Carmelitas en Budapest
Mis lectores habrán notado que en los últimos días se ha producido un lapso
desacostumbradamente largo en la publicación de entradas en esta bitácora. La razón de ello no es sino el tremendo volumen de trabajo que estoy teniendo, tanto en el conservatorio como fuera de él (recitales en diversos lugares, que se llevan muchas horas de preparación y me obligan a emplear varios días en los desplazamientos). Como ando contando hasta los minutos de que dispongo para organizarme el escaso tiempo que tengo para estudiar, me temo que eso me obliga a posponer esta tarea de "testigo virtual de fe cristiana", que realizo con mucho gusto, pero que requiere disponer de hora y media a dos horas para cada nueva anotación. No obstante, espero que en los próximos días pueda dedicarme más frecuentemente a ello, si Dios quiere.
Una de las últimas ciudades que he visitado por motivos profesionales ha sido Budapest. En la capital húngara, que conozco muy bien por haber vivido allí durante cuatro años en mi época de estudiante, he pasado casi toda la Octava de Pascua (la semana que sigue al Domingo de Resurrección). La última vez que había estado en ese lugar, mi estancia había adquirido todas las características de un auténtico retiro espiritual: me alojaba en un piso en el que no había nadie más, tenía allí un piano para estudiar cuando quisiera y había una iglesia a tres minutos exactos de mi puerta. Con tantas facilidades, aquellos días me proporcionaron las primeras experiencias de la Presencia de Dios en mi alma, las cuales se han ido repitiendo frecuentemente hasta llegar a ser prácticamente una constante en mi vida. Fue en Budapest donde sentí arder con gran intensidad y por vez primera la llama de amor que Dios enciende en nosotros, y recuerdo que esta vivencia me asombró sobremanera, ya que no comprendía lo que me estaba pasando. Sólo sabía que tenía dentro de mí un auténtico incendio de pasión por mi Señor, algo que jamás hubiera podido ni siquiera imaginar antes de que me fuera dado vivirlo. Al recordar esa semana, tan ardiente en amores divinos, me estremezco, ya que ese fuego no sólo no se ha apagado, sino que el soplo del Espíritu lo aviva cada vez más. ¡Bendito y alabado sea Dios por ese inmenso regalo que me hace, sin merecerlo yo lo más mínimo!
En esta ocasión, no pude vivir un ambiente de retiro como el del año anterior (compartía piso con unos ex-alumnos), pero mis días en Budapest no estuvieron exentos de vivencias espirituales de gran belleza. Oía misa en la "Parroquia de Santa Teresa de Ávila" (no la había buscado ex profeso, sino que era la que más cerca estaba de mi alojamiento) y solía hacer mi oración allí o en otros recintos sagrados, como una capillita de la calle Vörösmarty ("Parroquia del Santísimo Sacramento") o la iglesia de los Servitas en la plaza del mismo nombre. He de confesar que experimentaba, como ya viene siendo habitual en mí, una sed acuciante de recogimiento en el Señor, que me llevaba a buscar a todas horas la soledad y el refugio de un oratorio en el que pudiera estarme en trato de amor con el Santísimo. Cuando no me era posible (por ser ya tarde) encontrar una iglesia abierta, me iba dando largas caminatas por las calles más solitarias de Pest (por fortuna, la ciudad es aún relativamente segura), mientras rezaba el Rosario o, simplemente, me dejaba caer en el regazo amoroso del Señor. ¡Qué necesidad de silencio ha imprimido mi buen Jesús en mí! Es curioso observar cómo las distracciones que necesitaba antes para encontrarme a gusto conmigo misma me resultan superfluas y hasta incómodas, puesto que donde hallo la verdadera felicidad es en el vivir en Dios, encontrándome con Él en donde el silencio y la soledad se funden: el centro de mi alma. Ahí puedo estarme con Él, amándolo y viéndome amada. No hay nada que se pueda comparar a esto, y cualquier deseo de algo que no esté en el Señor se esfuma rápidamente de mis pensamientos. Sólo en Él tengo puestos mis ojos, sólo en su Amor, sólo en su divina Presencia...
Los últimos días que pasé en la "Perla del Danubio" tuve la oportunidad de conocer a la comunidad de frailes carmelitas descalzos de Budapest. Me había puesto en contacto con ellos a través del correo electrónico, y el Provincial me había contestado invitándome a visitarlos. Dos de los hermanos asistieron al recital que ofrecí en la sala de la Antigua Academia de Música, y esa misma tarde me dirigí a su convento para disfrutar de una cena en el refectorio. Me recibieron con los brazos abiertos, como si me conocieran de toda la vida, y me colmaron de atenciones. Al acabar de cenar, pasamos a una sala que hay junto al comedor, y allí estuvimos charlando animadamente sobre montones de cosas: la Orden en España, el Carmelo Seglar, la situación de los frailes y monjas carmelitas descalzos en Hungría (las comunidades se han vuelto a formar a partir de la desaparición del Telón de Acero, ya que habían sido desmontadas por los comunistas en 1950), mi conversión, etc. Uno de los hermanos proyectó un par de presentaciones con el ordenador: una sobre la historia de la Provincia Carmelitana de S. Esteban (a la cual pertenecen) y otra que trataba de los últimos días de la vida de Juan Pablo II (ahí no pude evitar que se me saltaran las lágrimas de la emoción). Cuando ya se iba haciendo tarde, me acercaron a casa en coche, no sin antes invitarme a que al día siguiente me pasara otra vez por allí.
El domingo se celebraba una fiesta muy especial para mí: la de la Divina Misericordia. Como ya sabrán mis lectores, fue en la vigilia de ese día cuando se produjo mi conversión el año pasado, y esta devoción ha pasado a ser de tanta importancia para mí, que he decidido adoptarla como apellido religioso cuando me corresponda (en el Carmelo Seglar podemos cambiarnos el nombre al hacer las primeras promesas). Fue, sin duda, una gracia del Señor el que pudiese celebrar ese domingo con la comunidad de los carmelitas de Budapest. Oí misa a las diez y media, celebrada por el joven Provincial, tras lo cual tuvo lugar la exposición del Santísimo (que siempre me llena de gozo). A las doce comimos en el refectorio, en el que reinaba un ambiente festivo por ser ése el "día del nombre" (el equivalente húngaro a la celebración del santo) de uno de los hermanos. Al terminar, salimos al patio a hacernos unas fotos, a las que se unió incluso Dino, el perrillo de la casa. Uno de los frailes (que, por cierto, son casi todos bastante jóvenes) me estuvo enseñando la celda del padre Marcell, que está en proceso de beatificación. A las dos y media apareció por el convento la Presidenta Nacional del Carmelo Seglar húngaro, que quería conocerme. Pasamos más de dos horas charlando, y he de admitir que me dio materia para meditar durante meses. Es una mujer de gran carácter, ideas clarísimas y sólida espiritualidad. El poder conversar con ella fue, sin duda, otra de las gracias que el Señor me concedió en esos días. Cuando hubimos acabado, me uní a ella y a su comunidad en el rezo del Rosario, que tuvo lugar en la iglesia, delante del Santísimo expuesto. A eso de las seis menos diez me fui de allí, no sin antes haber recogido una bolsa llena de regalos que me hacía la comunidad de los frailes: libros, estampas, iconos, escapularios y hasta una insignia del Carmelo, que luzco con gran cariño en mi camisa. Me han invitado a que vuelva en noviembre a dar un recital de piano en su iglesia con motivo del centenario de la Beata Isabel de la Trinidad (que, como ya he mencionado en una entrada anterior, era pianista antes de entrar en el convento), así que espero que, si Dios ayuda a que estos planes se puedan realizar, nos volvamos a ver pronto.
Lo más bonito, sin duda, de toda esa experiencia con la comunidad de Budapest ha sido el encontrarme verdaderamente en familia. No en vano hablamos en la Orden de la "familia carmelitana", compuesta por los frailes, las monjas y los laicos del Carmelo Seglar. Los carmelitas somos todos hermanos, y así hemos de permanecer, independientemente del lugar en el que el Señor haya dispuesto para cada uno de nosotros. ¡Ojalá que Él siga colmando de bendiciones a la Orden de su querida Madre, la Virgen del Monte Carmelo, y suscitando vocaciones cada vez más numerosas a ella! No puedo sino darle gracias por haberme llevado a formar parte de esta familia, en la que encuentro tanto apoyo, cariño y fraternidad, y de la que me siento miembro hasta las últimas consecuencias.
Bendice, Señor mío, a todos tus hijos del Carmelo Descalzo, y en especial a mis hermanitos de las comunidades de Salamanca y Budapest, que me han dispensado una acogida tan entrañable. Acuérdate también de las monjas de Toro y Ledesma, a quienes tengo presentes en mi corazón constantemente. Protege a los hermanos del Carmelo Seglar de todo el mundo, ayudándoles a vivir este carisma contemplativo en medio de su quehacer diario en medio de la sociedad vertiginosa de nuestros días. Llévanos sobre tus plumas a todos los que vestimos el escapulario de tu Madre y no nos desampares jamás, que sin Ti no somos capaces de nada. Enciende nuestros corazones con el fuego de tu Amor, para que nuestras comunidades sean hogueras que calienten este mundo de gélido egoísmo, propagando el incendio de tu Buena Nueva. Y que tu Carmelo sea vehículo de santificación no sólo de sus miembros, sino del mundo entero.
"Ved qué dulzura, qué delicia, convivir los hermanos unidos" (Salmo 132).
desacostumbradamente largo en la publicación de entradas en esta bitácora. La razón de ello no es sino el tremendo volumen de trabajo que estoy teniendo, tanto en el conservatorio como fuera de él (recitales en diversos lugares, que se llevan muchas horas de preparación y me obligan a emplear varios días en los desplazamientos). Como ando contando hasta los minutos de que dispongo para organizarme el escaso tiempo que tengo para estudiar, me temo que eso me obliga a posponer esta tarea de "testigo virtual de fe cristiana", que realizo con mucho gusto, pero que requiere disponer de hora y media a dos horas para cada nueva anotación. No obstante, espero que en los próximos días pueda dedicarme más frecuentemente a ello, si Dios quiere.
Una de las últimas ciudades que he visitado por motivos profesionales ha sido Budapest. En la capital húngara, que conozco muy bien por haber vivido allí durante cuatro años en mi época de estudiante, he pasado casi toda la Octava de Pascua (la semana que sigue al Domingo de Resurrección). La última vez que había estado en ese lugar, mi estancia había adquirido todas las características de un auténtico retiro espiritual: me alojaba en un piso en el que no había nadie más, tenía allí un piano para estudiar cuando quisiera y había una iglesia a tres minutos exactos de mi puerta. Con tantas facilidades, aquellos días me proporcionaron las primeras experiencias de la Presencia de Dios en mi alma, las cuales se han ido repitiendo frecuentemente hasta llegar a ser prácticamente una constante en mi vida. Fue en Budapest donde sentí arder con gran intensidad y por vez primera la llama de amor que Dios enciende en nosotros, y recuerdo que esta vivencia me asombró sobremanera, ya que no comprendía lo que me estaba pasando. Sólo sabía que tenía dentro de mí un auténtico incendio de pasión por mi Señor, algo que jamás hubiera podido ni siquiera imaginar antes de que me fuera dado vivirlo. Al recordar esa semana, tan ardiente en amores divinos, me estremezco, ya que ese fuego no sólo no se ha apagado, sino que el soplo del Espíritu lo aviva cada vez más. ¡Bendito y alabado sea Dios por ese inmenso regalo que me hace, sin merecerlo yo lo más mínimo!
En esta ocasión, no pude vivir un ambiente de retiro como el del año anterior (compartía piso con unos ex-alumnos), pero mis días en Budapest no estuvieron exentos de vivencias espirituales de gran belleza. Oía misa en la "Parroquia de Santa Teresa de Ávila" (no la había buscado ex profeso, sino que era la que más cerca estaba de mi alojamiento) y solía hacer mi oración allí o en otros recintos sagrados, como una capillita de la calle Vörösmarty ("Parroquia del Santísimo Sacramento") o la iglesia de los Servitas en la plaza del mismo nombre. He de confesar que experimentaba, como ya viene siendo habitual en mí, una sed acuciante de recogimiento en el Señor, que me llevaba a buscar a todas horas la soledad y el refugio de un oratorio en el que pudiera estarme en trato de amor con el Santísimo. Cuando no me era posible (por ser ya tarde) encontrar una iglesia abierta, me iba dando largas caminatas por las calles más solitarias de Pest (por fortuna, la ciudad es aún relativamente segura), mientras rezaba el Rosario o, simplemente, me dejaba caer en el regazo amoroso del Señor. ¡Qué necesidad de silencio ha imprimido mi buen Jesús en mí! Es curioso observar cómo las distracciones que necesitaba antes para encontrarme a gusto conmigo misma me resultan superfluas y hasta incómodas, puesto que donde hallo la verdadera felicidad es en el vivir en Dios, encontrándome con Él en donde el silencio y la soledad se funden: el centro de mi alma. Ahí puedo estarme con Él, amándolo y viéndome amada. No hay nada que se pueda comparar a esto, y cualquier deseo de algo que no esté en el Señor se esfuma rápidamente de mis pensamientos. Sólo en Él tengo puestos mis ojos, sólo en su Amor, sólo en su divina Presencia...
Los últimos días que pasé en la "Perla del Danubio" tuve la oportunidad de conocer a la comunidad de frailes carmelitas descalzos de Budapest. Me había puesto en contacto con ellos a través del correo electrónico, y el Provincial me había contestado invitándome a visitarlos. Dos de los hermanos asistieron al recital que ofrecí en la sala de la Antigua Academia de Música, y esa misma tarde me dirigí a su convento para disfrutar de una cena en el refectorio. Me recibieron con los brazos abiertos, como si me conocieran de toda la vida, y me colmaron de atenciones. Al acabar de cenar, pasamos a una sala que hay junto al comedor, y allí estuvimos charlando animadamente sobre montones de cosas: la Orden en España, el Carmelo Seglar, la situación de los frailes y monjas carmelitas descalzos en Hungría (las comunidades se han vuelto a formar a partir de la desaparición del Telón de Acero, ya que habían sido desmontadas por los comunistas en 1950), mi conversión, etc. Uno de los hermanos proyectó un par de presentaciones con el ordenador: una sobre la historia de la Provincia Carmelitana de S. Esteban (a la cual pertenecen) y otra que trataba de los últimos días de la vida de Juan Pablo II (ahí no pude evitar que se me saltaran las lágrimas de la emoción). Cuando ya se iba haciendo tarde, me acercaron a casa en coche, no sin antes invitarme a que al día siguiente me pasara otra vez por allí.El domingo se celebraba una fiesta muy especial para mí: la de la Divina Misericordia. Como ya sabrán mis lectores, fue en la vigilia de ese día cuando se produjo mi conversión el año pasado, y esta devoción ha pasado a ser de tanta importancia para mí, que he decidido adoptarla como apellido religioso cuando me corresponda (en el Carmelo Seglar podemos cambiarnos el nombre al hacer las primeras promesas). Fue, sin duda, una gracia del Señor el que pudiese celebrar ese domingo con la comunidad de los carmelitas de Budapest. Oí misa a las diez y media, celebrada por el joven Provincial, tras lo cual tuvo lugar la exposición del Santísimo (que siempre me llena de gozo). A las doce comimos en el refectorio, en el que reinaba un ambiente festivo por ser ése el "día del nombre" (el equivalente húngaro a la celebración del santo) de uno de los hermanos. Al terminar, salimos al patio a hacernos unas fotos, a las que se unió incluso Dino, el perrillo de la casa. Uno de los frailes (que, por cierto, son casi todos bastante jóvenes) me estuvo enseñando la celda del padre Marcell, que está en proceso de beatificación. A las dos y media apareció por el convento la Presidenta Nacional del Carmelo Seglar húngaro, que quería conocerme. Pasamos más de dos horas charlando, y he de admitir que me dio materia para meditar durante meses. Es una mujer de gran carácter, ideas clarísimas y sólida espiritualidad. El poder conversar con ella fue, sin duda, otra de las gracias que el Señor me concedió en esos días. Cuando hubimos acabado, me uní a ella y a su comunidad en el rezo del Rosario, que tuvo lugar en la iglesia, delante del Santísimo expuesto. A eso de las seis menos diez me fui de allí, no sin antes haber recogido una bolsa llena de regalos que me hacía la comunidad de los frailes: libros, estampas, iconos, escapularios y hasta una insignia del Carmelo, que luzco con gran cariño en mi camisa. Me han invitado a que vuelva en noviembre a dar un recital de piano en su iglesia con motivo del centenario de la Beata Isabel de la Trinidad (que, como ya he mencionado en una entrada anterior, era pianista antes de entrar en el convento), así que espero que, si Dios ayuda a que estos planes se puedan realizar, nos volvamos a ver pronto.
Lo más bonito, sin duda, de toda esa experiencia con la comunidad de Budapest ha sido el encontrarme verdaderamente en familia. No en vano hablamos en la Orden de la "familia carmelitana", compuesta por los frailes, las monjas y los laicos del Carmelo Seglar. Los carmelitas somos todos hermanos, y así hemos de permanecer, independientemente del lugar en el que el Señor haya dispuesto para cada uno de nosotros. ¡Ojalá que Él siga colmando de bendiciones a la Orden de su querida Madre, la Virgen del Monte Carmelo, y suscitando vocaciones cada vez más numerosas a ella! No puedo sino darle gracias por haberme llevado a formar parte de esta familia, en la que encuentro tanto apoyo, cariño y fraternidad, y de la que me siento miembro hasta las últimas consecuencias.
Bendice, Señor mío, a todos tus hijos del Carmelo Descalzo, y en especial a mis hermanitos de las comunidades de Salamanca y Budapest, que me han dispensado una acogida tan entrañable. Acuérdate también de las monjas de Toro y Ledesma, a quienes tengo presentes en mi corazón constantemente. Protege a los hermanos del Carmelo Seglar de todo el mundo, ayudándoles a vivir este carisma contemplativo en medio de su quehacer diario en medio de la sociedad vertiginosa de nuestros días. Llévanos sobre tus plumas a todos los que vestimos el escapulario de tu Madre y no nos desampares jamás, que sin Ti no somos capaces de nada. Enciende nuestros corazones con el fuego de tu Amor, para que nuestras comunidades sean hogueras que calienten este mundo de gélido egoísmo, propagando el incendio de tu Buena Nueva. Y que tu Carmelo sea vehículo de santificación no sólo de sus miembros, sino del mundo entero.
"Ved qué dulzura, qué delicia, convivir los hermanos unidos" (Salmo 132).




