Una cuestión de amor

La experiencia de una joven enamorada de Cristo.

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Nombre: María de Betania
Lugar: Salamanca, Castilla y León, Spain

16.5.06

Entre los pucheros

Como sin duda habrán notado mis lectores, sigo con muchísimo trabajo y viajes. Además, y por si fuera poco, el asunto de la "ley orgánica 2/2006" (y los problemas que en un principio suscitaba) ha estado ocupando algo de mi ya de por sí escaso tiempo en la última semana. A este respecto diré que, tras una lectura detallada del farragoso texto de la citada ley, la situación no parece tan desesperada como hace unos días. No obstante, no estamos como para echar las campanas al vuelo, ya que hay muchas ambigüedades en el documento y, además, seguimos tan desprotegidos como antes de su publicación. Lucharemos hasta el final por lo que creemos que es justo: la estabilidad de nuestros puestos de trabajo y la calidad de la enseñanza de la música en el grado superior.

El fin de curso está resultado muy ajetreado con tantas clases y conciertos. Hay veces que el cansancio me puede y las tentaciones de aflojar el ritmo pugnan por hacerse oír en mi interior, así que tengo que hacer un verdadero esfuerzo por vencerme y entregarme al máximo en mis obligaciones laborales. No siempre es fácil seguir al pie del cañón, pero tengo un secreto para conseguirlo, aun en medio de constantes luchas: hacerlo todo, absolutamente todo por el Señor. Cuando me cuesta ponerme al piano porque en esos momentos la cabeza me estalla por la migraña, cuando las dificultades pedagógicas se acumulan en mis clases o cuando, simplemente, me tengo que poner en camino y recorrer varios centenares de kilómetros para dar un concierto, recuerdo las palabras de la oración que Jesús nos enseñó: "hágase tu Voluntad, en la tierra como en el cielo". Creo que, al menos de momento, lo que mi Padre eterno quiere de mí es que aproveche los dones con los que me ha bendecido y que han hecho de mí una profesional de la música, en las facetas de concertista y de docente. Me ha colocado en mi puesto de trabajo (que durará mientras Él quiera), me procura invitaciones para impartir cursos de perfeccionamiento y hace que me lluevan ofertas de actuaciones públicas y grabaciones. Y yo sé que, al menos por ahora, debo realizar lo mejor que pueda éstas tareas que Él me ha encomendado. Si las circunstancias cambian, si alguna vez veo que mi Señor me quiere en otros ámbitos u ocupaciones, lo aceptaré sin quejas y sin miedo, ya que me fío de Él porque sé que siempre me llevará por sus senderos hacia la verdadera felicidad, aquella que no depende de la bonanza económica ni del prestigio, sino del único Ser que puede otorgárnosla aunque las condiciones exteriores sean adversas: Dios.

Cuando estudio o actúo en público, cada nota que toco, cada silencio que flota en el fluir del discurso musical, cada emoción sentida al unísono con el compositor se los dedico a mi Amor de las alturas. Si la paz rebosa entre los pentagramas, ahí veo la callada alabanza de mi alma a Dios. Si las armonías se arremolinan turbulentas en pasajes de huracanado arrebato, mi corazón proclama con ellas la angustia del pecado y la consciencia de la debilidad del hombre, de su nada si no vive en su Creador. Los ojos de mi espíritu navegan entre sonidos en busca de mi Señor y todo mi ser, transido de amores, se arrodilla ante su grandeza y bondad. Así transcurren mis horas al instrumento, que han pasado de ser un motivo de vanagloria a convertirse en una oración sin fin. Comienzo invocando al Espíritu Santo para que me dé su sabiduría, tras lo cual recito alguno de los salmos que contienen referencias a la música, como por ejemplo: "tocaré para Ti ante las naciones" (Salmo 56), "tocaré en tu honor, fuerza mía, porque Tú, oh Dios, eres mi alcázar" (Salmo 58). O también: "es bueno dar gracias al Señor y tocar para tu nombre, oh Altísimo" (Salmo 91). A veces, cuando estoy en casa, quemo algo de incienso y escucho en mi interior ese versículo del Salmo 140 que dice: "suba mi oración como incienso en tu presencia". Todo me lleva a posar mi mirada sólo sobre mi Rey, y no sobre algo que esté fuera de Él, ya que sólo en mi Amado quiero deleitarme, sólo en Él deseo hallar mi consuelo y mi gozo.

Cuando doy clase y las circunstancias hacen que se volatilice la alegría que habitualmente siento al enseñar, recapacito y pienso que no estoy trabajando con uno de mis alumnos, sino con el Señor, a quien veo encarnado en el estudiante que necesita imperiosamente de mi pobre ayuda para salir victorioso de sus exámenes. De esta manera, contemplando a mi Jesús en la docencia, recobro las ganas de entregarme a mis discípulos y de hacer lo imposible para que aprendan a tocar un poquito mejor el piano (aunque a veces los resultados sean descorazonadores). Aquí también invoco al Espíritu para que me ilumine y sepa dar con lo que mis alumnos necesitan de mí, no sólo en el plano meramente profesional, sino también en el personal (con frecuencia me abren su corazón y me cuentan sus problemas, esperando un consejo o, simplemente, una palabra de apoyo).

Durante un tiempo me ha costado integrar mi actividad exterior en la vida contemplativa que llevo en la actualidad, pero últimamente he comprobado que la oración me lleva a hacer posible esa unión, que resulta difícil en apariencia, pero que mucha gente ha conseguido llevar a cabo con su perseverancia y la gracia de Dios. Santa Teresa de Jesús hizo referencia a ella en la famosa frase de: "entre los pucheros anda el Señor". Pues si puede encontrárselo entre semejantes artilugios de cocina, no creo que sea inverosímil hallarlo igualmente entre las teclas, cuerdas y macillos de un piano. Y lo cierto es que, a excepción de los días en que las tinieblas se ciernen sobre mi alma y obstaculizan toda sensación de Presencia de mi Amado en mí, me es sencillo ver a mi Divino Maestro y estarme con Él en medio de mis ocupaciones. ¡Alabado sea por la generosidad con que se nos regala y nos acompaña en todo momento!

Dios mío queridísimo: infunde tu Amor en mi alma, de modo que se propague por el mundo, cabalgando sobre las notas de mi música. Envíame siempre tu Espíritu para que me ilumine y me enseñe la mejor manera de ayudar a mis alumnos. Haz que el entusiasmo por tu Evangelio me lleve a proclamar mi fe y a difundir valientemente tu Palabra en mi ámbito laboral. Y que tu mirada tierna me haga recordar que todo lo hago por Ti y en Ti, Amado mío, para que me sepa negarme a mí misma y me entregue por completo a tu Voluntad mediante el desempeño de mi trabajo, dándote gloria hasta el final de mis días.

"Tañeré para mi Dios mientras exista" (Salmo 145).

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