Una cuestión de amor

La experiencia de una joven enamorada de Cristo.

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Nombre: María de Betania
Lugar: Salamanca, Castilla y León, Spain

7.11.06

Vasijas de barro (I)

Hacía ya tiempo que no escribía en este blog. Pensaba retrasar mi reaparición en estos mundos virtuales hasta el momento en que terminara la redacción de un artículo que tengo que entregar (ya llevo retraso), pero ha habido varios comentarios de mis lectores que me han hecho tomar la decisión de hacer un alto en mis obligaciones (confío en que el Espíritu Santo me inspirará luego para trabajar bien y recuperar el tiempo que le he robado a esa tarea) y dedicarle algo de mi tiempo a esta bitácora. Uno de ellos, proveniente de una persona muy querida y cuyo consejo sigo como si estuviera obligada a ello por obediencia, me ha removido de tal manera esta mañana, que no he podido resistir más. Así pues, heme aquí, con el portátil sobre mi regazo, escribiendo estas líneas mientras el fragor del tráfico madrileño entona una desangelada melodía para los que en esta madrugada aún duermen.

Estos últimos meses han sido muy agitados desde muchos puntos de vista. En mi vida se están produciendo muchos cambios que, aunque son claramente positivos, requieren de una asimilación que aún no se ha dado por completo. Debo aprender a ajustar las nuevas piezas que componen el rompecabezas de mi día a día, y eso no es fácil. Este hecho también ha influido en mi largo silencio, por el que pido disculpas a mis lectores, ya que no resulta sencillo comunicar algo sobre lo que aún no se tiene una perspectiva lo suficientemente amplia como para contemplarlo desde los más variados ángulos. No estaba segura de poder transmitir una experiencia útil a los demás. Esta mañana, no obstante, he decidido hacer partícipes a los seguidores de esta bitácora de mis dudas, mis anhelos, mi sensación de fragilidad y, por supuesto, de mi abandono en las manos de Dios para que Él continúe haciendo su obra en mí. Tal vez el ver un ejemplo viviente de lucha en las dificultades ayude a seguir adelante a los hermanos que se encuentren en una posición similar.

Como mis lectores recordarán, a principios de septiembre asistí en Toledo a un curso de formación del Carmelo Seglar. Unos días antes, había empezado a ver con una claridad inusitada que ésa era mi verdadera vocación: ser contemplativa en el mundo, ejerciendo de “levadura que hace fermentar la masa” (hasta entonces le había dado muchas vueltas al asunto y no acababa de dilucidar si eso era a lo que me llamaba el Señor o, por el contrario, me quería en otro sitio). A partir del mencionado encuentro, empecé a tomar conciencia de la grandeza de esta vocación… y de sus dificultades. Creo que el exponer aquí en qué consisten las que me he ido encontrando podrá servir para que otros hermanos que estén en la misma situación tengan un motivo más para reflexionar y, a través de ello, afianzarse en su camino. Yo misma podré obtener algo de luz al hacerlo, como siempre que ordeno mis pensamientos en esta ya larga colección de escritos espirituales. Como los puntos que deseo tratar son varios y muy extensos, necesitaré de varias entradas de esta bitácora para expresar mis ideas.

En primer lugar, el carmelita seglar (al igual que muchos miembros de institutos seculares o, incluso, religiosos que permanecen más o menos en el mundo) se tropieza con un hecho: debe mantener su ocupación laboral habitual. Esto, que en un principio podría parecer algo que no tenga por qué ocasionar tensiones internas, se convierte a veces en un obstáculo aparentemente insalvable para llevar una vida espiritual profunda. En una sociedad secularizada como la nuestra, el entorno está impregnado de un rechazo más o menos velado a todo tipo no sólo de manifestación externa de la fe, sino de una actitud que es en muchos casos abiertamente contraria a la vivencia de ésta. Lo triste es que nosotros mismos contribuimos en muchas ocasiones a alimentar esta situación:

• No es difícil caer en la tentación de la vanidad por un trabajo brillantemente ejecutado (y que, en realidad, a veces no presenta siquiera tal calidad, sino que en nuestra ceguera no vemos los defectos que contiene). Es fundamental recordar varios hechos: siempre habrá quien lo haga mejor que yo; aunque no perciba ahora los errores que cometo, lo haré cuando mi sabiduría aumente, de modo que es inútil recrearme en mi obra porque llegará el tiempo en que me avergüence de lo que ahora considero un logro; por último, lo más importante es que, aun en el caso de que lo que he producido sea realmente bueno, no me lo puedo atribuir, ya que su factura se la debo al Señor, que me ha bendecido dándome el talento (y todo tipo de facilidades para desarrollarlo) para realizar esa tarea y ha puesto a mi alcance los medios necesarios para llevar a buen término mi trabajo.

• La pereza se camufla bajo la inocente apariencia del cansancio (“no puedo dar más de mí, así que no importa que no mantenga el nivel necesario de entrega porque, de todos modos, ya estoy realizando un sobreesfuerzo”), de la sobreestima de las propias capacidades (“no necesito dedicarle tanto tiempo a la preparación de mis tareas, ya que soy lo suficientemente competente como para realizarlas de manera correcta aun improvisando”), de una exigencia mal entendida (“el trabajo con esta persona, además de resultarme aburrido y carente de estímulo para mí, no merece mucho la pena, ya que su falta de talento no le permitirá realizarse como profesional de valía y, por tanto, lo mejor sería que tomara conciencia de ello y se dedicara a otra cosa”) y de una prudencia rayana en la cobardía (“eso sí, yo no me causo problemas a mí misma hablándole abiertamente para aconsejarle un cambio de dirección, ya que no deseo pasar por ese trago ni cargar en mi conciencia con una decisión así”).

• El silencio interior, exigencia clarísima de toda vida de oración, se va al traste si el exterior no domina el transcurrir de la jornada. No me refiero a que debamos permanecer callados como muertos o a que cerremos los labios (y, por tanto, el corazón) a los que nos rodean, especialmente a los que más necesitan de nuestro afecto, sino a que es necesario que evitemos conversaciones que no sólo pueden resultar frívolas y superficiales, sino también dañinas para nosotros mismos y para otros porque amenazan con quebrar los lazos de amor que nos unen a Dios a través de la caridad con los hermanos. Por una boca demasiado abierta salen palabras, sí, pero también entra el demonio con todo su séquito, robándonos la paz y descentrándonos de lo que debe ser en todo momento nuestro único objetivo en esta vida: conseguir llegar a la unión con el Señor y servir de vehículo para que otros también lo hagan (este peligro acecha no sólo en nuestro entorno laboral, sino en el familiar o en nuestro círculo de amistades). Hablemos, pues, de cosas gratas a Él. Dejémonos invadir por el Espíritu para que nuestra charla sea un testimonio delicado, sin altisonancias, de lo que nuestro Amado hace por nosotros y de la felicidad que sentimos por ello. Mantengamos el corazón firmemente asentado en Cristo, de modo que nuestras palabras sean como las de su Madre, puras y rebosantes del Amor de Dios aun en situaciones aparentemente intrascendentes. Y no nos olvidemos de la necesidad de sujetar el discurrir alocado de nuestros pensamientos: si nos vamos relajando poco a poco en nuestro continuo levantar el corazón hacia el Señor, permitiendo que ideas poco edificantes reinen en nuestra mente, estaremos dejando una grieta de cada vez mayor anchura en nuestras almas, de modo que el diablo podrá entrar por ella y campar a su gusto en nuestro interior. Recordemos el dicho de S. Juan de la Cruz: “un pensamiento del hombre vale más que el mundo entero; por tanto, sólo Dios es digno de él”.

• El afán por el cumplimiento del deber laboral nos puede en ocasiones atosigar hasta tal punto que nos cierre a otros campos de la vida que, por menos tangibles, nos llegan a parecer secundarios sin serlo: el religioso (observación de los tiempos dedicados a la oración, a la Liturgia o a actividades de voluntariado relacionadas más o menos explícitamente con nuestra fe), el afectivo (trato con nuestros familiares y amigos, especialmente cuando alguno de ellos esté pasando por momentos difíciles y nos exija, por tanto, más tiempo de dedicación) y el intelectual (apertura a nuevos conocimientos y tareas que, aunque no tengan aparentemente una influencia inmediata en nuestro trabajo habitual, nos enriquecen como personas y añaden un valor extra a nuestra actividad profesional). No vamos a dejar de lado un aspecto en muchos casos denostado: la necesidad de dedicar tiempo al ocio. Esto es algo que defendió muy sabiamente en sus “Constituciones” nuestra Santa Madre Teresa de Jesús, instituyendo dos horas diarias de recreación en sus conventos. Ella era consciente de que la mente humana, para mantener su frescura, relajar tensiones y no caer en la “melancolía”, necesitaba de un esparcimiento ordenado y sano. Si el estrés nos agota y la actividad laboral no nos deja un minuto de respiro, nuestra relación con Dios y con el prójimo se va deteriorando irremediablemente. ¿Cuántas personas viven atadas a la esclavitud de un trabajo que no les deja tiempo libre para crecer? Es cierto que muchas veces nos vemos obligados a trabajar hasta la extenuación porque nos obligan a ello las circunstancias (necesidad temporal de un dinero extra para hacer frente a imprevistos, sucesos adversos que requieren de un esfuerzo extraordinario para ser superados, solidaridad con un compañero que esté atravesando por dificultades y al que podemos aliviar parte de su carga, condiciones injustas en la empresa, etc.), pero no lo es menos el que otras nos imponemos a nosotros mismos una cantidad inhumana de tareas por otras razones. Entre éstas podríamos citar el afán desmesurado de acaparar bienes temporales (acumular posesiones, estar a la última en todo lo que sale al mercado, llevar un nivel de vida que no se corresponde con nuestra realidad, crearse necesidades materiales ficticias, etc.) y el evitar enfrentarnos a nosotros mismos y a nuestros problemas, manteniendo un actividad tan exagerada y continua, que no nos deje un resquicio de tiempo y tranquilidad para tomar conciencia de lo que no funciona en nuestras vidas. Esto último es algo que habitualmente pasa inadvertido para muchos de nosotros, tanto cuando estamos inmersos en esa situación, como cuando lo vemos a nuestro alrededor, ya que en esta cultura occidental de nuestros días se ha dado tanto valor a la productividad, que todo aquello que no ofrezca resultados más o menos tangibles e inmediatos es despreciado. Además, el enfrentarnos a las cuestiones más íntimas y trascendentales del alma es doloroso porque nos hace perder ese falso equilibrio en que se mueve nuestra vida. Tenemos miedo a descubrir nuestra fragilidad, nuestros fallos y nuestra necesidad de apoyo en una realidad superior inmutable. Pero el dar ese paso es lo único que puede hacernos abrir las puertas de nuestro corazón a la verdadera felicidad: a ese Dios Padre que nos ha amado desde antes de que existiéramos, a ese Dios Hijo que dio su vida por nosotros en la Cruz y que se nos ofrece generoso cada día en la Eucaristía, y a ese Dios Espíritu Santo que nos invade para purificarnos, instruirnos en la Sabiduría divina, fortalecernos en nuestro caminar y derramar su Amor en nosotros para que lo transmitamos a la humanidad entera.

Probablemente, a mis lectores se les ocurran muchos más aspectos en relación con la actividad laboral que hagan tambalearse los fundamentos de nuestra vida espiritual, y les invito a que dejen los comentarios que crean oportunos, ya que nos pueden ser útiles a todos, y a mí la primera, para dar un nuevo impulso a nuestro caminar en pos de Cristo. No estamos solos en la senda de la vida: necesitamos del apoyo de los hermanos y podemos aprender tanto de sus aciertos como de sus errores.

Verdaderamente, Dios mío, necesitamos de Ti en todo momento. Haz que nuestra mirada sólo se dirija hacia Ti, y ayúdanos a mantenerla cuando nuestros párpados cansados empiezan a cerrarse a tu luz. Somos frágiles, aunque con frecuencia nos creamos algo en cuanto vemos que las cosas marchan bien. Danos fuerzas para resistir las pruebas de cada día, permaneciendo siempre en tu Amor y recordando en todo momento que sólo en Ti tenemos la fuente de la vida verdadera.

“El Dios que dijo: «brille la luz del seno de la tiniebla» ha brillado en nuestros corazones, para que nosotros iluminemos, dando a conocer la gloria de Dios, reflejada en Cristo. Este tesoro lo llevamos en vasijas de barro, para que se vea que una fuerza tan extraordinaria es de Dios y no proviene de nosotros” (2 Cor 4, 6-7).

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