Una cuestión de amor

La experiencia de una joven enamorada de Cristo.

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Nombre: María de Betania
Lugar: Salamanca, Castilla y León, Spain

14.9.06

La Exaltación de la Santa Cruz

Hoy celebramos la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz, aquella por la cual Cristo redimió al mundo hace casi dos milenios. Él, que podía muy bien haberse librado de todo ese sufrimiento, ya que era Dios, no sólo no lo hizo, sino que se entregó voluntariamente por nosotros: "tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en Él, sino para que el mundo se salve por Él" (Jn 3, 17). La lógica humana, tan apegada a la comodidad y tan cobarde frente al sufrimiento, contempla este Misterio con estupor y, en muchos casos, lo rechaza. Y si eso sucede cuando se trata simplemente de verlo en la historia de Aquel que se dejó clavar en un madero porque nos amaba, ¡cuánto más pasará cuando empezamos a experimentarlo en nuestras propias carnes!

En los últimos tiempos llevo sufriendo ataques bastante intensos de migraña. Aunque esta enfermedad me viene atormentando desde hace más de cuatro años, en el último ha sido especialmente molesta, ya que la frecuencia con la hace su aparición en mi vida ha aumentado considerablemente, hasta el punto de que en un mes puedo tener tan sólo entre dos y cuatro días libres de ella. Los síntomas consisten en: dolor de cabeza (que puede llegar a ser muy fuerte), cansancio, náuseas (a veces vómitos), sensación de que hasta pensar cuesta, sofocos, etc. No existen tratamientos que curen la migraña, sino tan sólo paliativos (que no parecen serme útiles) y medicamentos que espacien los ataques (pero que yo, a causa de la cantidad de contraindicaciones que tienen, no puedo tomar). Por supuesto, el que me aparezca no sólo me ha dado un motivo de sufrimiento físico, sino psicológico, ya que me limita tanto, que no puedo hacerme ni siquiera un plan de trabajo porque la mayor parte de los días no lo cumpliría. Mi profesión ha sido durante veinte años de mi vida mi ocupación principal, y el simple hecho de poder estudiar (tocar el piano) durante varias horas a diario era para mí un motivo de gozo y un marco de disciplina en el que se desenvolvía mi existencia. Además, el trabajo realizado empezaba a dar sus frutos: conciertos, grabaciones, clases magistrales... Ahora me veo obligada a adaptarme a mis nuevas circunstancias y a aceptar mis limitaciones: he tenido que hacerme a la idea de que tengo que aprovechar para trabajar los pocos huequecillos al día en que se alivia algo la migraña y que, evidentemente, al dedicarle a mi tarea menos tiempo y de manera más irregular, mi rendimiento no es ni mucho menos lo que acostumbraba a ser. Esto último me ha llevado a cancelar o posponer varios proyectos, al verme incapaz de afrontarlos con garantías.

Desde finales de julio me encuentro aún peor que durante el pasado curso. Casi no ha habido días en que no haya tenido que acostarme porque el dolor de cabeza me haya martilleado implacable. En ocasiones, las náuseas me han atenazado de tal manera que me han impedido hacer incluso trayectos cortos con mi coche. He procurado asistir a la Eucaristía temprano por las mañanas, ya que nunca sabía cómo me iba a encontrar un par de horas más tarde. A veces ha sido un verdadero suplicio el aguantar la celebración hasta el final, pero me he quedado porque sé que necesito recibir al Señor para poder seguir adelante sin hundirme. En la oración me limito a permanecer reclinada sobre el pecho de Cristo, refugiándome en Él sin palabras, ya que éstas no acuden a mi mente sino con muchísimo esfuerzo cuando estoy en pleno ataque. También recurro a la Santísima Virgen, de quien sé que me cuida como sólo una madre lo sabría hacer.

Hay también otros tipos de sufrimiento que me acosan con cierta regularidad. Me refiero a algo menos tangible, como puede ser la sensación de soledad, la impotencia ante determinadas cuestiones que no está en mi mano resolver, la impaciencia por que la espera por algo importante llegue a su fin, el encuentro con el fracaso, etc. Incluso a veces la sequedad en la oración y la conciencia de mi propia miseria espiritual me duelen intensamente, ya que en esos momentos Dios parece esconderse y sólo quedo yo, envuelta en una fría tiniebla, en medio de tentaciones y con la sensación de haber sido una auténtica desagradecida con Él: me ha dado tanto, y yo he sabido corresponder con tan poco... Cuanto más percibo lo que me ama, más me apena ofrecerle de vuelta tan sólo jirones de ese amor. Entonces me veo pequeña, muy pequeña, y abro mis manos esperando su misericordia, confiando en que Él, con su acostumbrada generosidad, suplirá en mí todo lo que me falta.

He creído necesario describir todo el cuadro para que el lector se haga una idea de lo que supone mi situación. Sufro, sí, y estoy revuelta, pero sólo en lo que yo llamo las "capas exteriores del alma", porque en las más internas estoy en paz y alegre, ya que sé que este sufrimiento me une más a mi Amado y me hace partícipe de su acción redentora. Hasta hace poco no había comprendido la frase de San Pablo en la que dice: "completo en mi carne lo que falta a la Pasión de Cristo en favor de su Cuerpo, que es la Iglesia" (Col 1, 24). De hecho, tal actitud frente al dolor (físico o espiritual) me parecía rayar en el masoquismo. Ahora veo que el sufrir tiene un inmenso valor si se hace viviéndolo en Cristo. Cada vez que experimento esos dolores, esa fatiga y esas náuseas, me siento acompañarle a Él en su crucifixión, y eso me llena de alegría, tanto que le doy las gracias por enviármelos. De hecho, no deseo que me libre de ello (aunque esto no implica que yo deje de poner, por una cuestión de deber moral, todos los medios para corregir el problema), sino que le pido tan sólo que me ayude a sobrellevarlo de modo que nadie de los que me rodean pague las consecuencias (mis padres, mis alumnos, etc.). No hay unión con Cristo si no es en la Cruz. Si realmente lo amamos, debemos aceptar el subir al Calvario con Él, ser crucificados junto a Él y aceptar de buen grado todo el sufrimiento que nos pueda enviar, sea éste del tipo que sea.

Padre mío querido: te doy gracias por haberme hecho comprender todo esto y por haberme dado fuerzas para soportarlo. Te pido que me ayudes a salir de los baches en los que caigo cuando todo se vuelve tan duro, que creo que no lo voy a poder aguantar. Conforta a los que estén sumidos en el sufrimiento, que muchísimas veces es incomparablemente mayor que el mío, y hazles sentir la alegría interior de ver cómo su padecer no sólo no es estéril, sino que da mucho fruto porque está unido al de tu Hijo por la salvación de las almas y por el bien de su Cuerpo Místico. Te suplico que me dirijas para que yo, con mi torpeza, no haga nunca sufrir a uno solo de mis hermanos, y que tu Espíritu me inspire para saber cómo aliviar a los que se encuentren en dificultades, de modo que tu cariño les llegue a través de este pobre instrumento tuyo que soy. Y, sobre todo, te ruego que nos envíes tu gracia para que ninguno de nosotros, a quienes has llamado a ser tus hijos, nos separemos de Ti jamás.

"Quitémonos lo que nos estorba y el pecado que nos ata, y corramos en la carrera que nos toca, sin retirarnos, fijos los ojos en el que inició y completa nuestra fe: Jesús, que, renunciando al gozo inmediato, soportó la cruz, despreciando la ignominia, y ahora está sentado a la derecha del trono de Dios" (Hb 12,1b-2).

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