La Vigilia Pascual
Es sábado por la noche. Acabo de llegar de la Vigilia Pascual, que ha tenido lugar en la iglesia de la urbanización en la que estoy pasando las vacaciones de Semana Santa. Dicho templo pertenece a un convento de monjas de la “Obra Misionera de Jesús y María”. Durante estos días he asistido a todos los oficios y he estado haciendo un rato de oración junto al Santísimo, que no estaba guardado en el Sagrario, sino en el Monumento. Es la primera vez en mi vida que presencio todos los ritos del Triduo Pascual, ya que el año pasado me convertí el domingo siguiente a la Resurrección del Señor, de modo que no tuve ocasión de tener esa experiencia. He vivido toda la semana de manera muy intensa, meditando la Pasión de nuestro amado Jesucristo y dejando que la Palabra de Dios calara en lo más hondo de mi alma tras oírla en la iglesia y releerla en casa en el libro de la Lectio Divina, que suelo emplear a diario. Por supuesto, la Liturgia de las Horas ha seguido dejando su poso en mí, como viene sucediendo desde que hace ya un año adopté la enriquecedora costumbre de rezar el Diurnal. Nuestro Rey me ha introducido plenamente en la vivencia de la Cuaresma y la Semana Santa, y no puedo sino alabarlo por esta gracia tan grande que me ha concedido.La celebración comenzaba a las nueve de la noche. El sacerdote bendijo el fuego con el que a continuación encendería el Cirio Pascual. Todos los feligreses íbamos provistos de unas velitas pequeñas, protegidas por unos cucuruchos de cartón que evitaban que la cera derretida cayera en nuestra piel, y que las monjas habían colocado a la entrada de la iglesia. Una persona prendió la mecha de su cirio en el que llevaba el cura y pasó la llama a otro de los fieles, el cual hizo lo mismo con su vecino, y así sucesivamente, hasta que todos tuvimos en nuestras manos un fragmento de esa luz bendita que simbolizaba a nuestro Amado, que resucitaba de entre los muertos en esta noche santa. La iluminación de la iglesia, que hasta entonces había permanecido apagada, se encendió, y todos escuchamos atentamente tanto las palabras que el sacerdote nos dirigía, como el Pregón Pascual, que uno de los asistentes cantó con potente y bella voz. Recordé cómo seis años antes había sido yo la encargada de esta tarea en ese mismo lugar. Por aquel entonces ya había dejado de asistir a la Eucaristía dominical y me había alejado por completo de la Iglesia. De aquella Vigilia no ha quedado gran cosa en mi memoria: tan sólo mis nervios por tener que cantar ante toda la asamblea algo que medio leía, medio inventaba (la partitura era complicada de descifrar). La celebración en sí pasó por mí sin trascendencia alguna, ya que no entendí absolutamente nada de lo que allí sucedía. ¡Qué felicidad poder disfrutar ahora tan profundamente de la Liturgia! Como ya he dicho con anterioridad, es otra de las gracias que el Señor me ha otorgado a partir de mi conversión. Alabado sea.
Tras el Pregón Pascual, pasamos a las lecturas, que fueron cinco: tres del Antiguo Testamento y dos del Nuevo (incluido el Evangelio). Me pidieron que saliera a leer la primera de ellas: el relato de la creación del mundo, del libro del Génesis. También tuve que proclamar el salmo correspondiente, y lo hice con gran gozo, ya que mi alma se sentía elevarse al cantar apasionadamente las alabanzas del Señor. Cuando hube terminado, me volví a mi sitio. Mi corazón sonreía y mi interior se veía arrebatado en un ímpetu suavísimo de amor por mi queridísima Trinidad: el Padre, que nos había creado y que nos había entregado a su Unigénito para nuestra salvación; el Hijo obediente, dócil Cordero de Dios, que reposaba en el sepulcro hasta que volviera triunfante del mundo de los muertos en el día más grande de la historia de la humanidad; y, por último, el Espíritu Santo, que nos fue enviado desde los cielos para inflamarnos en un Amor que libera, fortalece y nos va transformando para conformarnos a Cristo y unirnos a Él por toda la eternidad.
La homilía fue vibrante y sentida. En el recinto resonaba la voz elocuente del sacerdote, que parecía arder en amor a ese Dios cuya Resurrección conmemorábamos. ¡Qué hermoso es ver a un “trabajador de la mies del Señor” viviendo con tanta pasión el acontecimiento litúrgico! Y es que muchas de las palabras de las homilías se las acabará llevando el viento, por mucha erudición que contengan, mientras que el entusiasmo por nuestro Rey perdurará en nuestras memorias durante largos años. ¡Ojalá que todos nosotros, laicos y consagrados, prendamos fuego en los corazones de los hermanos con nuestra encendida alabanza a Aquel al que amamos sobre todas las cosas!
A continuación, pasamos a renovar las promesas del Bautismo. Era la primera vez que podía hacerlo desde mi conversión, así que fui respondiendo fervorosamente a cada pregunta, mientras la mirada de mi alma se posaba amorosa sobre mi Dios, al que afirmaba mi renuncia al pecado y mi fe en Él. Hemos sido consagrados por el Bautismo como hijos suyos y le hemos entregado nuestra vida, cada uno en el estado al que hemos sido llamados. Cada instante de nuestra existencia está cimentado en esa roca sólida que es nuestro Señor, y nada tiene ya sentido para nosotros fuera de Él. Recordé con pena a todos aquellos que, habiendo sido bautizados en el Espíritu Santo, han abandonado su fe con posterioridad (como, de hecho, me había sucedido a mí misma), y le pedí a mi Amado que siguiera llamando a la puerta de sus almas, insistiendo tanto como lo había hecho conmigo. Con semejante persuasión es imposible resistirse a abrirle y a dejarle entrar. Como Jesús mismo dijo: “el que me ama se mantendrá fiel a mis palabras. Mi Padre lo amará, y mi Padre y yo vendremos a él y viviremos en él” (Jn 14, 23). Si el Señor nos llama, abrámonos a Él por medio del amor, y veremos cómo cumple su palabra de hacer morada en nosotros. Y, ¿es que puede haber acaso algo mejor en esta vida que el sentirse habitado por Dios?
El resto de la celebración se desarrolló según el ordinario de la misa. Se realizó la primera consagración tras el Jueves Santo (en el oficio de ayer comulgamos con las formas procedentes de aquella Eucaristía). Tras la comunión me recogí en una gran paz interior para estarme allí quieta, en el fondo de mi alma, con mi Amor de las alturas. Y en esa paz seguí hasta mucho después de finalizar la Vigilia Pascual, mientras conducía de regreso a casa, escuchando música de Palestrina en la radio del coche, arropada por el silencio esmaltado de la noche, en el que la naturaleza dormida le susurraba al oído a su Creador sus amores, cristalizados en el rosario de trinos nocturnos que los ruiseñores desgranaban ocultos en la fronda mojada por la lluvia del atardecer.
“De día el Señor me hará misericordia, de noche cantaré la alabanza del Dios de mi vida” (Salmo 41).




