Sed de recogimiento
En la primera etapa de una conversión, muchos experimentan una fortísima llamada a la soledad y al recogimiento para encontrarse con Dios. Yo misma he pasado por ello, tal y como el lector puede comprobar fácilmente en las entradas de esta bitácora correspondientes a los años 2005 y 2006. El alma está sedienta de oración y de silencio. Todo lo que no le parezca directamente relacionado con su Señor le causa una sensación de hastío y hasta de abierto rechazo. Desearía estar no en el mundo, sino en un desierto, para centrarse en exclusiva en la contemplación de su Amado. La superficialidad de la sociedad que la rodea le repugna, el olvido de Dios que impera le produce espanto, y las tareas seculares le parecen una pérdida de tiempo. Hace suyo el fragmento del Salmo 54 que dice: "¡quién me diera alas de paloma para volar y posarme! Emigraría lejos, habitaría en el desierto". También recuerda a todas horas el principio del Salmo 83: "¡qué deseables son tus moradas, Señor de los ejércitos! Mi alma se consume y anhela los atrios del Señor". Se siente fuera de lugar en las conversaciones mundanas y sólo querría hablar de su Amado, pero no encuentra fácilmente quien comparta con ella su pasión por Él. De repente, todo lo que hasta entonces había sido el sostén de su vida (éxito, reconocimiento, dinero, satisfacción intelectual, logros profesionales o pequeños placeres lícitos) se vuelve insustancial y pierde su atractivo. Como si de una oruga se tratara, se repliega sobre sí misma, teje un capullo a su alrededor y se aísla del mundo. Sólo Dios y ella conocen los requiebros amorosos que se dan en ese secreto estado de crisálida. El pobre gusanillo comprueba estupefacto cómo poco a poco todo su ser se va transformando en la oscuridad de la vaina, adquiriendo perfiles completamente nuevos que, además de conferirle una mayor belleza, le permitirán volar siempre que quiera, retozando entre las flores y sin que los momentos que pasa en el suelo le impidan volver a elevarse en cualquier instante (a los conocedores de los escritos de Santa Teresa les resultará familiar esta comparación entre el alma que tiene oración de unión y la metamorfosis del gusano de la seda, que ella desarrolla en su obra Las Moradas).Durante parte de este proceso de transformación, experimentamos (a veces con gran violencia) todo tipo de purificaciones y sequedades. Éstas pueden alternar con momentos de gran ardor amoroso por Dios, que nos sirven para coger fuerzas ante la siguiente prueba; pero en general son más frecuentes los episodios de aridez que los de engolosinamiento. En cualquier caso, no hay motivos para temer a la oscuridad. Sabemos que nuestro Señor no nos abandona ni un instante, y que todo lo que permite que suceda en nuestras vidas, por duro que pueda parecer en una primera instancia, es para nuestro bien. Contamos, además, con medios muy eficaces para no salirnos de la senda que Él nos ha trazado: la Eucaristía frecuente (si es posible, diaria, aunque ello suponga el hacer un sacrificio y recorrer varios kilómetros para oír misa) y la oración (tanto la litúrgica como la mental). Pero, sobre todo, no debemos olvidar que el lazo que nos une al Altísimo es el amor, que ha de inundar hasta el último recoveco de nuestra existencia. Este amor nos viene directamente de Dios y nos llega especialmente cuando recibimos los sacramentos, escuchamos su Palabra y le abrimos el corazón en actitud orante, y aumenta cuanto más lo repartimos entre los que nos rodean.
Ahora, un tiempo después de haber atravesado la fase que acabo de describir, veo con claridad que es una etapa ineludible del camino que nos conduce hacia el Señor y que es natural que la recorramos al ritmo que Él nos vaya marcando y durante el tiempo que haga falta. No obstante, es necesario que seamos conscientes de que no nos hallamos ya ante el final del recorrido, sino meramente en una parte de él que pertenece a los principios de la experiencia de encuentro personal con Dios. Existe un peligro claro de que nos apeguemos a la sensación de la dulce, a la vez que dolorosa ansia de unión con el Altísimo. Nos resistimos a salir del "capuchillo" (así lo llama la Santa) y a convertirnos en mariposa, pero llega un momento en que la crisálida comienza a estar demasiado evolucionada como para quedarse metida en su funda, y debe enfrentarse a su nueva situación: volver al mundo, pero ya no como un ser poco agraciado que se arrastra por él, sino como un ente de singular belleza que revolotea alegrando la vista de los que lo contemplan.
"Él me protegerá en su tienda el día del peligro; me esconderá en lo escondido de su morada, me alzará sobre la roca; y así levantaré la cabeza sobre el enemigo que me cerca; en su tienda ofreceré sacrificios de aclamación: cantaré y tocaré para el Señor" (Salmo 26).
Etiquetas: oración, purificación





5 Comments:
Ummmm...
No sé que decirte. El Señor me llamó con tal intensidad que me convertí al Catolicismo luego de no ser Cristiano desde mi adolescencia pero parte de la llamada incluía fundar una familia, ser esposo y padre viendo en eso, no solo sus deseos para mi sino la plenitud de su promesa y amor para con mi persona.
Ciertamente anhelé mucho al principio la soledad pero no la tuve casi nunca y mi "capilla" para rezar laudes era el asiento de mi coche cuando me estacionaba al llegar al trabajo y los atascos eran el único momento para rezar un rosario. Te podría decir incluso que mis deseos de estar a solas con mi Señor me granjeó no pocos problemas con mi esposa que no entendía tanta ansia de orar con un año de matrimonio y una bebé de meses...
Es difícil trazar un camino igual para todos. Me parece que el Señor tiene un designio para cada cual.
Es maravilloso leerte.
Un abrazo
Querido amigo Jen El:
No digo que esa llamada a la soledad y al recogimiento sea igual para todos, sino que suele darse en muchos casos, especialmente en aquellos que muestran una tendencia clara a la contemplación (que puede darse en el mundo, sin implicar una llamada a la vida religiosa de clausura). De hecho, conozco gente casada y con hijos a la que le ha pasado, y aquí está clarísimo que lo uno no ha de llevar a lo otro. Yo también he tenido que hacer juegos malabares en ocasiones para lograr recogerme en oración. Y no descarto la posibilidad del matrimonio (de hecho, sería algo que me hiciera muy feliz), si bien parece que el Señor no me ha dado aún los medios para emprender ese camino.
Un abrazo y gracias por tus comentarios.
María, hermana:
Te leo desde hace mucho tiempo. Al terminar un trabajo he pensado en ti, por si te hiciera un favor, un obsequio. He puesto en internet un podcast para la alabanza divina. Es una colección de 37 himnos liturgicos -no escritos por mi- con su musica y texto. Quizá te sirvan. La dirección: http://roquegl43.podomatic.com. Nota: la letra anterior al 43 no es un número (1) sino una letra (l).
Que Dios te bendiga, hermana.
QUERIDA HERMANA,ACABO DE LEERTE Y ME ENCANTA,ME SIENTO IDENTIFICADA CON VOS,SOY CASADA TENGO 2 HIJOS,PERO SIEMPRE SENTI A MI SEÑOR EN FORMA ESPECIAL .A MIS 39 AÑOS CREO NO EQUIVOCARME,AUNQUE CUANDO TENIA 18 ME TRUNCARON UN POCO ,NO IMPORTA,PORQUE MARIA NO ME DEJO DE SU MANO,Y AQUI ESTOY,QUISIERA ACOMPAÑARTE.
ANGELA
HOLA MARIA, ES UN GUSTO LEERTE, Y TIENES MUCHA RAZON CON LO Q ESCRIBES, CUANDO TE RE- ENCUENTRAS CON EL SEÑOR SOLO QUISIERAS ESTAR EL , YA SEA EN LA BIBLIA, UNA ORACION, ETC, ME IDENTIFICO CON VARIAS COSILLAS Q COMENTAS , TU DICES QUE ES TENER TENDENCIA A LA CONTEMPLACION, SI ES ASI Q BIEN, YA QUE SOLO SOY UNA APRENDIZ EN ESTE CAMINO Y BUSQUEDA CONSTANTE DE DIOS, YA SABES COMO ES EL APARECE Y LUEGO SE ESCONDE, COMO DICE SAN JUAN"¿A dónde fuiste amado y me dejaste con gemido?.
un saludo desde Chile
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