El fracaso
Es fácil sentirse contentos y en paz cuando lo que se cosecha en la vida son éxitos y todo funciona a la perfección. Pero, ¿puede tenerse la misma sensación de alegría y serenidad interiores en las ocasiones en que lo que hemos obtenido es un rotundo fracaso? Pues ahora mismo estoy comprobando que sí, que es posible permanecer en la más absoluta y optimista tranquilidad tras haber tenido una experiencia negativa que en otras ocasiones me hubiera proporcionado una buena dosis de zozobra.Hace tres días, un compañero de trabajo me comunicó que alguien de mi clase había pedido traslado de matrícula a otro conservatorio. Se trata de una persona muy capaz, con talento, pero que no ha conseguido adaptarse a las exigencias de un centro de educación superior por diversos motivos, en los que no entraré porque no tienen relevancia alguna para el lector de esta bitácora. Me he pasado todo el curso luchando por conseguir que mejorara su rendimiento en mis asignaturas y en las ajenas (yo era su tutora, así que estaba perfectamente al tanto de su marcha), pero no he logrado absolutamente nada. En cierto modo, esperaba la noticia de que su familia hubiese decidido un cambio de institución, y he de reconocer que tal cosa supone un alivio para mí porque eso significa que ya no tendré que preocuparme más de las numerosísimas quejas que me venían acerca de su comportamiento y de su falta de interés, pero no dejo de admitir que he fracasado en mi intento de hacer algo útil por alguien cercano. Por supuesto, no es la primera vez que me encuentro en una situación parecida. Ha habido otros muchos tropiezos en mi vida profesional o personal, pero la diferencia entre aquellos casos y éste estriba en que ahora no me he sentido en absoluto inquieta interiormente por ello, sino que he podido mantener una gran paz en todo momento.
El que acabo de exponer es tan sólo un ejemplo de las múltiples experiencias de fracaso que estoy teniendo en estos últimos días. Ha habido otras muchas empresas que me han salido rematadamente mal. Por si fuera poco, en estos momentos tengo frente a mí una tarea que realizar para ayudar a alguien, a quien aprecio mucho, que probablemente acabe saliendo justo al revés de como yo quisiera. Sé que en este asunto me arriesgo a no sólo no conseguir nada positivo en lo que intento hacer, sino a incluso poner en grave peligro incluso la amistad que nos une, pero aun así no puedo quedarme cruzada de brazos ante una situación que está perjudicando claramente a esa persona y, por tanto, no voy a cejar en mi empeño de echar una mano, por mucho que pueda salir yo perjudicada.
¿Cuáles son las razones de que mi actitud ante el fracaso haya cambiado respecto a ocasiones anteriores? En primer lugar, sé que he puesto de mi parte todo lo que he podido para obtener resultados positivos, y que he actuado movida no por el egoísmo, sino por una intención recta (es decir, que me he dejado guiar exclusivamente por el amor a Dios y a los hermanos). Por otra parte, he aprendido a reconocer mis limitaciones y a aceptarlas sin mayores aspavientos (movida por mi orgullo, muchas veces tendía a hacer una tragedia cuando descubría un defecto en mí), lo cual no quita para que haga todo lo posible para analizar mis errores, suplir mis carencias y tratar de superarme, ya que así puedo servir mejor a los demás. También veo que mis únicas fuerzas no me bastan para conseguir realizar lo que mi Salvador espera de mí, así que voy aprendiendo a abandonarme en Él, de modo que yo me convierta simplemente en el instrumento, dejando que sea mi Creador quien lo maneje, sin que yo me erija en protagonista de la acción. Además, si las cosas han salido de una manera que no era la que yo deseaba, es porque el Señor tiene otros planes, superiores a los que yo puedo concebir y muchas veces desconcertantes para nuestra mente de simples humanos ("como el cielo es más alto que la tierra, mis caminos son más altos que los vuestros, mis planes, que vuestros planes" (Is 55, 9); ¡cuántas veces olvidamos esto!).
Medito con frecuencia en el más sonoro "fracaso" de la historia del cristianismo: la muerte de Nuestro Señor Jesucristo en la Cruz. El miedo y desconcierto de los apóstoles, el dolor y la fe en la oscuridad de la Virgen y las burlas del gentío que contemplaba el humillante final de la vida de Aquel que se llamaba a sí mismo Hijo de Dios no son algo desconocido para mí. Yo también he experimentado todo eso con frecuencia, y he estado en el lugar de cualquiera de esas figuras de la Pasión. Por fortuna, creo que desde mi conversión no he vuelto a desempeñar el papel de los que se mofaron del Rey de los Judíos, pero la desorientación y el terror de los discípulos más cercanos a Jesús me resultan aún muy recientes. Ahora prefiero, sin duda, adoptar la actitud de su Madre, que permaneció junto al lugar del suplicio con el corazón quebrantado, pero con el alma reposando en la fe y en la esperanza de la Resurrección.
El estar atravesando un período en el que me noto reforzada interiormente para afrontar las situaciones difíciles no me empuja a dejarme llevar por la confianza en mí misma. Sé que llegarán nuevas tribulaciones y pruebas, pero no me asusto porque he hallado a quien me pone a salvo en la tormenta y que está siempre junto a mí cuando lo llamo: es el Cristo que ora en Getsemaní. Él, siendo Dios, experimentó como nadie el terror, la tristeza y la angustia de saberse abocado a una muerte terrible no sólo por las torturas físicas que iba a recibir, sino por lo psicológicamente destructivo que es verse rechazado por aquellos a los que uno ama y por los que entrega su vida. ¿Quién habría más capacitado que Él para ayudarme y sostenerme en los momentos más duros? ¿A quién podría yo acudir en la necesidad? Y, sobre todo, ¿quién podría darme un amor más grande que Aquel que fue crucificado por mí?
"Los judíos exigen signos, los griegos buscan sabiduría; pero nosotros predicamos a Cristo crucificado: escándalo para los judíos, necedad para los gentiles; pero, para los llamados -judíos o griegos-, un Mesías que es fuerza de Dios y sabiduría de Dios. Pues lo necio de Dios es más sabio que los hombres; y lo débil de Dios es más fuerte que los hombres" (1Cor 1, 22-25).
Etiquetas: alegría, confianza, desapego, entrega, purificación





5 Comments:
Hola:
Esta misma mañana he caído sobre la lectura del prendimiento de Jesús, y me ha consolado ante los reproches que a veces le hago a Dios. El ha pasado por toda la Pasión en confianza en el Padre, sin rebeldía ni amargura. Dios me de su gracia para vivir los sufimientos así.
Gracias por compartir tus vivencias en el blog. Ayuda el ver que otros también viven a Dios hoy.
Suspiro...
Oro contigo.
Bueno,más que un fracaso,entiendo que lo tuyo ha sido que no has recogido los frutos que esperabas a tu esfuerzo.Pero ya sabes que a nosotros nos toca sembrar y a veces no nos toca recoger los frutos,porque no son nuestros sino de EL.
Un abrazo en Cristo.
Gracias,una vez más,por estar ahí.
hola maria of Bethany, ya son tres veces q leo tu blog y pensaba , uy esta es monja carmelita ,como dejan q vea el internet?' lo siento no me habia dado cuenta que eres seglar consagrada, muy lindas tus vivencias, me parece interesante la forma q redactas y manifiestas lo complicado q parece conjugar la vida de oracion con nuestros trabajos cotidianos, por otro lado la gente cree q por ser de Dios debemos ser casi santas ,estamos llamados a esto no solo los consagrados sino todos lo cristianos pero estar siempre en el ojo del huracan , que esperen de ti un comportamiento casi intachable ,cuando solo somos humanos, no crees que es estresante?,bueno yo solo soy una catolica recientemente reconvertida, y tengo la esperanza de descubrir que espera Dios de mi vida, por eso tu blog me sirve de guia ,gracias.amontoya_ruiz@hotmail.com
angela (desde Chile)
Huy, no, no soy monja. De todos modos, en los conventos sí que suele haber internet, y conozco a varias carmelitas descalzas muy activas en la red (una de ellas mantiene incluso un blog). Tampoco soy seglar consagrada. Si lo fuera, no podría casarme. Los carmelitas seglares somos parte de una Orden Tercera y nos está permitido contraer matrimonio.
Me alegra ver que mis escritos sirven de algo a mis lectores. Es mi contribución a la evangelización en estos mundos virtuales. Además, algo como lo que estoy viviendo no me lo puedo guardar para mí sola, sino que debo compartirlo con los demás.
Un abrazo muy fuerte para todos.
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