Una cuestión de amor

La experiencia de una joven enamorada de Cristo.

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Nombre: María de Betania
Lugar: Salamanca, Castilla y León, Spain

4.12.06

Vasijas de barro (III)

Hay temporadas en la vida en que los problemas parecen haberse empeñado en aliarse contra una. Esto es lo que me está ocurriendo desde mediados de septiembre. A mis consabidas migrañas (que, curiosamente, en estos últimos tres o cuatro días me han dejado tranquila, a pesar de la borrasca que se cierne sobre Castilla y León) se le han unido el acúmulo de trabajo que tengo que realizar, la tensión que provocan los conciertos que he dado en las últimas semanas y algún otro suceso más personal cuyo desarrollo y término han sido dolorosos. Es difícil escribir sobre todo esto, especialmente cuando no se quiere agobiar al lector ni dejarle una sensación de desconsuelo. Por otra parte, cada vez veo con más claridad que es imprescindible digerir los acontecimientos y dejarlos reposar antes de reflejarlos en esta bitácora. Eso es lo que he estado haciendo recientemente, pero una llamada telefónica de una amiga carmelita seglar me ha hecho despertar de mi pasividad, así que aquí me hallo de nuevo, con el teclado de mi portátil bajo mis dedos, que se mueven nerviosos golpeando las teclas mientras escucho "La leyenda de Santa Isabel" de Liszt.

En la oración, sobre la que escribía en mi última entrada, me está yendo muchísimo mejor. He de admitir, además, que es lo que verdaderamente me está ayudando a seguir adelante y a superar las dificultades. Sé que en ella mi alma está en íntimo contacto con Dios, que obra en ella aunque yo no me percate de un modo consciente de que semejante actividad esté teniendo lugar. Esta convicción es suficiente para hacerme perseverar. No obstante, no pensemos que se trata de una mera ilusión de mi mente, de un tipo de autosugestión. No, realmente puedo comprobar que salgo fortalecida de cada rato orante, siendo más capaz de hacer frente a las situaciones difíciles. Éstas consisten no sólo en acontecimientos más o menos tristes o duros de aceptar, sino con frecuencia en tentaciones que parecen empeñadas en echar por tierra mi compromiso de carmelita seglar. El diablo sabe perfectamente por dónde atacar, ya que conoce nuestros puntos débiles, y busca mil y una argucias para hacer caer al alma. Suele presentar la tentación bajo una falsa capa de inocencia, quitándole importancia a los actos que intenta empujarnos a cometer y haciéndolos aparecer como inofensivos e, incluso, positivos para nosotros. Pero no debemos dejarnos engañar: es el lobo vestido con piel de cordero, y no hay que dejarle ninguna puerta abierta por la que pueda entrar en nuestro corazón. Recordemos las palabras de Pablo: "no lleguéis a pecar; que la puesta del sol no os sorprenda en vuestro enojo. No dejéis resquicio al diablo (Ef 4,26-27)". Una buena señal para discernir si lo que estamos considerando hacer agrada al Señor, o no, es el efecto que produce en la oración: aquello que nos tienta nos causa desasosiego y sensación de vergüenza (recordemos a nuestros primeros padres, Adán y Eva), mientras que lo que es de Dios nos da paz y alegra el corazón.

He comprobado que me es mucho más fácil orar cuando estoy delante del Santísimo Sacramento, bien sea expuesto o reservado en el sagrario. En las últimas sesiones mensuales comunitarias de oración del Carmelo Seglar, estamos teniendo la enorme fortuna de que el hermano que nos ayuda nos lo exponga. Eso ayuda, y no poco, a centrarse, a mantener el silencio y a que nuestra mirada (tanto la física como la espiritual, a la que la primera sirve de apoyo) se pose sólo en Él. De todos modos, la simple presencia real del Señor en el pan consagrado que se guarda en el tabernáculo es suficiente para que mi recogimiento sea prácticamente instantáneo. ¡Qué gran don de Dios es el que haya decidido hacerse pequeño en la hostia para no sólo servirnos de alimento espiritual, sino también para quedarse con nosotros en todo momento! Me considero una auténtica privilegiada por tener acceso con tanta frecuencia al Santísimo. Sé que muchas personas no tienen cerca un sagrario junto al cual orar. ¡Hay tantas iglesias y capillas cerradas a cal y canto fuera del horario de misas! En España, la inseguridad ciudadana ha empeorado tanto en las últimas décadas, que resultaría una temeridad dejar los recintos sagrados abiertos y sin vigilancia. Pero aún así habría otras posibles soluciones al problema de proporcionar la oportunidad de visitar al Santísimo, como por ejemplo la que he visto en Hungría en numerosas ocasiones: instalar unas puertas y mamparas de cristal (puede ser incluso blindado) cerca de la entrada del templo, de manera que no se permita el acceso más que a un espacio reducido, pero se tenga plena visibilidad del sagrario. En aquel país, incluso, se suelen colocar algunos asientos en esa zona para que los fieles oren con la suficiente comodidad como para permanecer todo el tiempo que quieran. ¿Por qué no hacer también aquí algo similar?

Ante la imposibilidad ocasional de hacer mi oración delante del sagrario, me recojo en un lugar tranquilo y solitario y penetro en el interior de mi alma. No olvidemos que el Señor mora en nosotros: así no es difícil colocarse en su presencia, en la que podemos permanecer largo tiempo. En ocasiones, una buena lectura espiritual (la Biblia, algún texto de nuestros santos carmelitas, etc.) me ayuda a avivar el fuego de amor por Cristo que arde en mi corazón. Otras veces, no siento ninguna necesidad de emplear estímulo externo alguno para orar: o bien me encuentro apaciguada con facilidad, o me viene un impulso arrebatador que me obliga casi instantáneamente a dejar lo que estuviera haciendo en esos instantes y a sumergirme en el Señor. Por supuesto, no siempre es todo tan fácil, como se puede ver en la entrada que publiqué hace unos días. En esos casos en que la oración se hace casi imposible, me limito a permanecer junto a mi Dios escondido y a verter en su regazo todo el torrente avasallador de ideas, preocupaciones o "ruidos" interiores para que Él los purifique mientras yo hago equilibrios sobre la cuerda de la fe.

Doy gracias al Señor de todo corazón por haberme traído al Carmelo Seglar. Sin su Regla y sus Constituciones, a las que trato de ajustarme con la mayor fidelidad de que soy capaz, no sé cuántas veces habría caído ya en estos últimos meses. Hace dos días se cumplió el primer aniversario de mi ingreso oficial en la Orden, que se produjo con la imposición del Escapulario. Aunque aún no he hecho la Primera Promesa de vivir según los consejos evangélicos y el espíritu de las Bienaventuranzas, me he obligado a actuar como si ya la hubiera formulado. Supongo que el mero hecho de encontrarme tan a gusto con ese estilo de vida es un claro signo de vocación a él. Verdaderamente, jamás podré agradecerle suficientemente a mi Dios el cariño con el que me ha tomado sobre sus alas y me ha depositado en la Orden. Bendito sea por los siglos.

"Orad sin cesar" (1 Tes 5, 17).

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