En manos del Señor
Hace unos días, leyendo a Sta. Teresita de Lisieux, me topé con su ofrecimiento como víctima al Amor Misericordioso. Inmediatamente me di cuenta de que eso era exactamente lo que mi corazón me pedía hacer, y seguí los pasos de la insigne Doctora de la Iglesia, de manera que me ofrecí de la misma forma a mi Amado durante una celebración de la Eucaristía. Le suplicaba que me abrasara en su Amor hasta el punto de que toda yo ardiera en él, para que así, convertida en antorcha viviente, pudiese transmitir este fuego a los demás hombres y compensar la frialdad (cuando no abierto rechazo) con la que se recibe a mi Jesús en la sociedad de nuestro tiempo. Le rogaba que me ayudara a vivir tan sumergida en su Amor, que éste me consumiera y me arrebatara algún día de este mundo para unirme a Él, aunque eso implicara pasar por las más duras pruebas. Una ofrenda así implica aceptar con gozo cualquier género de vida o de muerte que Dios me tenga reservado. Pues bien, veo que Él ha acogido mi ofrecimiento y me lo ha demostrado con lo que expondré a continuación:Las últimas jornadas han transcurrido entre luchas interiores muy fuertes. Curiosamente, no es la tentación del mal la que me inquieta, sino la del aparente bien, pero que puede no ser tal si no responde a lo que el Señor quiere de mí en estos momentos. Tras hablar del asunto durante varios días con mi acompañante espiritual, éste me ha hecho ver que la Voluntad de Dios tal vez no vaya por donde yo creía, por lo que he de cambiar de idea, al menos por el momento. Lo que debatimos se refiere a una cuestión de vital importancia para mí, así que la negativa a mi propuesta ha sacudido hasta los cimientos del edificio de mi existencia, haciendo caer con estrépito mis ilusiones y dejándome sin más apoyo interior que la fe desnuda en mi Amado.
Mi alma está en búsqueda, pero en la actualidad se encuentra rodeada de tinieblas espesísimas, de modo que no puede moverse de donde se encuentra, al carecer de una luz que la guíe. De repente me he visto obligada a renunciar a mi capacidad de decisión acerca de mi manera de estar al servicio del Señor y del estado de vida que desearía para realizar mi vocación cristiana, y no me ha quedado más remedio que rendirme a la evidencia de que Él es el único que tiene por el momento las claves de por dónde he de continuar caminando. La angustia que me ha sobrevenido me ha hecho darme cuenta de cuántas veces nos apegamos incluso a las cosas en apariencia más santas. Basamos nuestras seguridades en lo que circula en torno a Dios, pero que no es Dios mismo, y esperamos de Él que acepte nuestras "entregas a medias", que pueden ser en apariencia heroicas, pero que en el fondo pueden ser una alternativa gozosa a otra situación que, a pesar de no ser tan espectacular a ojos del mundo, nos resulta mucho menos atractiva y que, por tanto, rehuimos. Ahora no se trata de dilucidar a qué siento inclinación, sino de qué manera puedo servir mejor a mi Dios, aunque eso me lleve a vivir de una manera sumamente incómoda y a sentirme fuera de lugar. Renunciar a mí misma, a mis gustos y a mi orgullo escondido implica dejarme del todo en manos de mi Amor de las alturas y aceptar sin reservas lo que Él me pida, aunque se trate del mayor sacrificio imaginable. Por otra parte, no hay otro modo de seguir a Cristo, el cual nos dejó dicho: "si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame" (Mt 16, 24).
Señor mío: tú sabes que eres mi único Amor y que deseo entregarte toda mi vida sin condiciones. Te pido que me ayudes a aceptar de buen grado en todo momento lo que me mandes, sea lo que sea. Toda mi ilusión está en ser tuya por completo. Haz de mí lo que quieras, aunque eso implique sentirme (como decía Sta. Teresita de Lisieux) tu juguete, que agujereas para ver lo que hay dentro, para después dejarlo caer y quedarte dormido. Sé que Tú sabes lo que me conviene mucho mejor que yo, así que confío en Ti, porque soy consciente de que no quieres sino mi bien, aunque para obtenerlo haya de pasar por las noches oscuras que juzgues necesarias. Envía tu Espíritu para que avive el incendio que hay en mi interior y me purifique, librándome de todo lo que no seas Tú. Ya no me pertenezco, ni deseo hacerlo, sino que me abandono en tus manos, Amado mío, para que me conduzcas hasta la eternidad.
"¿Por qué te acongojas, alma mía, por qué te me turbas? Espera en Dios, que volverás a alabarlo" (Salmo 41).




