Mi primer "cumpleaños"
Hace un par de meses, mi gran amigo, el prior de los carmelitas, me hablaba de la costumbre que tenían en la época de su noviciado de contar los años que tenía una persona considerando no cuándo había nacido a este mundo, sino a su vida religiosa. Pues bien: hoy celebro mi primer "cumpleaños". Hace exactamente trescientos sesenta y cinco días de la muerte de Juan Pablo II y de mi fulminante conversión. Y, al igual que lo hiciera al llegar a los nueve meses de tal acontecimiento, voy a examinar en esta bitácora mi trayectoria espiritual desde ese instante.Recordemos que ese dos de abril de 2005 estaba yo siguiendo, al igual que hacían millones de personas en todo el mundo, las noticias que llegaban de la agonía del Santo Padre. Me impulsaba a ello una mera curiosidad humana, ya que yo no era practicante y mi fe era demasiado débil y servil como para poderme considerar una auténtica creyente en Dios Uno y Trino (por lo menos según lo vi poco después al ser "derribada del caballo" por el Espíritu del Señor, al más puro estilo de Saulo de Tarso). Aún puedo situarme con toda claridad en el umbral de la puerta que une la cocina y el comedor de mi casa, con los platos que estaba recogiendo tras la cena en las manos, escuchando en lo más profundo de mi alma la llamada penetrante de Cristo, que me interpelaba seductor a través de su siervo Juan Pablo II para que lo dejara todo (mis miedos, mi egoísmo, mis costumbres perniciosas, mi tibieza y los respetos humanos), tomara mi cruz y lo siguiera. Mi Pastorcito le tendía una mano a esta oveja descarriada, que había sido yo durante los últimos ocho años de mi vida, para que se decidiera a volver al rebaño de su Iglesia. Al sentirme mirada con tal cariño por Él, caí rendida en sus brazos y me entregué toda en un dulce y embriagador acto amoroso, reclinando mi cabeza sobre su pecho (en el sacramento de la Reconciliación, que recibí al día siguiente) y bebiendo de la fuente de agua viva que me mostraba (la Eucaristía). Me envolvió en su Amor y me regaló con la miel de su gracia, que se derramaba en mi corazón generosamente, inundándolo de luz y caricias.
Algunas personas experimentadas me han estado advirtiendo desde esos primeros días que este idilio que vivía mi alma iría poco a poco sosegándose, de manera que no debía sorprenderme si dejaba de sentirme como una muchacha que acaba de ser besada por primera vez por su amado. Me he ido preparando para ese momento, pero lo cierto es que no sólo no se ha templado mi pasión, sino que ha aumentado hasta extremos insospechados, convirtiéndose en una auténtica y bellísima historia de amor entre mi Dios y yo.
En estos doce meses, mi Señor me ha concedido el inmenso regalo de saborear con fruición la Eucaristía diaria, a la que he faltado en contadísimas ocasiones cuando, muy a mi pesar, no me ha sido posible asistir una celebración por encontrarme de viaje o enferma. En total habré oído casi trescientas sesenta misas desde mi conversión, y éstas no sólo no me han resultado aburridas, sino que se han erigido en el acontecimiento cumbre de la jornada. ¡Soy tan feliz escuchando su Palabra, orando con toda la asamblea de los fieles y, sobre todo, recibiéndolo en la Santa Comunión!
El gusto por oración contemplativa ha sido otro de sus dones: los ratos que le dedico siempre se me hacen cortos, y no hay nada que me atraiga más que el poder sentarme a tratar de amores con mi Rey en silencio frente a su Sagrario o (si no puedo estar físicamente presente donde esté reservado el Santísimo) recogida con Él en el fondo de mi alma, en la cual mora. Oro porque me siento amada por Aquel que me ha herido con sus flechas, como describió Santa Teresa en su poema: "tiróme con una flecha enherbolada de amor, y mi alma quedo hecha una con su Criador". Y es que la oración es, también según nuestra Santa, "estar a solas con quien sabemos nos ama". Es ese mismo Amor que proviene de nuestro Dios el que me envuelve y me impulsa a corresponderle, haciendo del más pequeño acto de mi vida un quererle y un dejarme querer por Él.
Noto cómo en este año me ha ido purificando de las numerosísimas imperfecciones que presenta mi interior. Aunque aún le queda un trabajo ímprobo por realizar en mí, ya voy viendo cómo me saca de mí misma y me ayuda a entregarme a Él, tanto directamente como a través de los hermanos. Me alimenta con su Amor y éste se expande dentro de mi corazón, de tal manera que me veo empujada a dejar todo aquello que antes valoraba en mi vida (comodidad, seguridad, seguir las modas sociales imperantes, etc.) para ponerme al servicio de los más necesitados y hacerlo exclusivamente por Él. No me vanaglorio de mis actos porque sé que todo lo que tengo procede de mi Señor, y yo no soy más que un pobre e imperfecto instrumentillo que sólo desea poder dejarse utilizar por su Dueño y que no sirve para nada si no está en sus manos. ¡Si al menos no me resistiera a que Él me maneje con su divina habilidad...! Pero ni eso soy capaz de hacer yo sola, así que me abandono confiada en su misericordia para que Él perfeccione lo que a mí me resulta imposible con el mero auxilio de mis propias fuerzas.
No querría terminar esta entrada sin expresar mi agradecimiento a Juan Pablo II por haber entregado hasta el último instante de su vida a dar testimonio de Cristo, conformándose con Él hasta verse clavado a su lado en la cruz en su larga agonía: gracias, Santo Padre, por haberme servido de mensajero de la llamada de mi Señor. Pídele a nuestro Amado que nos siga bendiciendo con su sonrisa llena de ternura y que enderece nuestros caminos cuando nos apartemos de la senda que nos tiene reservada. Intercede ante Él por toda su Iglesia y, en especial, por tu sucesor Benedicto XVI, para que sepa guiarla con mano segura y corazón bondadoso, siguiendo en todo momento el dictado del Espíritu. Dile a mi querido Dios que nos haga comprometernos hasta la muerte con la expansión de su Reino de Amor y que no tengamos otro objetivo en esta vida que hacer su Voluntad. Ayúdanos desde ahí arriba, tú que estás ya disfrutando de la visión plena de la Trinidad, que tanto ansiamos. Y dile a María, a quien tanto amaste, que la queremos y que deseamos seguir sus pasos porque sabemos que Ella nos llevará a donde está su Hijo. Encomiéndanos a su maternal regazo y haznos dirigir nuestros ojos a su celestial belleza.
"Tú, Señor, has puesto en mi corazón más alegría que si abundara en trigo y en vino" (Salmo 4).




