Vasijas de barro (II)
En estos momentos me hallo en el tren que va de Salamanca a Madrid. Es la primera vez que escribo una entrada de esta bitácora en un transporte público, y lo cierto es que no tenía planeado hacerlo, pero algo me ha impulsado desde muy dentro a abrir mi portátil y a teclear desenfrenadamente mientras el convoy se desliza por unas vías cubiertas por la bruma entre los campos y riscos de la sierra abulense. Ayer por la tarde tuvimos reunión de formación en el Carmelo Seglar. El tema que tratamos versó sobre algunos consejos que Santa Teresa da en el “Camino de perfección” para orar. Aunque yo ya había leído muchas veces los párrafos a los que se hizo referencia, en esta ocasión he de admitir que me calaron más hondo y actuaron en mí como si de una inyección se tratara: doliéndome con el pinchazo, pero curándome con el remedio que contenía. No creo que haya sido casualidad que precisamente ahora el formador haya decidido que reflexionemos sobre estos aspectos, relativos a los problemas que se nos pueden presentar en la oración: para mí ya no existen las coincidencias, sino que en todo veo la mano del Espíritu Santo, que nos va dirigiendo y hablando en cada uno de los acontecimientos de la vida.
Durante más de un año he podido experimentar una grandísima atracción por la oración silenciosa. Mi alma buscaba la soledad para encontrarse con su Amado, que la obsequiaba con diversos tipos de gustos espirituales, arrebatos de amor e inspiraciones que le servían de luz para avistar los siguientes trechos del camino por el que discurría y de alimento para recorrerlos. Todo tiempo se me hacía corto si se trataba de estarme con el Señor, bien ante el Santísimo Sacramento, bien en el refugio doméstico de un rincón de mi casa. No aspiraba más que a encerrarme en la “celda de mi corazón” (como la han llamado grandes místicos), alejándome del mundo, para disfrutar de la compañía de mi queridísimo Amor de las alturas. Vivía en lo que se me antojaba una especie de estado intermedio entre el cielo y la tierra, entre la gloria y este valle de lágrimas. Mas esto no eran sino golosinas, caramelitos atrayentes que el Señor me estaba dando para que aumentara mi fervor y mi decisión de seguirlo por las muchas veces abruptas sendas de la fe. Sabía que algún día Él dejaría de mimarme, ya que lo había leído en los libros de nuestros grandes santos y lo había oído de labios de varios sacerdotes, pero no acertaba ver en qué forma podría llegar a producirse ese paso a una nueva etapa espiritual.
Desde hace un par de meses largos, mis tiempos fuertes de oración han ido mostrando cada vez más raramente esos gozos interiores, para ir adquiriendo en su lugar un carácter más sereno y desprovisto de aditamentos seductores. Y no sólo eso: han aparecido las primeras dificultades. En ocasiones, se me ha hecho duro aguantar el tiempo que me había propuesto dedicar a orar, y he sufrido lo indecible para mantenerme en mi sitio hasta que la alarma de mi temporizador (que utilizo para no tener que distraerme mirando el reloj) me avisara de que la media hora diaria que prescriben las Constituciones del Carmelo Seglar había pasado. Otras veces, el cansancio me ha hecho quedarme dormida. Aunque sé que Santa Teresita caía en lo mismo y eso me consuela hasta cierto punto, no dejo de preguntarme si no podría hacer algo por evitarlo. No son pocos los días en que mi entendimiento, revuelto por los acontecimientos exteriores que salpican la vida del que permanece en el mundo, se solivianta contra mi voluntad y, confabulado con la memoria, se dedica a atosigarme con toda suerte de pensamientos vanos y alborotados, que no hay manera de hacer callar. También he sentido con mucha crudeza mi indignidad para presentarme ante mi Señor, que tanto me quiere y a quien tan poco correspondo, y ha habido veces que ni tan siquiera osaba levantar mis ojos hacia el Sagrario. Por último, no pocos días he decidido hacer mi oración por la noche y, cuando ha llegado ese momento, me ha surgido algún imprevisto que me lo ha impedido (debería aplicarme eso de que “lo que has de hacer, hazlo pronto”).
Ayer, cuando en nuestra comunidad de carmelitas seglares empezamos a exponer cómo vivíamos cada uno nuestra oración y qué dificultades encontrábamos en ella, me di cuenta de que no tenía nada de extraño el que estuviera pasando por este período de sequedades: el Señor me está purificando de mis apegos emocionales. El hermano que nos hablaba de este tema me dijo que sabía de una persona que había estado muy atraída por la oración, hasta el punto de caer en lo que San Juan de la Cruz denomina “gula espiritual”, y que había empezado a sufrir de los mismos “ataques de somnolencia” que tengo yo, lo cual le supuso una purificación muy efectiva. Inmediatamente me identifiqué con ese sujeto y comprendí que el Señor me empujaba a adoptar una actitud más madura y desprendida al orar. Debemos buscar sólo a Dios, y nos tiene que dar igual hallarnos en medio de gustos o de sequedades. La oración no es menos agradable a sus ojos porque hayamos estado más descentrados o porque nos haya resultado harto difícil mantener las potencias sosegadas durante ese tiempo. A fin de cuentas, debemos aprender a estarnos con el Señor en la simplicidad de un intercambio de miradas amorosas. Sabemos que Él nos mira en todo momento: por tanto, únicamente de nosotros depende el que entremos en ese “trato de amistad con quien sabemos nos ama”, como declara Santa Teresa. No es necesario el sentir casi físicamente el fuego de amor que nos consume desde las entrañas, ni el tener una consciencia de la Presencia del Amado, ni el experimentar la sensación de salir purificados y reforzados del rato de oración. Lo único que verdaderamente cuenta es que hayamos estado compartiendo un momento de nuestra jornada exclusivamente con el Señor, sin hacer nada más, dándonos al Amor de las alturas con todo nuestro ser (que incluye nuestras zozobras, distracciones, sueño, imaginación desbocada, etc.) y creyendo firmemente que está obrando en nosotros para que nuestra alma llegue un día a unirse a Él y permanezca así por toda la eternidad. Aceptemos, pues, alegres las pruebas y purificaciones que nos envía porque, como dice la Escritura, “dichoso el hombre a quien corrige Dios: no rechaces el escarmiento del Todopoderoso porque Él hiere y venda la herida, golpea y cura con su mano” (Jb 5, 17-18). Sumerjámonos en ese abismo de amor que es la Santísima Trinidad, haciendo todo lo posible por perseverar en el camino pero, al mismo tiempo, sin caer en unos escrúpulos que nos paralizarían. Confiemos en Él, que no quiere otra cosa que nuestro bien, y pidámosle al Espíritu Santo que venga para orar en nosotros, intercediendo “por nosotros con gemidos inefables” (Rm 8, 26).
“Hermanos míos: Teneos por muy dichosos cuando os veáis asediados por toda clase de pruebas. Sabed que, al ponerse a prueba vuestra fe, os dará constancia. Y si la constancia llega hasta el final, seréis perfectos e íntegros, sin falta alguna” (St 1,2-4).
Etiquetas: Carmelo Seglar, oración




