Agapé
Esta semana estoy asistiendo a parte de un curso enfocado a la oración contemplativa en el Centro de Espiritualidad “San Juan de la Cruz” de Segovia, en el que ya estuve el pasado mes de marzo. Aunque por razones familiares y laborales sólo puedo participar por las mañanas en él, he de admitir que la experiencia me está resultando muy enriquecedora, tanto por las charlas que se ofrecen, como por otras actividades (lectura en el refectorio, yoga, sesiones largas de oración, etc.). No es tampoco desdeñable la oportunidad de trabar contacto con los demás compañeros, ya que algunos de ellos tienen una conversación que me resulta especialmente estimulante.Por la mañana me levanto bastante temprano, a eso de las seis y media. Desayuno, me arreglo, rezo el Oficio de Lecturas y salgo con mi coche hacia Segovia a las siete y cuarto en punto. Tardo más o menos media hora en llegar a la zona de la Fuencisla, donde aparco. A las ocho me uno a la Eucaristía conventual, que tiene lugar en la capilla lateral en la que se halla el sepulcro del Santo carmelita y en la que toman parte las Carmelitas Misioneras que se ocupan de las tareas “domésticas” del Centro. Generalmente somos sólo siete u ocho personas en esa misa (incluyendo al celebrante y a un hermano), de modo que todo resulta muy íntimo. Al acabar, me suelo quedar una media hora delante del Sagrario de la iglesia “haciéndole arrumacos” al Santísimo. A las nueve me uno a los cursillistas para lo que es su desayuno (en mi caso, podríamos más bien hablar de la comida de media mañana). Éste se desarrolla en completo silencio, mientras un par de personas leen por turno unos textos sobre la Beata Isabel de la Trinidad. Entre este pequeño refrigerio y la charla del P. Santiago Guerra, OCD, disponemos de media hora libre, que muchos aprovechamos para recogernos en la paz de la “interior bodega” (una especie de sótano que probablemente date del tiempo en que se construyó el convento y que alberga una capillita con el Santísimo, un par de iconos y una estatua del Santo). Allí, sentados en los cojines que hay dispuestos en el suelo (hay quien incluso se tumba boca abajo) y sumergidos en la oscuridad, seguimos nuestro diálogo de amor con nuestro Jesús, que está presente desde el arquilla que lo contiene en el Sacramento. A las diez menos cuarto comienza la charla del P. Santiago, que se prolongará durante algo más de una hora. Un poco más tarde, nos reunimos en una sala grande para realizar una sesión de yoga, a la que sigue un rato largo de relajación (he de confesar que ayer me quedé traspuesta, pero, en honor a la verdad, he de decir que no fui la única). Sin salir de esa misma estancia, el P. Santiago pasa a dirigir la oración que hacemos hasta la una y media: lee unos textos que lleva preparados y los completa con sus explicaciones (esto está pensado para aquellos que se inician esta manera de orar, que difiere de la meditación discursiva y que ayuda a aquietar el espíritu y a “escuchar” al Señor sin ahogar su suavísima voz con nuestra verborrea intempestiva o nuestras elucubraciones de pretencioso raciocinio). Y con esto da fin la sesión matutina, tras la cual regreso a casa.
En su charla de hoy, el P. Santiago nos ha hablado del “eros” y el “agapé” en Santa Teresa y en San Juan de la Cruz. El día anterior había explicado estos conceptos, de los que habla extensamente Benedicto XVI en su encíclica “Deus caritas est”. Esta mañana se ha extendido en el tratamiento que los dos insignes carmelitas le dan en sus escritos., haciéndonos observar las diferencias existentes entre uno y otro. Lógicamente, éste no es el lugar adecuado para resumir las enseñanzas de nuestro conferenciante, así que no lo haré. Sólo diré que me gustó recrearme en la idea de que Dios nos regala con su amor mucho antes de que nosotros lo hayamos amado, porque eso es algo que yo misma he experimentado, especialmente la noche de mi conversión, cuando su llamada se hizo tan fuerte en mi interior que no pude dejar de oírla, dejarlo todo y seguirle. Él me había bendecido con esa gracia inmensa aun cuando yo me hallaba en pecado mortal y lo tenía completamente dejado de lado. El amor divino es incondicional y no depende de lo que nosotros hagamos o dejemos de hacer por nuestro Creador: Él se nos da de todos modos y en todo momento de nuestras vidas porque no puede sino amarnos con locura.
Esta mañana estaba yo aún sufriendo la “resaca” de un disgusto muy grande que me había llevado el día anterior. Me sentía infeliz, sobre todo porque, por un lado, el asunto no tenía remedio, y, por otro, luchaba por librarme, sin conseguirlo, de la amargura y el resentimiento que me acechaban. En la oración le supliqué a mi Amado que alejara de mí esa pesadilla, ya que yo, en mi debilidad y ruindad humanas, no me veía capaz de hacerlo sola. Cuando llegaba ya a reunirme con las personas que habían causado mi desasosiego (sin que tuvieran intención de ello), noté cómo ese nubarrón espiritual se iba disipando, dejándome calmada e, incluso, con un cierto optimismo. Pero fue sobre todo por la tarde, durante el rezo de Vísperas, cuando pude experimentar algo que me es muy difícil describir por su belleza y gratuidad: pude sentir cómo me invadía una oleada de amor tal, que me inundaba y me llevaba a repartirlo a manos llenas entre los hermanos que me habían hecho daño y a devolvérselo a mi Dios. Me postré ante la Presencia intuida de mi Señor y me dejé tomar por ese inefable chorro de amor que Él vertía en mi alma. Al instante, en mi rostro floreció una sonrisa y en mi interior ardía en deseos de expresar mis sentimientos de cariño hacia los que me rodeaban. El asunto que me había disgustado perdió totalmente su importancia y desapareció del horizonte, quedando en su lugar sólo el Amor, y me vi a mí misma dando gracias por haber recibido esa “bofetada” de la vida, porque ella había servido de vehículo para que el Señor me hubiera regalado esta gracia. Y ya por la noche, mientras escribo esto, sigo siendo muy consciente de la vivencia que he tenido del “agapé”: ese amor incondicional que Dios nos tiene y que Él derrama en nosotros para que podamos comunicárselo al prójimo y, a través de éste, devolvérselo a Aquel que es su origen.
Señor mío queridísimo: no encuentro más que torpes palabras para expresarte mi agradecimiento por este don con que me has bendecido hoy, pero tú sondeas mi corazón y sabes lo que siento en estos instantes. Sé que no merezco nada de lo que Tú me das, ya que no soy sino una persona débil y pecadora, y por eso lo valoro aún en mayor medida. Ayúdame, Amor mío de las alturas, a que todas estas gracias con que me obsequias me lleven a crecer cada día más en el amor a Ti y al prójimo. Que ese fuego que enciendes en mi alma me purifique de todo el lastre que aún llevo y que me impide seguir tus caminos. ¡Oh, Espíritu Santo, ama en mí!
“En esto se manifestó el amor que Dios nos tiene: en que Dios envió al mundo a su Hijo único, para que vivamos por medio de él. En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó y nos envió a su Hijo como víctima de propiciación por nuestros pecados. Queridos, si Dios nos amó de esta manera, también nosotros debemos amarnos unos a otros” (1Jn 4,9-11).




