Una cuestión de amor

La experiencia de una joven enamorada de Cristo.

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Nombre: María de Betania
Lugar: Salamanca, Castilla y León, Spain

18.7.07

El bálsamo

Mi mayor deseo desde hace ya más de dos años es servir a Dios, y cuanto más consciente soy de esa llamada que brota del más profundo centro de mi alma, más me doy cuenta de que no puedo llevar a cabo esa tarea sin realizarla a través de los hermanos. Eso implica muchas veces negarnos a nosotros mismos: renunciar a nuestra comodidad, a nuestras costumbres, a la tranquilidad, etc. Últimamente estoy viviendo de una manera muy clara lo que significa entregarse de una manera silenciosa por amor, dándome aunque me rechacen. Es difícil aguantar en esa posición sin desalentarse, pero por otra parte no puedo hacer otra cosa. Siento tales deseos de amar, que ya no soy capaz de frenarme por los desplantes de los demás. Intento por todos los medios imaginables instilar algo de esperanza en las vidas de los que parecen hallarse en la oscuridad y en la tristeza, pero no siempre tengo éxito en mi tarea. Cuando no me es posible una acción directa sobre las personas (porque éstas no se dejen ayudar), entonces procuro estar muy cerca de ellas en la oración, presentándoselas al Padre del cielo y a nuestra Madre la Virgen María para que sean ellos los que les den la luz que yo soy incapaz de proporcionarles. Sé que así también estoy haciendo algo por ellas, aunque no sea de una manera visible a los ojos humanos.

Amar, amar y solamente amar: ése es mi único anhelo. Quiero dejar que esa llama que el Espíritu ha encendido en mi interior me consuma y me funda con mi Dios. Él me envuelve de tal modo con su amor, que me siento sobrepasada. Necesito repartirlo con los que se cruzan en mi camino, sean quienes sean. No me lo puedo reservar para mí exclusivamente porque, si lo hiciera, se me agotaría, mientras que al darlo me vuelvo a ver colmada de él. Además, el "recipiente" en que se deposita se va haciendo cada vez más grande: "dilatasti cor meum", reza el Salmo 118, y en verdad siento que cada vez mi Señor va ensanchando más y más mi corazón. No es algo que sea producto de una sugestión ni de mi propio esfuerzo: es que Él actúa en mí y obra el auténtico prodigio de hacer que salga de mis egoísmos y mezquindades, para darme al prójimo según las circunstancias lo requieran. "No vivo yo, es Cristo quien vive en mí" (Gál 2, 20), puedo exclamar con Pablo, porque verdaderamente lo experimento todos los días. Es mi Dios quien ama en mi interior, quien pugna por abrazar a toda la humanidad, quien se entrega aun siendo rechazado en ocasiones. No soy yo, con mi debilidad y mi tendencia al pecado. Si de mí dependiera, "ya habría perecido en mi desgracia" (Salmo 118), pero mi Amado está conmigo y me da fuerzas.

Ser cristiano es vivir en el amor constantemente. Y el que permanece en el amor participa de la misma esencia del Altísimo. ¿Hay alguien que no desee tener parte en algo tan sublime? ¿Nos conformamos acaso con menos? ¿Quién, que no sea Él, nos podrá dar la felicidad que ansiamos? Nada ni nadie. El anhelo de Dios me hace ser una auténtica "acaparadora": no quiero tenerlo a medias, sino que aspiro a llenarme de Él por completo. Para conseguirlo, no tengo más que dejarme invadir por ese amor del que me colma, abriendo de par en par las puertas de mi alma a la acción del Espíritu. La oración constante y la Eucaristía diaria son los vehículos para ese "Dulce Huésped" que me conquista y me seduce con sus requiebros. Me llena de una alegría, muchas veces completamente inesperada, cuyo origen no está en ningún acontecimiento externo, sino en algo inefable que arde en mi corazón y aletea muy dentro de mí. Puedo calificar este sentimiento de intensamente placentero, pero esa característica no es lo que más me llama la atención de él: al contrario de lo que pudiera esperarse ante algo tan agradable, no me siento invitada a quedarme degustándolo sin más a solas, sino que me veo empujada irresistiblemente a compartirlo. Noto también cómo hace mejorar poco a poco mi actitud con los que me rodean, y en eso sé que no se trata de algo engañoso, sino de un suave y auténtico toque del Espíritu en el alma. Me lleva a no permitirme pasar por alto ninguna ocasión de hacer el bien a todos los que se crucen conmigo a cada momento, ayudando en lo posible a todo el que lo necesite, siendo amable hasta con los que me exasperan o, simplemente, mostrándome alegre externamente (aunque tenga un día atravesado) para así contagiar a la gente de felicidad.

Hace algo más de un mes, el 15 de junio, celebrábamos la solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús. Curiosamente, aquel día me hallaba en pleno viaje al norte de España con una persona que no aprecia en absoluto esa devoción, tal y como me confesó antes de que empezáramos el rezo de Laudes (al que siguieron la Eucaristía y Tercia) que compartíamos con una comunidad contemplativa. Es alguien que ha tenido una vida nada fácil y que muestra numerosas heridas en su alma. Pues bien: durante toda la celebración, no dejé de pedirle al Señor que, en ese día tan señalado cuya liturgia nos recuerda cuánto nos ama, me inundara con su Espíritu para hacerme cauce de su amor y bálsamo para las heridas de quien se sentaba en esos momentos a mi lado en la capilla. Me di cuenta con una claridad meridiana (parafraseando a mi cada vez más querida y admirada Teresita de Lisieux) de que "mi vocación es el amor". Sé que no resulto nada original expresando mi vivencia en los términos en que lo hizo hace ya más de un siglo la simpática carmelita francesa, pero... ¿es que se puede ser acaso un verdadero cristiano sin llegar a la misma conclusión que ella?

"Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros; como yo os he amado, amaos también entre vosotros. La señal por la que conocerán todos que sois discípulos míos será que os amáis unos a otros" (Jn 13, 34-35).

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6 Comments:

Blogger David C. said...

Muchas gracias por esta entrada. Me ha resultado valiosa para llevar la mirada a ese templo que ha elegido el Señor para habitar en nosotros. Gracias, sigue compartiendo estas vivencias que nos enriquecen.

12:40 AM  
Blogger Roberto said...

Gracias por agregar mi espacio en tu blog, espero que tu vida esté siempre llena de Dios y la compartas para seguir enriqueciendo la vida de aquellos que estamos unidos por El Amor. Mis mejores deseos.

4:00 AM  
Anonymous Anónimo said...

Gracias María por tu comentario, nos alegramos mucho de tus vivencias, que sentimos como propias, aunque no tengamos esa experiencia tan fuerte de Dios como tu estás teniendo.
Desde joven he sentido una gran admiración por Teresita de Lisieux, yo siempre digo que fue mi primera novia y como enamorado le he pedido que me deje un lugar próximo a ella en el cielo.
Ya veo que tu también la admiras y te sientes identificada con ella, lo cual me produce gran alegría.
¡ Que el Dios del Amor nos mantenga unidos en este camino ¡

Gracias, una vez más.

8:58 AM  
Anonymous Anónimo said...

QUE SUERTE HE TENIDO DE ENCONTRAR TU BLOG, ES HERMOSA TU EXPERIENCIA , MI NOMBRE ES ANGELA SOY ENFERMERA Y HE REINICIADO MIS CONVERSACIONES CON DIOS , NO ES FACIL CUANDO SENOS HA PERDIDO EN EL CAMIONO, Y MAS AUN EN ESTA SOCIEDAD TAN RUIDOSA Y DE TANTO ESTRES, GRACIAS POR TUS EXPERIENCIAS.

4:21 AM  
Anonymous alguienquebusca said...

Me uno a la alegría que transmites en este nueva entrada de tu bitacora.
¡¡Aunque esa persona que estaba a tu lado por esas tierras del Norte de España aún no lo sepa, tu ya eres su bálsamo!! (como lo eres para muchos de los que te leemos....)
Creo que junto a esa vocación del amor, TU AMADO tambien se te ha dado el don de sanar las heridas del alma.

11:35 AM  
Blogger Jen El said...

Bello!!

Has pensado en escribir un libro? Sé que piensas que no sería original (de acuerdo) pero cada cual "digiere" la experiencia del Carmelo, que es la misma, de manera diferente y El Señor sabe cuanto nos faltan visiones de laicos que usan el autobus...

Un abrazo

3:05 AM  

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