comunitarias. Éramos algo más de veinte hermanos del Carmelo Seglar, venidos de las comunidades de Salamanca, Ávila, Medina del Campo, Palencia, Segovia, Logroño y Madrid. Al día siguiente comenzamos las actividades de formación. Impartía el curso el P. José Vicente Rodríguez, OCD. Tuvimos dos charlas sobre la espiritualidad de Sor Isabel, una monja carmelita descalza que había sido pianista antes de entrar en el convento y que falleció a los veintiséis años de edad. Precisamente en este 2006 se cumple el centenario de su subida a la casa del Padre. Sor Isabel es una figura muy cercana para mí, no sólo por su espiritualidad, sino también porque me siento hermanada con ella a causa de nuestra actividad musical. Sus compositores preferidos eran Liszt, Chopin y Schumann. Al parecer, debía de tener bastante talento, a juzgar por las distinciones que recibió en el Conservatorio de Dijon, en el que realizó sus estudios. La sensibilidad que la caracterizaba queda patente en sus numerosos textos, de los cuales el más célebre es la llamada "Elevación" (¡Oh, Dios mío, Trinidad a quien adoro![...]). Sobre esta ardiente oración tuvimos que realizar un trabajo en grupos de cuatro o cinco personas, que se expuso en la sesión de la tarde, precediendo al comentario del P. José Vicente, que mantuvo al auditorio en atenta actitud de escucha en todo momento con su estilo de ponente claro y ameno. La jornada terminó con una reunión en una sala en la que había un televisor enorme, en el cual pudimos ver dos documentales: uno sobre el convento en el que nos hallábamos y otro sobre Sta. Teresita de Lisieux. Este último me emocionó hasta tal punto que, en el esfuerzo de contener mis lágrimas, me despisté con unos folios que tenía que repartir y por poco armo un buen lío.El domingo recibimos la última de las charlas de formación. Posteriormente, nos reunimos los hermanos junto con la Superiora Provincial para comentar ciertos aspectos de la marcha de las diversas comunidades. Antes de concluir esta reunión, tras la cual tendría lugar la Eucaristía, la Presidenta de mi comunidad y el P. Gratiniano Turiño (el Provincial de la Orden, que se había unido a nosotros en el transcurso de la mañana), me animaron a hablar, al ser yo nueva en este tipo de encuentros. Al principio no sabía qué iba a decir, y empecé simplemente expresando lo positiva que me había resultado la experiencia. Pero, más tarde, me invadió el ímpetu irresistible de la predicación y me vi empujada a exhortar a los hermanos a que cumplieran con el mandato de Jesús de extender el Reino de Dios, y lo hice apremiándolos a dar testimonio. "No es sólo una cuestión de ser testigos con nuestras obras, que es algo fundamental, sino también con nuestras palabras. Ya es hora de hablar valientemente de Cristo, de mostrar a los que nos rodean nuestra profunda alegría por lo que estamos viviendo en nuestros corazones. Si estamos realmente enamorados de Él, debemos dejar traslucir nuestro entusiasmo espontáneamente, sin ocultarlo porque sea "políticamente incorrecto". También los apóstoles fueron atacados en su tiempo a causa de la demostración pública de su fe y jamás callaron, llegando incluso a pagar con su vida por ello. No tengamos miedo y vivamos nuestra obligación de apostolado no sólo por ser carmelitas seglares, sino por ser, simplemente, cristianos". Con toda sinceridad, he de reconocer que hasta yo misma estaba sorprendida de esta "homilía improvisada" que les había dirigido a mis hermanos de Orden, la mayoría de los cuales me sacaba por lo menos cuarenta años de edad. Pero lo cierto es que es algo que no pude evitar porque el fuego que siento dentro de mí me lleva a hablar con pasión de mi Amor de las alturas en todas partes y a todas horas. También a mis alumnos les hago numerosos comentarios referidos a mi fe, y nadie parece sentirse molesto por ello, sino todo lo contrario: muchos me preguntan y me animan a que siga contándoles estas cosas, impelidos por una sed no saciada de que alguien les hable de Dios. Les llama la atención que alguien cercano, a quien tratan desde hace varios años y conocen bien, haya dado semejante giro en la vida por una conversión repentina en la noche del 2 de abril del pasado año. Hace unos días, una alumna de último curso me dijo: "nunca habías sido tan feliz como ahora, ¿no?" Y a eso yo le contesté que, en efecto, desde mi "sí" definitivo al Señor me sentía colmada por una felicidad interior tan profunda y palpable, que ni los pequeños reveses de la vida la podían empañar.
Durante las charlas que pude escuchar fui tomando apuntes en una hoja de mi cuaderno. Mientras oía hablar de la relación íntima de la bella alma de sor Isabel con nuestro Amado, se me fue encendiendo el corazón hasta tal punto, que no pude sino comenzar a escribir en una hoja aparte lo que se me venía en esos momentos a la mente, y de ahí salió el texto que incluyo para finalizar esta pequeña crónica carmelitana. Lo subí hace tres días a un portal de espiritualidad en internet en forma de contribución anónima. Expresa lo que le pido a mi queridísimo Señor en estos momentos de mi vida, pero tal vez pueda servir a alguno de mis lectores a poner en palabras el profundo deseo de su alma.
UNA PEQUEÑA ORACIÓN
Gracias, Señor, por mostrarme en mis debilidades el camino a la humildad, para que cada vez repose con más confianza en Ti, Amor mío. Se me enciende el corazón de gozo al ver cómo te ocupas de mí y enderezas mi alma, Amadísimo mío. ¡Te quiero tanto!
Eres mi delicia, Rey mío, y te encargas de hacerme sentir colmada de tu Presencia, de esa llama de amor que es tu Espíritu. Te adoro y levanto mis manos hacia Ti, alabándote y amándote hasta la muerte.
Quiero ser tu esposa, Amado mío, y entregarme dulcemente a tu delicada caricia de Amor, donde no existe el miedo, donde no entra la oscuridad, donde el tiempo se para eternamente. Quiero ser tu Sagrario vivo, Amor mío de las alturas. Ven a mí y quédate en mi alma, y que en ella habites solamente Tú.
Tengo necesidad de tu Amor, y te grito: "¡quiéreme!", aunque sé que no necesito implorar tu atención amorosa porque Tú me la das gratuitamente. ¡Es tal la sed que tengo de Ti! Te lo suplico: ¡ayúdame a amarte cada vez más, a entregarme del todo!
Hazme digna de llamarte "mi Amado", borrando de mi corazón y mi mente todo aquello que no seas Tú. Abre mi alma para que sólo tenga oídos para Ti, Amor mío. Transforma el ruido de mi vida en silencio para poder escuchar tu Palabra. Penetra mi interior con tus enseñanzas y enciende en mí la llama de tu Amor. Que sólo tu Luz me guíe.
Que reconozca siempre cómo me hablas a través de mis debilidades, que ansíe la gracia que me libra de mi pecado. Sólo Tú me puedes salvar, atraerme a Ti, llevarme a tu regazo y fusionar mi corazón con el tuyo. Sé que es gran atrevimiento, pero no puedo evitar pedirte que me unas por completo a Ti, pues no deseo otra cosa. Si permanezco fuera de tu Ser amante, me muero.
Señor mío, te amo.
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