Niños de Primera Comunión
El sábado pasado hizo la Primera Comunión mi primo, un niño de diez años de edad que, además, es mi ahijado. En un principio, yo asistía a esta celebración con buen ánimo, ya que considero que el recibir al Señor en la Eucaristía es algo fundamental para el cristiano y, sin duda alguna, un acto de enorme belleza y generosidad por parte de nuestro Señor, que no sólo se entregó por nosotros en el Calvario, sino que sigue haciéndolo cada día en la mesa del altar para que de Él obtengamos el alimento que nos lleve a la vida eterna. Por tanto, la noticia de que mi primillo iba a tener la oportunidad de acoger en su interior a Cristo Sacramentado me llenó de alegría cuando me fue comunicada. Inmediatamente comencé a pensar en qué debía regalarle, descartando automáticamente lo que, por desgracia, se suele dar en estas ocasiones: dinero, juegos para la consola, lectores de mp3, etc. Yo deseaba presentarle algo que estimulara en él el amor a Jesús, ya que creía que una ocasión así no debía convertirse en una orgía de materialismo que rayara en lo pagano, tal y como lamentablemente viene ocurriendo en los últimos años. Así pues, se me ocurrió regalarle una Biblia (él tenía ya un par adaptaciones para niños, pero no el texto original, que estaba perfectamente en condiciones de comprender y disfrutar), un misalito de Primera Comunión (sencillo, sin nácar ni nada por el estilo, sino más bien para uso diario) y un libro muy grueso con las vidas de los santos más relevantes de la Iglesia, concebido para niños y que huía de toda "beatería" y de leyendas que hoy en día ya nos resultan difíciles creer y que convierten a nuestros ejemplares predecesores en una especie de extraterrestres inalcanzables, en vez de ser modelos de un seguimiento a Cristo que es válido para todos y cada uno de nosotros en nuestro tiempo. Pues bien: al comunicarle a algunos de mis familiares mi elección respecto a estos regalos, recibí una lluvia de críticas por "ir contracorriente"; "quedar en ridículo"; "querer imponer mis creencias, que deben permanecer en la esfera de lo privado, a los demás"; "no darme cuenta de que la Primera Comunión es, hoy en día, más que nada un acontecimiento social, ya que la mayoría de los niños que la hacen ni siquiera vuelven a ir a misa". Y así un largo etcétera. No puedo negar que me dolieran los comentarios de mis seres queridos, pero permanecí firme en mi decisión y le obsequié con los objetos ya mencionados, a los que se añadió una medalla-crucifijo de oro que mi madre había sugerido como complemento, y a cuya compra accedí por lo que simbolizaba (no por su valor material). Me pareció, además, que si somos cristianos y tratamos de vivir con coherencia el Evangelio, debemos resistir a los ataques del mundo, vengan de quien vengan, y no abandonar al Señor a las primeras de cambio cuando nos critiquen. Yo ya había cometido con frecuencia este error antes de mi conversión, negando a mi buen Jesús más veces y con muchísima más gravedad que Pedro, y una de las resoluciones a las que el Espíritu me empujó aquel dos de abril de 2005 fue precisamente la de no volver a hacerlo jamás, aun a costa de ser "políticamente incorrecta", como ya he explicado en anteriores entradas de esta bitácora.Otro de los puntos en los que hubo desacuerdo fue en la forma en que debíamos ir vestidos a la ceremonia y posterior convite. Yo pensaba en un atuendo sencillo y digno, pero parece ser que la costumbre es ahora engalanarse como si se fuera a una boda (sobre estas celebraciones también habría mucho que decir, pero lo dejaremos para otro momento). Aunque expresé firmemente mi disconformidad con el hecho de que mi familia me hacía ponerme el mismo vestido que había usado el día en que había contraído matrimonio una amiga mía tiempo atrás, ahí sí que no me quedó más remedio que ceder para evitar una fuerte discusión familiar que hubiese agriado los ánimos, cosa que no convenía. Al llegar a la iglesia, vi que los asistentes vestían de manera muy diversa, pero la mayoría de ellos lucía sus mejores galas, de las que hacía ostentación ante la lluvia de flashes disparados por las cámaras digitales que surgían por doquier. A pesar de no ser, ni mucho menos, la única que se había vestido como para una recepción en palacio, no me sentía cómoda. De buena gana hubiese cambiado mi vestido por un hábito que expresara mi entrega a Dios y no a la vorágine materialista en que nos vemos absorbidos día a día, pero, ¡ay!, el Carmelo Seglar no tiene tal cosa, a excepción del escapulario que se nos impone el día de nuestra admisión en la Orden, y que no es más que dos trocitos de tela unidos por dos cintas (no una vestidura completa).
Ese día recibían al Señor nueve niños. La iglesia estaba bastante llena porque habían acudido a acompañarlos numerosos familiares y amigos. Entré en el templo y me senté con mis padres y demás familia enfrente del Sagrario. El bullicio ahí dentro era llamativo e irritante: la gente se comportaba casi como si, en vez de en un lugar sagrado, se hallara en un estadio de fútbol. En mi interior pensaba una y otra vez en lo olvidado que estaba mi querido Santísimo Sacramento en su "casita", donde nadie parecía hacerle caso ni percatarse siquiera de su presencia. Quería desagraviarlo ofreciéndole mi corazón para que pudiera sentirse acogido en él y así encontrar el cariño que la indiferencia de los asistentes le negaba. La ceremonia empezó con bastante retraso, ya que el sacerdote tuvo dificultades en imponerse para lograr el silencio necesario. Y aquí no me va a quedar más remedio que ser algo crítica con la actitud de este cura afable y de buena voluntad: me pareció que, en su loable esfuerzo por acercar la Liturgia al pueblo, la hacía tan "teatral", que la desfiguraba. La misa se parecía más a un programa para niños de la televisión (que, de por sí, siempre me han espantado, incluso en mi infancia, por tratar a los pequeños como si de personas descerebradas se tratara), que a lo que verdaderamente es: la renovación del sacrificio de Cristo, que se entregó por nosotros porque nos amaba. ¿Por qué no podemos hacer que la Liturgia se comprenda sin que tengamos que abaratarla? Llamemos a las cosas por su nombre y seamos auténticos, porque de otra manera parece como si nos avergonzáramos de nuestras Eucaristías y las consideráramos aburridas, cuando son la cosa más bella del mundo. Vivamos la Liturgia en profundidad y sinceridad, sin "decorarla" para hacerla más accesible. El misterio de Cristo no es algo que necesite retoques o aditamentos. Si hay, por cierto, algo que me entusiasme de las misas de diario, es el silencio y el recogimiento que reina en la iglesia, y que se pierde en cierta medida en las del domingo. Cuánta falta hace enseñar a orar, mostrar el camino de la amistad con Dios, invitar a encontrarse con Él en el centro del alma. Ahí está precisamente el centro de la actividad apostólica del Carmelo, tanto en la Primera Orden (frailes) como en la Tercera (seglares): crear escuela de oración.
Al acabar la ceremonia, que, para mi espanto, finalizó con un sonoro aplauso a los niños que habían comulgado por primera vez, el sacerdote se olvidó incluso de darnos la bendición final, probablemente porque tanto jaleo había distraído su atención del acontecimiento que allí se celebraba. Salimos de la iglesia rodeados de videocámaras digitales último modelo y de miniaturas que tomaban fotografías de incontables megapíxeles, viéndonos acompañados en nuestros pasos por el crujir de los envoltorios de los regalos que algunos niños no habían podido siquiera esperar a estar fuera del recinto sagrado para abrir.
A continuación, nos dirigimos a casa de mis tíos, donde nos esperaba un ágape proporcionado por el servicio de catering contratado por ellos. Unos camareros ataviados con traje y pajarita habían colocado mesas y sillas, ostentosamente adornadas con lazos, en el jardín. Al llegar vimos que ya habían llegado varios grupos de invitados que no habían asistido a la ceremonia. La comida y las bebidas circulaban por todas partes. Decidí darle mis regalos a mi primo antes de que se fuera a jugar con sus amiguitos. Subí con él a su cuarto y le fui entregando los paquetes, que abrió ilusionado, y le expliqué en qué consistía cada cosa y por qué había escogido precisamente la Biblia, el misal y el libro con vidas de santos para esa ocasión. Le dediqué las Escrituras, deseándole que le sirvieran para "avanzar cada día un poco más en el camino hacia su amigo Jesús". Creo que, contrariamente a lo que pensaban los adultos que no aprobaban mi elección, al niño le gustaron mucho estos obsequios, ya que los colocó en un lugar preferente en su habitación, donde fueran fácilmente visibles y accesibles. Ya que estábamos en sus "dominios", aprovechó para colocar en su hucha algún dinero que le habían entregado sus parientes. Vi que las propinas consistían en una cantidad muy abultada y que yo considero excesivamente alta para su edad. Sinceramente, no creo que la mejor manera de educar a las generaciones más jóvenes sea darles semejantes facilidades en lo material, de manera que se acostumbren a que les vengan las riquezas llovidas del cielo, sin que eso les suponga ningún esfuerzo. Al mirar la cantidad de billetes que había entre los ahorrillos de mi primo, no podía por menos de recordar a nuestros niños (los del proyecto) y la miseria que los rodea, que muchas veces no les deja ni tan siquiera tener un vaso de leche para el desayuno. Lo malo es que, con estos comportamientos favorecedores del consumismo, estamos fomentando que en nuestra sociedad una minoría acomodada viva completamente de espaldas a esa otra realidad trágica que se abate sobre las clases más pobres, aquellas a las que más se dedicó precisamente el Jesús que este chavalillo acababa de recibir en la Sagrada Hostia.
Sé que lo que presencié en torno a la Primera Comunión de mi primo no es un hecho aislado: cada vez más niños reciben este sacramento despojándolo de todo significado religioso y convirtiéndolo en un pretexto más para empacharse de regalos, lujo y ostentación. Considero que estamos ante un verdadero sacrilegio, ya que se recibe al Señor, nuestro Amado, sin que nuestra alma le dedique ni el más leve gesto de cariño y con el agravante de que, en muchos casos, se es plenamente consciente de que no se cree en aquello que se está celebrando, de tal modo que se toma parte en la Primera Comunión a sabiendas de que no se va a hacer lo más mínimo por emprender el camino hacia Jesús viviendo como un verdadero cristiano (con todo lo que eso implica). Sé que muchos niños exigen recibir este sacramento meramente por no ser menos que sus compañeros, a los que les han regalado una espléndida fiesta y un sinfín de objetos de elevado precio, y este hecho me parece altamente ofensivo para el Señor, al que amo sobre todas las cosas. ¿O es que esto no nos recuerda tremendamente a la traición de Judas, que entregó a su Divino Maestro a cambio de treinta monedas de plata? Los padres son, en mi opinión, los principales culpables de este hecho, ya que consienten (y en muchos casos fomentan) que esto ocurra, accediendo a los caprichos de sus retoños y haciendo que sus vidas se centren únicamente en el materialismo más desaforado, pero no son los únicos que contribuyen a ello: todos lo hacemos en la medida en que no nos plantamos de una manera radical ante tamaño atentado contra Dios y contra las más elementales normas en las que se basa el funcionamiento de un tejido social sano. Incluso los no creyentes deberían darse cuenta de lo negativo que resulta para la sociedad el enviar ese mensaje de que "todo vale con tal de que nos reporte placer, dinero y poder". Pero, claro, nos es muy difícil tomar cartas en el asunto y salirnos de esa masa borreguil que sólo es capaz de balar al son que los que, demostrando una total falta escrúpulos y principios morales, manejan el cotarro para único y exclusivo beneficio propio. Sabemos que el oponernos a las corrientes dominantes de nuestra época nos coloca automáticamente en una posición vulnerable desde el punto de vista social y, en muchas ocasiones, laboral, ya que actuando de esta manera nos convertimos en transgresores, en proscritos, en perseguidos... No me extraña que aquellos que no tienen fe caigan en la tentación de abandonar el compromiso moral en aras de su propia seguridad (es el instinto de supervivencia), pero me rebelo ante la hipocresía de los que, declarándose cristianos, no reúnen el coraje suficiente como para defender sus creencias, que implican necesariamente un estilo de vida de compromiso radical, y se acobardan ante los hombres. ¿No será que, en realidad, la fe que profesan se ha ido debilitando hasta hacerse difícilmente reconocible? Con esta crítica tan agria no quiero dar a entender que yo misma esté por encima del bien y del mal y que no caiga en innumerables tentaciones al cabo del día, sino que trato de llamar la atención sobre la responsabilidad que todos nosotros, como seguidores de Jesús, tenemos en un mundo del que tan a menudo renegamos, criticándolo como si su patente decadencia dependiera exclusivamente de otros. Además, ¿no dijo Él acaso aquello de "vosotros sois la sal de la tierra; pero si la sal se desvirtúa, ¿con que se salará?" (Mt 5, 13)? Despertemos, hermanos: hagámonos fuertes en Cristo mediante los sacramentos, la oración y la Palabra. Recordemos a diario las Bienaventuranzas, especialmente aquella que dice: "dichosos vosotros cuando os insulten y os persigan y os calumnien de cualquier modo por mi causa. Estad alegres y contentos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo" (Mt 5, 11-12). Y no olvidemos que Él no nos abandona, sino que nos prometió que estaría con nosotros hasta el fin de los siglos (Mt 28, 20). Sin Él nada podemos, pero con Él, todo (Jn 15, 5).
"Escucha, Israel: el Señor, nuestro Dios, es solamente uno. Amarás al Señor, tu Dios, con todo el corazón, con toda el alma, con todas las fuerzas. Las palabras que hoy te digo quedarán en tu memoria, se las repetirás a tus hijos y hablarás de ellas estando en casa y yendo de camino, acostado y levantado" (Dt 6,4-7).




