Remando mar adentro
Hacía bastante tiempo que no oía misa en la parroquia local. Como hoy quería aprovechar la mañana, e ir a la iglesia de los Carmelitas me lleva el doble de tiempo, he decidido al levantarme que acudiría al pueblo para la Eucaristía de las diez de la mañana. Y así lo he hecho: a las diez menos dos minutos entraba yo por la puerta de ese simpático edificio de piedra dorada, resuelta a participar en la Cena del Señor y a quedarme media hora más a su término para sumergirme en oración delante del Sagrario.La misa fue, como siempre, emocionante. De verdad que no comprendo cómo pude estar tanto tiempo sin disfrutar de ella, o cómo, aun en los tiempos en los que asistía a la Eucaristía dominical, me limitaba a cumplir el precepto para no pecar, de modo que mi cuerpo se hallaba en el templo, pero mi alma estaba muy lejos de allí. Tengo infinitos motivos para darle gracias al Señor por todo lo que está haciendo en mí, pero uno de los más notables es, sin duda alguna, el que me haya hecho amar la misa con locura, de modo que no sólo necesite oírla los domingos y fiestas de guardar, sino todos y cada uno de los días de mi vida. Para mí, la celebración eucarística es un acto de amor y entrega de mi Dios a mí y de mí misma a Él. Es estarse con el Amado en íntima comunicación, que se realiza a través de la Palabra, la oración litúrgica y, cómo no, siendo absorbidos por Él al comer su Cuerpo y beber su Sangre. Me da fuerzas para todo el día, apacigua mi sed por el Altísimo y me hace sentir más unida al resto del Cuerpo Místico de Cristo.
La lectura del Evangelio de hoy me impactó sobremanera. Trataba del episodio de la pesca milagrosa (Lc 5, 1-11), en el cual los apóstoles, que viajaban con Jesús en la barca de Pedro, echan las redes al mar cuando nuestro Señor se lo manda, obedeciéndole aunque la noche anterior no hubiesen conseguido efectuar captura alguna. De repente, ven asombrados cómo los peces van cayendo en ellas en gran número. Al llegar a la orilla, el Maestro les exhorta a seguirlo, y ellos lo hacen dejándolo todo atrás. Lo que en esta ocasión me habló al corazón no fue tanto la llamada de Cristo a ir tras Él, ya que creo estar haciéndolo en la vocación que ha trazado para mí, sino la relación entre ese "remar mar adentro" que le manda Jesús a Pedro y la abundancia de la pesca. Me di cuenta de que todos nosotros podemos tomar la barquilla de nuestra alma y hacer otro tanto con ella. El lector se preguntará cómo. Muy sencillo: penetrando en nuestro interior con la oración contemplativa. ¡Es tan importante encontrar momentos al cabo del día en los que nos dediquemos a estar en exclusiva con el Señor! Nos podemos reclinar sobre su pecho, como el discípulo predilecto, o sentarnos a su lado a escucharlo, como María de Betania. También podemos ungirlo con perfume, lavar sus pies con nuestras lágrimas y secárselos con nuestros cabellos, como la Magdalena. O, simplemente, contemplarlo en el pesebre, como hizo su Madre. Hay infinidad de formas de entrar en la "celda de nuestro corazón" a estarnos en trato amoroso con nuestro Rey celestial, y todas son válidas si nos ayudan a estrechar los lazos de nuestra alma con el Amado. En esos tiempos en los que sólo nos ocupamos de Él, sin que en nuestras potencias quede espacio para nada más, el alma va experimentando una cada vez mayor unión con Dios, aunque ésta no se nos haga consciente a través de fenómenos místicos. Según Él va penetrando en nosotros, colmándonos de su Amor y purificándonos, podemos darnos cuenta con mayor claridad cada vez de cómo se realiza de manera maravillosa y sobrenatural aquello que declara S. Pablo en su carta a los Gálatas: "ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí" (Gál 2, 20), lo cual quiere decir que nuestra voluntad está unida a la suya, que amamos como Él lo hace, y que todos y cada uno de nuestros pensamientos y actos llegan a ser una prolongación de su vida en la nuestra.
En la medida en la que nos vamos conformando a Cristo, no sólo nos santificamos nosotros mismos, sino que, como miembros de su Cuerpo Místico, extendemos esa santidad a las otras almas. Como decía nuestra Santa Teresa de Jesús, al salvarnos, lo hacemos entrando en el cielo con otros muchos hermanos. Pensemos, por tanto, en la importancia que tiene el lograr el máximo grado de santidad personal, no sólo para nosotros mismos, sino para el conjunto de la Iglesia. He aquí una de las razones que hacen tan urgente la necesidad de oración interior (conviene recordar que ésta no sólo no minusvalora la vocal, sino que se apoya en muchos casos en ella, sirviéndole de complemento).
Como carmelita seglar, estoy llamada a la contemplación y a una cierta actividad apostólica. Esta última, para ser verdaderamente eficaz, debe fundamentarse en todo momento en la oración, ya que, si no, sería estéril. Recordemos que Pedro, cuando ya había remado mar adentro, echa las redes siguiendo las indicaciones de Jesús. Es lo mismo que tenemos que hacer nosotros, extendiendo la Buena Nueva hasta los confines del mundo. En mi caso, veo muy claro que mi terreno de misión es mi propio país y mi entorno, ya que la creciente secularización de la sociedad está apartando de Dios a un gran sector de los bautizados. Este apostolado tiene dos vertientes: anunciar el Evangelio a los que no creen (o a los que se declaran "creyentes, pero no practicantes") y difundir el carisma del Carmelo Descalzo Seglar entre aquellos que pueden estar llamados a él, pero que no lo encuentran porque desconocen su existencia. Concretamente sobre este último aspecto, llevada a ello por el entusiasmo del que bebo desde el encuentro del pasado fin de semana en Toledo, meditaba yo al oír esa lectura de Lucas. Inmediatamente me di cuenta de que el Señor sólo nos pedía que permaneciéramos firmes en la oración y que echáramos las redes confiando en Él, y resolví hacerlo desde ese mismo instante.
Después de la misa, me quedé sentada en mi banco para orar ante el Sagrario. Generalmente, los demás feligreses desaparecen de la iglesia y me quedo sola con el Señor, pero hoy pude comprobar que había alguien más en aquel lugar: una mujer de mediana edad, a la que no había visto nunca con anterioridad. Al acabar mi media hora de oración, me levanté y me dirigí a la parte trasera de la nave para irme, y ella, que había permanecido hasta ese momento allí, hizo lo mismo. No sé cómo entablamos conversación, pero el caso es que mencionó algo de las Carmelitas Descalzas, y eso me llamó la atención vivamente, así que me interesé por el tipo de espiritualidad al que se sentía llamada. Ya en la calle, me contó que procedía de un pueblo de Jaén en el cual había estado algún tiempo San Juan de la Cruz, y que en él había tenido la oportunidad de contactar con la espiritualidad carmelitana, con la que se identificaba por entero. Entonces se me ocurrió que tal vez quisiera conocer nuestra Orden Seglar, y le hablé de ella. No relataré aquí los detalles de la charla, ya que sería demasiado largo, sino que me limitaré a decir que ella me escuchó atentamente y pareció interesada por asistir a alguna de nuestras reuniones. Nos despedimos tras darnos nuestros respectivos números de teléfono y después de que ella afirmara que nuestro encuentro había sido organizado por el Señor. No sé si esta mujer tendrá o no vocación de carmelita seglar, ni si realmente vendrá a conocernos, pero lo que sí que es cierto es que hoy he tenido la oportunidad de vivir en primera persona la misteriosa realidad de la pesca milagrosa del Evangelio.
"Orad sin cesar" (1 Tes 5, 17).
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