Abismada en el Señor
Como ayer celebré el primer aniversario de mi conversión, puedo decir que hoy comienzo el segundo año de mi vida como seguidora de Cristo y miembro activo de la Iglesia Católica. ¡Soy tan feliz por vivir permanentemente sumergida en el Amor divino! Lo que estoy experimentando no podría haberlo imaginado jamás antes de aquel momento en que mi Señor extendió sus alas, me tomó y me llevó sobre sus plumas (parafraseando al Deuteronomio). No puedo ya concebir mi existencia tal y como era hasta ese instante, ni lo quiero hacer. He encontrado un tesoro en mi Dios, y no estoy dispuesta a perderlo. Antes preferiría morir que volverle mi rostro. Desde que el Señor ha puesto sus ojos en mí y yo le he devuelto la mirada, todo lo que me rodea me recuerda a mi Amor de las alturas, me hace sentir su Presencia y me impulsa a amarlo a Él y a mis hermanos. Si despojara a esas cosas de su esencia divina, perderían todo su fulgor y no tendrían sentido alguno para mí. ¡Qué vano es entregar nuestro tiempo, fuerzas e ilusiones a algo que se esfuma entre los dedos como ceniza que se lleva el viento de lo efímero! Sólo en Aquel que es inmutable debemos asentar nuestra vida. Deseo perderme en sus caricias, en su ternura, en su hálito amoroso... Mi Dios es lo único que quiero en mi alma, y le pido que arroje de ella todo aquello que no sea Él. Mi corazón sólo ha de ser habitado por la Trinidad: por ese Padre que nos crea y nos cobija en su cariño, por ese Hijo glorioso que nos tiende su mano humanísima desde lo alto de la Cruz y por ese Espíritu Santo que nos inflama con la llama de su Amor.Dios me ha llamado para que lo deje todo y lo siga. Y por Él quiero abandonar mi egoísmo, mi vanidad, mi falta de disciplina, mi pereza, mi impaciencia, mi orgullo, mi conciencia laxa, mi temor a comprometerme, mis excesivos apegos... Y así podría estarme citando durante mucho rato todos mis fallos, todas aquellas cosas que ocupan en mi interior el espacio que debería entregarle en exclusiva a Cristo como la más preciada de mis posesiones. ¡Cuánto le ruego a mi Señor que me libre de esas rémoras! Sé que Él lo hará, y reconozco que sólo así podré verme liberada de ese lastre, porque yo soy débil y no puedo arrancarme semejante carga con mis propias fuerzas. El camino a la santidad es un morir a uno mismo para que nuestro ser resucite en Cristo Jesús, un despojarse continuo de la vacuidad de los idolillos que nos creamos para que Dios nos renueve en nuestro interior. Y así, con el alma colmada de su Amor y vacía de todo lo demás, brillaremos en Él y permaneceremos unidos en su eterno abrazo.
Esta tarde pensaba que el Cielo ya ha comenzado para mí en esta vida. Día y noche permanezco entregada a Cristo, sumida en su contemplación y perdida para el mundo en su divino reposo. Si la eternidad es estar abismada en Aquel que nos ha amado antes de que fuéramos creados, yo ya estoy rozando el principio de esa vida eterna. Paso todo el tiempo recogida en el nido que mi Rey se ha hecho en el centro de mi alma, porque ésa es su alcoba, a la cual me ha llevado y en la que despliega ante mí sus artes amatorias. Me siento como la Amada del Cantar, dándome toda a mi Amado y renovando mi ofrenda de todo mi ser cada mañana, al despuntar el nuevo día.
¡Oh, Dios mío, cómo desearía que todos te conocieran, te abrieran las puertas de su alma y pudieran disfrutar de tus deleites! ¡Si pudiera hacer que se restregaran sus ojos, cubiertos de futilidad, intrascendencia y materialismo, para que cayeran de ellos las escamas que les impiden ver tu belleza! ¿Qué he de hacer, Amor mío, para llevar tu Luz, que has encendido y avivado en mí, a sus almas? Por favor, Rey mío, ten misericordia de todos tus hijos y llámalos con la insistencia con que lo hiciste conmigo, y no se podrán resistir más a tus encantos. Moldéame para que te pueda servir de instrumento en la construcción de tu Reino. Confórmame a Ti, para que no sean mis deseos lo que actúe en mí, sino los tuyos. Vive en mí, ama en mí, crea en mí... Soy tuya hasta la muerte y lo seré después de ella por toda la eternidad.
"Sólo en Dios descansa mi alma" (Salmo 61).




