Comienzo de curso
El lunes pasado comenzó oficialmente en nuestro conservatorio el curso 2006-07. Tuvimos actividades diversas, como un claustro de profesores, una reunión de departamento y la toma de horarios. Se dio la noticia de que uno de nuestros compañeros, al que además me une una gran amistad, nos deja porque ha decidido irse a otro centro. Yo ya lo sabía desde hace un mes, pero no pude evitar el entristecerme al comprobar que su partida ya era una realidad. El conservatorio pierde con él a uno de sus representantes más valiosos, ya que estamos hablando de un músico y pedagogo excelente, y a mí se me va un amigo. En los últimos años, varios docentes de altísimo nivel han abandonado nuestra institución porque han recibido ofertas más suculentas de trabajo por parte conservatorios superiores semiprivados, que pueden permitirse pagar mejor por menos horas de clase. Esto ha provocado un ligero descenso de la calidad de nuestro centro, quizás menos marcado de lo que el pesimismo nos hace ver. La sensación general es de un cierto desaliento y falta de ilusión (la cual, en cambio, nos sobraba hace cinco o seis años). Estaba yo ese lunes meditando sobre esto, cuando me abordó un colega con el que tengo cierta amistad. Me vio algo triste, y me preguntó qué me ocurría. Le conté cuál era la causa de mi pesar, y él me comunicó que semejantes pensamientos también pasaban por su mente con frecuencia, pero que trataba de no hacerles mucho caso, combatiéndolos al poner toda su concentración en el trabajo que realizaba con los alumnos.
Cuando volvía a casa en coche, iba yo rumiando las palabras de mi colega, y entonces pude ver muy claro que mi disgusto por la tendencia al declive del conservatorio respondía quizás en parte a un cierto egoísmo: todos tenemos deseos naturales de trabajar en un centro próspero, puntero, rodeada de colegas brillantes y dando clase a alumnos con talento. Pero a veces nos olvidamos de lo fundamental: que no nos dedicamos a esto para que nos sirvan, sino para servir nosotros, para ayudar a los que necesitan de nuestros conocimientos y, sobre todo, de apoyo y cariño. Esto último es lo realmente importante, ya que lo que yo sea capaz de transmitir en un nivel puramente académico lo pueden encontrar los estudiantes en un libro, un DVD o en clases magistrales, mientras que una palabra de aliento, una sonrisa en el momento justo o un "abrazo figurado" cuando más sedientos estén de cobijo sólo se los puedo dar yo porque seré la única persona que tengan a mano en esos instantes en que las dificultades se les vayan acumulando hasta adquirir la apariencia de una montaña insuperable. ¿Quién les hará amar la música? ¿A quién recordarán como ejemplo cuando ellos den clase? Esto último es crucial, ya que tenderán (al igual que hemos hecho todos) a imitar inconscientemente a aquellos de quienes han recibido instrucción, de modo que la actitud que asumamos delante de ellos influirá no sólo en sus vidas, sino en las de sus futuros discípulos. Mi saber es limitado y puedo cometer muchos errores en mis clases, pero el amor no se equivoca, así que procuraré repartirlo a manos llenas.
Antes de ayer fue mi primer día de actividad lectiva. Iba algo triste al conservatorio, ya que esa mañana me habían dado la noticia del fallecimiento de una colega de Madrid, a la que conocía desde hacía años y con la que mantenía una buena relación, y además había podido comprobar lo mal que lo estaba pasando una de mis amistades, ya que la difunta era íntima amiga suya, al llamarla por teléfono para consolarla: no pudimos apenas hablar, de tanto como lloraba (yo también me emocioné, así que la nuestra fue una conversación patética). El ver así a esta mujer me parte el corazón, sobre todo porque no puedo hacer nada por remediar sus problemas, tan sólo ofrecerle mi cariño y un hombro sobre el que llorar.
Como iba diciendo, no iba precisamente con los mejores ánimos a clase, pero hice un esfuerzo por sobreponerme, y lo cierto es que me olvidé de mí misma en cuanto vi entrar a uno de mis dos alumnos nuevos por la puerta del aula. La clase fue muy entretenida, y me gustó ver cómo le brillaban los ojillos a ese muchacho cuando empezó a descubrir conmigo los entresijos de una sonata de Beethoven. Parecía ilusionado, y lo pasamos muy bien los dos. Esa tarde también recibí a otra persona que me dio a conocer una noticia dura sobre algo que no tiene remedio. Ahí sí que vi muy claro que mi papel tendría que ser en ese caso, antes que nada, el de repartidora de cariño", ya que no veo que pueda ayudar en algo más tangible. Trataré de poner mi granito de arena para que la situación no engulla a los que se ven afectados por ella y les ofreceré todo lo que me sea posible para ayudarles a aceptarla.
Las clases de ayer han sido muy entretenidas, incluida la de una asignatura colectiva que imparto, en la que hemos hablado del Romanticismo (mi época preferida). En las individuales, hemos profundizado en una Suite Francesa de Bach y nos hemos enfrascado en los dos primeros números de la Kreisleriana. Con este Schumann he disfrutado de lo lindo, no sólo porque la alumna que lo toca sea brillante, sino porque la obra me vuelve loca (a veces casi demasiado literalmente). Schumann posee la virtud de hacerme pasear con total impunidad por la línea fronteriza que hay entre la cordura y la enfermedad mental, traspasándola en ocasiones, y he de reconocer que la sensación me atrae.
El dar clase me colma de felicidad, y en ese sentido no me importa cuánto talento posea cada alumno, sino el sentir que a través de ellos puedo servir a mis hermanos. Es una manera de despojarme de mí misma en favor de otros, llevando a cabo además la tarea para la que el Señor me ha dado la formación y las dotes adecuadas. Ésta es una de las ramas de mi vocación, y no renunciaría a ella ni por todo el oro del mundo, ni por el prestigio, ni por cosa alguna. Me hace feliz, y eso puede ayudar a que los que me rodean también lo sean. ¿No es una suerte?
El contacto tan estrecho que tenemos los profesores (especialmente los de música) convierte nuestro puesto en una tribuna privilegiada para el apostolado, que en un principio debe consistir principalmente en dar testimonio de amor, entrega y honradez vividos a través de Cristo (el apóstol Pablo nos dice en 1Tm 4, 16: "cuídate tú y cuida la enseñanza; sé constante; si lo haces, te salvarás a ti y a los que te escuchan"). Posteriormente, se puede pasar a la declaración explícita de la fe con que el Espíritu nos ha bendecido. En círculos musicales, al igual que en otras muchos grupos de la sociedad de nuestros días, es difícil encontrar personas que se declaren creyentes (si hablamos de practicantes, la proporción es aún más pequeña). El ateísmo y el agnosticismo imperan por los pasillos de los conservatorios y por los escenarios, y los pocos católicos convencidos que hay muchas veces no se atreven a declarar abiertamente que lo son y a hablar con naturalidad de ello porque temen no ya ser ridiculizados, sino sufrir algún tipo de censura. En ocasiones, pienso que este miedo no tiene una base real, y que está sólo en nuestra imaginación, pero lo cierto es que influye, y mucho, en el pensamiento de profesionales que escogen vivir la religión a escondidas. Por mi parte, mi conversión hace ya año y medio acabó súbitamente con todo afán de ser "políticamente correcta", y no me contengo a la hora de hacer mención (sin atosigar, ya que eso puede ser contraproducente) de mi fe y mi vida de entrega a Cristo. Mis alumnos y compañeros saben incluso que pertenezco al Carmelo Seglar, y una discípula mía (que no es practicante) asistió al rito de admisión a esa Orden. Algunos otros alumnos, entre los que hay una chica no bautizada, me han acompañado a misa o se han unido a mí en el rezo de Vísperas. No es raro tampoco que me busquen para desahogarse y contarme no sólo sus problemas personales, sino también cómo están en búsqueda de esa fe que dé sentido a sus vidas y que muchas veces tienen auténtico pavor a abrazar, a pesar de sentir un impulso a ello en sus corazones, por el compromiso de renuncia al pecado que eso implica. Como yo misma había experimentado antes de mi conversión esa sensación de incapacidad para mantener una actitud permanente de rechazo al Maligno y sabía que eso constituía el principal obstáculo para mi vuelta al seno de la Santa Madre Iglesia, comprendo perfectamente a mis alumnos y le pido mucho al Señor en la oración para que les dé fuerzas para dar ese paso. Le suplico que los llame con la fuerza con la que los hizo conmigo, ya que es materialmente imposible resistirse a esa llamada del Espíritu.
El vivir como carmelita seglar (es decir, como contemplativa en el mundo) me permite ir haciendo acopio del amor y de la fortaleza que me da nuestro Dios en la Eucaristía diaria y en la oración (litúrgica y mental) para insertarlos después en los ámbitos de la sociedad en los que me muevo. Ésa es la esencia de nuestra Orden: ser la levadura que hace fermentar la masa, no necesariamente desde un apostolado activista y visible exteriormente, sino basándonos en la fuerza que la unión que perseguimos con Dios (nuestro objetivo principal) nos confiere a través de la oración y la participación en el santo sacrificio de la misa. No puedo sino dar permanentemente gracias a mi Amor de las alturas por haberme llamado a su servicio en esta Orden y por haberme colocado en un puesto en la sociedad desde el cual puedo hacer tanto para su gloria. Además, sé que Él me mantendrá en este último mientras me necesite ahí. Cuando haya de desempeñar mi misión en otro lugar, dirigirá mis pasos hacia él. Esta certeza me llena de paz, ya que me hace confiar en su divina Providencia y me arrebata todos los miedos que puedo sentir por mi inestabilidad laboral. Él proveerá, y yo seré feliz plegándome a su Voluntad, que es lo único que me importa.
"Cristo ha constituido a unos, apóstoles, a otros, profetas, a otros, evangelizadores, a otros pastores y maestros, para el perfeccionamiento de los santos, en función de su ministerio, y para la edificación del cuerpo de Cristo; hasta que lleguemos todos a la unidad en la fe y en el conocimiento del Hijo de Dios, al hombre perfecto, a la medida de Cristo en su plenitud" (Ef 4, 11-13).
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